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| La voz trascendente en la lírica metafísica de León David |
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| Escrito por Bruno Rosario Candelier | |
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Las virtudes estéticas de la creación poética
La presentación de la obra poética de León David constituye una magnífica ocasión para considerar lo que es el fenómeno poético y el fenómeno metafísico, dos vertientes creadoras que confluyen entre sí con una dimensión trascendente que es importante enfocar y valorar para entender el sentido profundo de la poesía metafísica, como la de este destacado escritor y académico dominicano. Mi concepto de poesía arranca del principio griego de poiesis entendida como ‘creación’. Por tanto, la poesía es una creación lírica, estética y simbólica de lo que acontece en la vida, expresada con emoción, belleza y verdad mediante el lenguaje de la intuición. Con ese criterio voy a valorar la poesía de Juan José Jimenes Sabater, alias León David, cuya vertiente profunda y trascendente revela una dimensión metafísica. Concibo la metafísica como la faceta interior, esencial y trascendente de lo existente que percibimos con los sentidos interiores. Todo tiene un sentido, que funda su vertiente metafísica y, en tal virtud, todo puede ser sustancia de la creación poética, pudiéndose considerar como poesía metafísica a la creación lírica que basa la temática de su contenido en la connotación interna, trascendente y mística de lo existente. León David ausculta el interior de elementos, fenómenos y cosas. Autor fraguado en los valores formales de la Clasicidad y la Modernidad, asume la verdad de lo existente y la belleza de las cosas, que convierte en imágenes sensoriales y en belleza expresiva para sustentar un Humanismo trascendente, vertiente que el Interiorismo asume y postula como parte de su ideario espiritual y estético. El académico dominicano es poeta, narrador, ensayista, dramaturgo, animador cultural y crítico literario. Intelectual dotado de clara inteligencia, sólida cultura y honda sensibilidad, cultiva varios géneros literarios en los que plasma su creatividad (1). En Poesía Mística del Interiorismo, al presentar la poesía de León David, dije de él lo siguiente: “Poeta de la Clasicidad, explora los meandros profundos de la condición humana y ausculta el fondo entrañable de la vida, revelando verdades poéticas con una sabiduría fundada en lo trascendente. Su voz lírica explora la hondura del ser en su dimensión espiritual y estética. Miembro de la Academia Dominicana de la Lengua y del Ateneo Insular, cultiva una poesía impulsado por los altos valores del espíritu” (2). Para apreciar la connotación trascendente de la creación poética de León David, voy a centrar esta disertación en tres partes correlativas: las virtudes estéticas, las virtudes literarias y las virtudes metafísicas del escritor y académico dominicano. Los buenos poetas aplican cinco atributos o virtudes estéticas en su creación, que la poesía de León David plasma y revela, hecho que confirma la calidad de su dotación literaria. Esas virtudes son las siguientes: 1. Escribe una obra fundada en sus propias vivencias entrañables, sin caer en “la torre de marfil” en que incurren los poetas comunes y corrientes (3). En “Las cosas familiares”, expresa: Vivo entre cosas que acaricio y nombro Al que nunca escapó a la pesadumbre De la proscrita carne, a esa costumbre De saltar como el agua hacia el asombro. Son familiares rostros que me insultan Con el brusco silencio del hastío, Los peces recelosos que en río Del estupor asoman y se ocultan. … No podré saborear lo que me ofrecen Desde el gesto ancestral de la penumbra; Cuando el azar las besa o las alumbra Me evitan y se van: se desvanecen… Triviales cosas que la carne orillan Al linaje lustral de las edades, Comunes e inasibles otredades Que (yo no sé por qué) me maravillan. 2. Se instala en el interior de lo existente en busca de su sentido, sin caer en vaguedades y abstracciones aéreas en que resbalan los poetas mediocres. Aunque su poesía parece la obra de un escritor que vive instalado en el Olimpo, como dijera Ofelia Berrido y, aunque parece internado en la realidad estética de sus sueños, lo que podría inducir al poeta a distanciarse de la realidad circundante, sin embargo no ocurre, puesto que León David mantiene un vínculo con el acontecer del Mundo, aun ascendiendo a las alturas de una realidad ideal, ya que tiene presente la realidad circundante, para penetrar en el sentido de su sensorialidad y trascenderla. Veamos este fragmento de “Apremio”: El tiempo es una forma presurosa Que resbala en la sangre y que palpita, Un oscuro temblor que precipita La levedad insomne de la rosa. Hijo del tiempo soy, de la semilla Ausente del ayer y el hoy incierto, Hijo de la llovizna en el abierto E inmemorial olvido de la arcilla. Las sombras que me asedian, ¿son mi infancia? La imagen del espejo, ¿acaso es mía? ¿Quién enhebra mi voz? La lejanía. ¿Quién mis silencios urde? La distancia. 3. Se inspira en lo que sucede en la realidad de la vida ordinaria, sin caer en el manoseado tema del yo, al que se amarran, como un emotivo cordón umbilical, los poetas del montón. En “Ese Hombre”, escribe: Ese hombre Que camina a mi lado sin que nadie lo note, Sin que nadie se entere de su muda Presencia cabizbaja, Ese hombre que camina a mi lado lentamente Colgándole el cansancio en las sandalias, Corriéndole el dolor por la mirada, Ese hombre No llora aunque esté triste, No ríe aunque esté alegre, No siente aunque esté vivo Y ni siquiera sabe Hacia dónde se enfila la jornada Ni qué hace allí en medio del camino… Ese hombre, Por no saber ni tan siquiera sabe Qué preguntar al vuelo de los pájaros, Ni al misterio del agua, Ni al enigma del trigo, Ni al aroma del mangle en el recuerdo Ni a la sombra apacible, Ni a la distancia sorda de los pasos Con los que va apremiando la distancia… 4. Da el testimonio estético y simbólico de su percepción del Mundo, sin copiar, imitar o remedar el hallazgo intuitivo de cosecha ajena, como suelen hacer los poetas fraudulentos. Eso no quiere decir que hay que prescindir del influjo de los buenos creadores o que su huella signifique una imitación, porque no es posible hacer una alta literatura sin acudir a los maestros que son paradigmas de creación y cultura. En “La Rosa”, escribe nuestro poeta: Esa rosa que esplende prisionera De su impúdica sangre fugitiva, Plañido vegetal, llama cautiva, No es la Rosa augural y verdadera. La Rosa de que hablo es más que estrella, Es ausencia que funda y es fragancia De una extasiada sed, simple distancia Y simplemente misteriosa y bella. La vulnerada Rosa que atesoro No es la que el ciego corazón excita Ni la que tienta la mirada ahíta Sino aquella que irrumpe en el añoro. 5. Asume, perfila y expresa su voz personal, auténtica y genuina, como hacen los buenos poetas, cantando lo que estremece su sensibilidad, sin cortejar, triscar ni saquear los conceptos y el lenguaje de otros vates mayores. En su poema “Labrador de las Horas”, dice: Labrador de las horas, Cultivador del viento y de la espuma, Hortolano de roncas multitudes, Jardinero extraviado en la palabra, Sembrador silencioso de latidos Sobre la larga cicatriz del surco, Agricultor de estrellas recelosas En la comarca fértil de la altura, Leñador de los bosques interiores Con el hacha afilada en la nostalgia, Vuelo al fin hacia ti, madre de mis añoros, Origen de mis pasos ancestrales, En busca de mi voz, Al encuentro del grito y de la lágrima. Vuelo aquí a renacer: Retoñarán de nuevo las espigas, Madurará la tarde en la simiente Y el hombre, erguido, firme, tierno, Recogerá por fin las mariposas. … Y el hombre que no ha nacido aún Contemplará extasiado los predios del asombro. Vuelvo, madre, hacia ti, Con mis secas angustias, Con mis sueños marchitos, A entregarte el paisaje del recuerdo Donde el viento borrara mis pisadas Para anunciar en el altivo instante de mi verbo Los horizontes nuevos… Las virtudes estéticas consignadas en este estudio otorgan a León David la categoría no sólo de poeta dominicano sino de poeta de la lengua española. Ese es el mérito más eminente que un escritor de nuestra lengua, en cualquier comunidad del mundo hispánico puede alcanzar, por la significación que ese rango conlleva en el Reino de la Lengua. A mi juicio, León David cumplimenta las condiciones estéticas de esa categoría de la lengua por el aval que otorga la condición de escritor ejemplar. Las virtudes literarias de una creación simbólica La segunda dimensión importante, en la valoración de un escritor, viene determinada por las cualidades literarias de su creación, que en el caso particular de León David, tiene las siguientes connotaciones: 1. Inspiración clásica, aliento barroco y vocación interiorista. En una buena obra literaria siempre se conjugan lineamientos de varias tendencias estéticas. En León David aprecio la huella clásica, el influjo barroco y la actitud interiorista, expresados en la virtud de la sophrosine, que en griego significa ‘equilibrio’, ‘serenidad’ y ‘armonía’ en procura del bello decir con hondura interior. El poeta refleja la virtud de la sophrosine, acierto de los poetas que escriben con armonía y propiedad y, desde luego, fundados en la herencia lírica y estética de la cultura literaria, tienen un sentido del arte, con un verdadero aliento estético, como se aprecia en “La luna”: Con una luz incierta que acuchilla la irrevocable sombra (o que la besa) la Luna elemental se despereza en mi sangre, redonda pesadilla. Desde la Eternidad en que se ufana Ella me vio pasar con gesto ausente: Observa, calla y sigue lentamente Ajena a mi estupor, sorda y lejana. 2. Fundamento presocrático de una cosmovisión literaria moderna. Los antiguos pensadores griegos iluminaron el pensamiento con su valoración metafísica y su visión mística del Mundo. León David encarna esa filosofía en su cosmovisión y como poeta presocrático moderno expresa el discurrir de lo viviente como una agonía contra el no ser. Uso la palabra agonía en sentido griego. Para los helenos, agonía significaba ‘lucha’. El individuo que se está muriendo, lucha contra la muerte; hay, por tanto, un sentido agónico que se expresa en lo viviente, para seguir siendo. León David atrapa ese sentido y lo expresa en su poesía. En el poema dedicado a Heráclito, autor de la teoría del [panta rei], ‘todo pasa’, ‘todo fluye’ en la vida. En “Heráclito el oscuro”, escribe nuestro poeta: Todo fluye y se va. En el avieso Torbellino del cambio, ¿quién atrapa Al Ser que muda, vuela, fuga, escapa?... Así argüía el pensador de Efeso. No hay durable estación ni altivo muro Que a la caducidad no se sujete Y sufra, ileso, el golpe de su ariete, Aseguraba Heráclito el “oscuro”. La palabra se esfuma como el labio Sensual que la pronuncia… escalofrío Que nunca bañará en el mismo río… Concluía gravemente el sabio. El fuego, ese primario fundamento Y razón ancestral de la armonía Ata la noche turbia al claro día En voraz y perpetuo movimiento. … De más están la loa y los denuestos: Todo es fluencia y devenir y lucha, Y brota el universo de la ducha, abrasiva tensión de los opuestos. Lo que afirma el Ayer, presto lo niega El instante que asalta tu ventana; borra este Hoy la esponja del Mañana Que abrupto se despide apenas llega. 3. Expresión de la voz interior que expresa el sentido de lo viviente. Mediante el lenguaje de la intuición el poeta intuye la trascendencia de las cosas. Las diversas manifestaciones de la vida, que capta la inteligencia, la intuición y la sensibilidad, la expresan los poetas que, como artistas de la palabra, experimentan una misteriosa atracción ante las señales de las cosas. Ahora bien, el poeta no describe sólo lo que dicen las señales sensoriales, sino la voz que está más allá de lo sensorial, la que proviene de la interioridad de las cosas, que ahonda en lo trascendente, para lo cual es necesario que el creador haya desarrollado la sensibilidad espiritual para adentrarse en el misterio de las cosas; puede incluso sentir los efluvios del Universo y captar el sentido profundo de las cosas sencillas y corrientes, de los hechos y las manifestaciones cotidianas y de cuanto acontece en la vida, dando cuenta lo que está más atrás, más adentro. Esa intuición de lo profundo es lo que significa metafísica, ir más allá de lo perceptible sensorialmente para dar con esa dimensión interna y trascendente. En “El tiempo de la rosa”, el escribe: Te descubrí en la piedra, Descubrí de repente tu voz recostada en el agua, Sentí tu corazón latir en la corteza del milenario tronco, Advertí tu presencia en la fugaz gaviota de la tarde, De ti me habló la noche, El eco, vegetal tu nombre mil veces repitió Por cumbres y por valles, El murmullo del viento me relató tu historia, La desnuda verdad donde el silencio, Más allá del amor y de la llaga, construyó, vidrio y alambre, … Entonces, decidí que ya era el tiempo de la rosa Y sin mirar atrás Me puse a recoger solo, en medio de la pradera inmensa, Mi virgen ramillete de palomas; Con el enigma de mis manos me puse a fecundar la tierra, A regar sobre el pudor del surco La simiente feraz de la mañana. Entonces descubrí -El tembloroso bosque me lo dijo- Mi vocación de ala Y una sed libertaria, Anhelo impostergable de horizontes, Se apoderó de mí Y me llenó de pétalos los párpados; Mis ojos, antes ciegos, Se abrieron a las inéditas comarcas del asombro... 4. Conciencia de sentirse voz y amanuense del sentido de las cosas, captando lo peculiar de lo viviente, dando perfil y bosquejo, con aliento estético y simbólico, al alma entrañable de criaturas, fenómenos y elementos. Las cosas hablan, por lo cual hemos de tener oídos y sentidos para captar lo que dicen a través de sus señales sensoriales. El poeta da cuenta del vínculo de lo real con lo trascendente, en virtud de la relación que establece con las cosas, según han hecho los que han atrapado el sentido de lo viviente, como Pablo Neruda, Francisco Matos Paoli y Dulce María Loinaz, testimoniando su percepción de la vida y el Mundo. Desde el vínculo entrañable con lo viviente, el poeta testimonia cuanto percibe, sobre todo, cuando tiene vocación metafísica, como León David, que horada la vertiente trascendente, la voz más alta de lo viviente, hermosa tarea que, como decía Rilke, se ha confiado a los poetas que han desarrollado su sensibilidad para atrapar la dimensión interior de lo existente, como se aprecia en “El viaje”: Abre, verso, tus alas y remonta hasta el templo con el ímpetu arisco del indomable potro. Brota de mí que he sido la muchedumbre, el Otro Y que de un tibio asombro de carne te contemplo. En mí nace el Ayer. Un misterioso viento irisa la epidermis de la palabra aquella Que pronunció la Nada antes de ser estrella Y antes que el mar meciese desnudo al pensamiento. Torna, verso, a lo hondo, al esencial mutismo Que en el rito del alba el corazón invoca, Torna al aire y al grito, al espasmo y la roca Donde la voz encalla ebria por fin de abismo. 5. Testimonio, desde la dimensión prístina de lo viviente, de la faceta sutil de lo interior y trascendente. El poeta sabe dar su testimonio lírico, estético y simbólico de la dimensión fresca y originaria de lo viviente, que es la faceta primordial que la sensibilidad capta cuando se pone en contacto con las cosas. Como el niño, el poeta intuye la expresión prístina de lo viviente con su sensibilidad abierta para intuir y expresar lo que percibe, revelando el aliento genesíaco de lo existente y, sobre todo, intuyendo el sentido profundo de las cosas, hecho que permite testimoniar la verdad poética. Denominamos verdad poética al hallazgo de una reflexión profunda, descubierta mediante la observación de hechos, fenómenos y cosas, que los poetas logran con la luz de su intuición. Comparo la intuición con un foco de la mente que nos permite penetrar en la dimensión intangible de lo real, dando con la verdad poética, que, como decía Aristóteles, es distinta de la verdad filosófica y de la verdad histórica. La historia, la filosofía y la poesía crean su propia verdad. El poeta, consustanciado con el Universo, percibe el sentido de lo viviente, haciendo uso del poder verbal y el poder estético. En “El Heraldo”, escribe el poeta: Estirpe del apremiado viento, Espigado linaje del maíz, Raza fecunda de la tierra, Hermano de la casta montaña, Adalid del silencio en el temblor de un párpado en vigilia, Hijo del agua, Vástago de la estrella, Engendro sideral de la nostalgia, Fruto de luz que alumbras la semilla, Eterno prisionero del batir de tus alas, De la sed que te habita, Del hambre que te arrastra, Del fuego que te escuece y te consume, Del segundo que, inhóspito, te alcanza… ¿No escuchas los clarines a lo lejos? ¿No escuchas cómo brama la distancia? Soy el heraldo de los tiempos nuevos, Tañe en mi voz tu voz con las campanas, Traigo aroma de selvas en mi aliento, Ola, yodo y salitre en la garganta, En mi pecho germinan las palomas Y brotan manantiales de mi alma; … Yo soy el mensajero de la vida, De la vida que corre y se te escapa: Detenla en tus arterias amorosas, Alimenta tu tronco con su savia. Las virtudes metafísicas en una lírica trascendente Como poeta metafísico, el creador tiene a su alcance la captación y la expresión del valor escondido de las cosas, que su sensibilidad trascendente perfila con su lenguaje lírico y simbólico. En León David, esta dimensión se manifiesta con los siguientes atributos: 1. Sentimiento de coparticipación, integración y valoración de lo viviente. La vertiente interna y mística, que es la dimensión profunda, esencial y trascendente de las cosas, alienta la creación poética de León David. Nuestro poeta mantiene una sintonía cósmica y una afinidad espiritual con lo existente y, en tal virtud, tiene la capacidad para experimentar un sentimiento de identificación y de compenetración con lo real, derivada de su sensibilidad interior, inmensa y caudalosa. Por eso escribe en “Algo más hace falta”: Bueno es el verso y casta la paloma y dulce la amistad de la flor y luminosa la verdad del agua; bueno es el corazón que siempre late bajo la piel dorada del silencio; sin duda inapreciable es el destino vertical de la luz y la montaña, y no podemos prescindir del viento ni de los rotos mástiles del grito; bueno es el fuego que crepita y canta y que templa la voz plateada del acero; amorosa la mano de la espiga en el sueño del surco enarbolada; ancho y noble es el mar que en la sangre remonta lejanías y límpido y fecundo el horizonte donde desnuda anhelos la palabra. Sin embargo, desde siempre supe que a pesar de que es bella la flor y bueno el verso y casta la paloma, algo más hace falta que la voz para que pueda el hombre limpiarse el cieno y encontrar sus alas. 2. Ausculta la sabiduría espiritual en la cantera de la memoria universal. El Universo tiene su propia sabiduría, que atesora la memoria cósmica, como han intuido iluminados, contemplativos y poetas a lo largo de la historia. En virtud de su sensibilidad trascendente, el poeta metafísico y místico puede auscultar la sabiduría espiritual del Universo, en virtud de su empatía cósmica, con cuya intuición sienten los efluvios del más allá, testimoniando lo que Carl Jung llamara “la memoria colectiva de la Humanidad” o lo que Carl Sagan denominara “la memoria cósmica del Universo”. Así como cada uno de nosotros tiene una memoria particular, las capas del Universo conservan una memoria de la historia humana, así como la tierra tiene también su memoria, que queda registrada en las capas etéricas y probablemente un día, presumo yo, los científicos han de descubrir un aparato que podrá penetrar en esas capas de la atmósfera celeste y conocer, por ejemplo, lo que Sócrates dialogaba con Platón, lo que sucedió en la crucifixión de Cristo o la que inspiró a Leonardo Da Vinci en la Monalisa, así como los cataclismos terrestres y tantos otros acontecimientos singulares de la Historia, ya que todo queda registrado. Si es verdad lo que nos han enseñado sobre el acontecer de tantos hechos históricos, se sabrá cuando se descubra el mecanismo para percibir lo que atesora esa clave del Universo. Este mismo acto de hoy también quedará registrado, como quedan registrados todos los hechos de los hombres y todo lo que ha sido en el transcurso de los tiempos. Pues bien, hay verdades que intuyen los poetas cuando acceden a la memoria colectiva humana y a la memoria cósmica mediante la intuición o la revelación divina, por la vía de esa facultad mental que se llama intuición trascendente y, entonces, los poetas pueden captar y transmitir lo que he llamado la voz universal. La voz universal es diferente de la voz personal. La voz personal es la verdad que el poeta testimonia cuando expresa lo que capta su intuición. La voz universal es la verdad que el poeta canaliza cuando le ha sido revelada desde las capas del Universo, puesto que él ha sido elegido como amanuense de efluvios provenientes de la cantera del infinito para transmitir a los hombres verdades que iluminan y edifican. Esa voz universal no la descubre el poeta por su propia voluntad, sino que le llega como un don de las Musas, como un soplo del Espíritu, como se aprecia en el poema “La Idea de Platón”: La Idea de Platón, esa inmutable Primera claridad, lumbre perdida, Del saber fuente, fuente de la vida Que mis ojos eluden, inabarcable… Lo que los ojos ven y lo que nombra El labio desleal con torvo apaño Es error, ilusión, quimera, engaño Especioso discurso de la Sombra. ¿Quién se puede fiar de lo que crece? El tiempo es un tahúr que todo trueca: Hoy verde tierno, mañana rama seca, Polvo al final que el viento desvanece. Sólo la Idea indómita resiste El asalto brutal de la jornada, El filo de esta angustia, de esta Nada Que estruja, muerde, corta, quema, embiste… La Idea de Platón, única estancia Donde mora el instante detenido, Donde la Eternidad –sordo bramido- Prolonga en el añoro su fragancia. Es la Verdad que la palabra hospeda, Es la Belleza que en la flor fulgura, Presencia de lo Eterno en la impostura De todo lo que pasa…, lo que queda. El único pilar al que la mente Puede asirse en su vuelo temblorosa, La que hace que la rosa sea la Rosa Vulnerable y fugaz y permanente. Es la que rompe el oprobioso estigma De esta tránsfuga carne desahuciada, La única que siembra en la mirada El relámpago oscuro del enigma. Idea primordial, Modelo ignoto De aquella inmemorial región arcana En donde tañe y tañe la campana Del apremiado ayer, del hoy remoto. Forma esencial que canta y enmudece Y que todo lo llena con porfía, Que más allá del polvo y de la impía Vorágine del tiempo, permanece. …Yo pasaré, pero otro Yo en la pura Latitud transparente siempre habita; Y cuanto más mi carne se marchita, Más la Verdad de ese otro Yo perdura. 3. Enfatiza la dimensión espiritual de la condición humana. Somos no sólo este cuerpo físico con necesidad de nutrición, sueño, diversión, trabajo, ejercicio, caricia, descanso, etc., sino un alma que se expresa mediante intuiciones, pasiones, fruiciones, reflexiones, dudas, angustias, nostalgias y esperanzas de las cuales da cuenta la sensibilidad profunda, condición que enaltece este barro caduco del cuerpo sustentante. En su poema “Algo más hace falta”, el poeta escribe: Yo no sé si podré sujetar la mirada pero sé que mi sangre escapa a borbotones y que corre hacia ti como si la llamases. Hendido estoy, hermano, de tus mismos agravios y hendiduras y por mi arteria trunca se despeña una rosa. Vuelve hacia mí tu faz, hermano inescrutable, hombre, roca, volcán, abrupta serranía, duro metal de huesos y carne apisonada, vuelve hacia mí tu faz, hermano misterioso, que el tiempo ya llegó y se hace tarde y es preciso contar tu historia sin palabras. Déjame que la cuente trepándome a los ojos y escale por la virgen latitud de tus llagas, déjame que penetre al fondo de ti mismo por tus viejas raíces y tu antigua nostalgia, renaceré en tu sangre contando cicatrices y arrimando uno a uno los huesos apilados, renaceré del polvo de tus sueños vencidos, de las bocas abiertas de tus heridas pardas, de todos los rincones donde anidaste el grito para seguir cargando tu imagen mutilada, renaceré del torvo latido de la noche para sembrarte el cuerpo con luz de madrugada. Desde este afán, hermano, que me empina hacia ti voy elevando el canto hacia tu frente erguida, déjalo que te ascienda por los pies hasta el rostro y que te muerda el pecho como una hoguera inmensa de temblores ocultos, déjalo que penetre por tu escondido anhelo antes de que perezca la piedra calcinada, yo sólo soy el nombre que busca tu figura y ese perfil exhausto que se adhiere a tu carne, mi presencia se agota donde tu cuerpo acaba y detiene mis pasos tu interrumpida huella. Más allá de tus ojos yo no tengo mirada, yo no tengo palabras más allá de tu boca ni hay latido en mi pecho si tu pecho no late ni extravío en mi sangre si tu sangre no brota. 4. Valora la dimensión divina en lo humano como expresión de nuestra naturaleza distintiva. En tal virtud, su poesía manifiesta una recreación de los patrones arquetípicos de la Creación, reconociendo el modelo original para hallar y afinar el sentido de la vida y el Mundo, vinculado a lo divino mismo, como revela en “El Profeta”: En la sed detenida la luz se esconde y finge Soñar blancos milenios y extasiados abismos, Mientras que el ojo hueco y torvo de la Esfinge Contempla al horizonte brotar los espejismos. Allí la soledad se rompe en sus escombros Y una antigua violencia muestra su rostro yerto, Mientras que los milenios van cargando en sus hombros El grito y los insomnios del pedernal desierto. … ¿Y fue acaso aquel cielo donde ninguna nube Inmuta la callada y azul perplejidad El que cubre el enigma y al que el enigma sube, Poblado de leyendas, hacia la eternidad? ¿No fue en aquella roca donde un día el Profeta, Con aire de otro mundo, levantando el bastón, Lanzara sorda arenga que por arte secreta, Desechando el oído, rasgaba el corazón? ¿No fue acaso en aquella inexpugnable cumbre Donde el eco repite, engañoso, la voz, El lugar en que atónita la inquieta muchedumbre Esperara en silencio la llamada de Dios? … Es un hombre sereno. Hay algo impresionante En el porte tranquilo y el humilde sayal, Algo que brota como luz del semblante, Que hace olvidar las penas y desechar el mal. Un numeroso pueblo ansioso espera en fila Al pie de aquel Maestro que está sobre una roca La verdad que florece sobre la azul pupila Y el designio que pronto develará su boca. Y habló el iluminado con voz clara y sencilla Que no quebró el ayuno ni ablandara el cilicio, Habló de la mañana de Dios que es nuestra orilla Y del amor que vence la flaqueza y el vicio. Dijo que Dios moraba en cada ser humano Y que Dios se entregaba como se entrega el trigo, Que todo ser viviente ha de ser nuestro hermano, Que es preciso ser manso y amar al enemigo. Que hay que evitar la torpe mezquindad y el insulto Que en este tiempo, -dice-, “por desgracia contemplo”, Que tan solo a la vida hay que rendirle culto Y que somos nosotros el más sagrado templo. … Habló del hombre grande que sabe ser chiquito, De que nada es acaso, de que nada es azar, De que llevamos dentro la sed del infinito Que se mece en las olas azules de la mar. 5. Canta con júbilo interior el esplendor de la vida y la Creación. Sintiéndose parte entrañable del Universo y un ser privilegiado de la Creación, el poeta vive con fruición, canta con alegría, escribe con emoción gozosa y esa actitud entrañable y jocunda viene de la conciencia del esplendor del Mundo, sentimiento místico que lo subyuga y lo enajena con la emoción de sentirse parte de lo viviente y de sentirse lo viviente mismo con toda la plenitud creadora y toda la potencia sensitiva. En “Gracias”, da razones y motivos para valorar el don de la vida y hay que agradecerla; y con la vida, el don de la palabra y hay que agradecerla; y con la palabra, el don de la creación y hay que agradecerla; por eso recrea los arquetipos de la creación, que reconoce el valor de la vida y el sentido del Mundo: “Yo inventaré de nuevo la ternura,/ nuevamente le daré al corazón,/ la pureza ancestral de su primer latido,/ recogeré las rotas primaveras,/ pronunciaré los viejos apellidos de la roca,/ los olvidados nombres del fuego/ y de la nube,/ treparé por la savia hasta las hojas/ y en verde clorofila convertido/ haré del Sol mi elemental sustento,/ pondré nido en las ramas más desnudas/ del más desnudo pensamiento humano/ y trascendiendo el tiempo del granito,/ la hosca dimensión del retorcido alambre,/ volveré por mis fueros al dorado panal,/ al surco y la simiente”. Y en “Invitación a la alegría”, escribe: Hermano atormentado de la noche, déjame alzar el canto por sobre la estatura inmóvil del granito y llegar hasta ti para soñar contigo, para beber contigo, con una misma sed, la misma agua. Deja, hermano, que rompa esta costra de cal con que fabrica óxido el silencio y engendremos de nuevo desde su brizna joven la palabra. Despojado de huellas, vaciado de sangre, abierto de penumbras, urgido de distancias, hoy retorno hacia ti como el hijo perdido al seno de la madre y te pregunto el nombre que me diste, ése que, sin saberlo, dejé tirado un día al borde del camino. Sólo tengo la voz, mi pobre voz enferma y perforada para sembrar la luz y contemplarte el rostro y callar de una vez definitivamente. León David es el poeta del añoro ya que efectivamente añora, como los antiguos neoplatónicos, el Mundo Ideal al que aludía el filósofo griego, centrando en el manadero celeste la cantera de verdades que nutren sus visiones e intuiciones. En la poesía de León David, en efecto, Dios es la Energía subyacente a todo lo viviente, la razón sustentante de fenómenos y cosas, la apelación profunda de su ideal sutil y trascendente. Finalmente el poeta metafísico suele revelar verdades trascendentes mediante la voz personal y verdades reveladas mediante la voz universal. Veamos estos ejemplos de verdades metafísicas en León David. Sobre la percepción de un efluvio trascendente: “No vale para nada la doctrina/ cuando llegas al fondo de la estancia/ y percibes marchita una fragancia/ que te envuelve, te asalta, te conmina” (“El anatema”). Sobre la caducidad de la vida: “Yo sé que pasaré como el que ahora/ intento recordar para los otros./ Los que no están nos hablan de nosotros/ y de una brusca, impostergable hora” (“El otro”). O sobre el paso fugaz de lo existente: “El rojo atardecer sobre la loma,/ corona de mi tierra despreciada,/ ¡qué hermoso tu lamento milenario!/ ¡Y qué triste mi pueblo que espera, sufre y calla!/ el rojo atardecer sobre la loma./ Hoy lo mismo que ayer./ El tiempo gota a gota se derrama” (“Puesta de Sol”). Los siguientes versos ilustran la percepción de verdades reveladas a nuestro poeta. Lo que hoy nos deslumbra, también ayer cautivó a nuestros antepasados: “Esa Luna es aquella vieja y cauta/ que alumbrara al troyano y al aqueo,/ que contempló la astucia de Odisea/ y la gesta inmortal del argonauta ” (“La Luna”). Y la convicción de que forma parte del Todo: “Yo te lanzo a la cara/ este verso insurgente de palomas,/ te conmino al encuentro final/ desde la muchedumbre que habita mi palabra./ El Universo soy, la luz, la cumbre, el aire, el desafío de la madrugada./ Hijo del polvo gris y la ceniza,/ desde el fondo del mito/ se alza el retoño verde de mi voz,/ de mi desnuda voz abanderada…” (“La libertad te espera”). Como el cóndor de América, León David se encima a la cordillera de la metafísica. Si la Argentina tiene a Jorge Luis Borges, la República Dominicana cuenta con León David, que en uno de sus versos alude al ave americana: “Hubo una vez un hombre que quiso ser distinto./ Quiso imitar en su pasión rotunda y vertical/ a la montaña. / Quiso emular al cóndor y hacer nido/ allá donde el peñasco dialogo con el viento./ Sobre su frente pálida el horizonte puso/ el fulgor de una estrella,/ y una bandada de furtivas palomas le inundó las pupilas/ de añoros y distancias” (“Hubo una vez un hombre”). El cóndor de los Andes, cuando está ejecutando en las alturas su esplendoroso vuelo, atisba desde arriba la presa que ha de empuñar entre sus garras. León David es el cóndor lírico de las letras dominicanas, puesto que otea con deleitosa mirada, desde su atalaya estética y metafísica, la presa de la belleza y el misterio que habrá de nutrir su sensibilidad, sustento y perfil de una visión metafísica henchida de emoción y entusiasmo lírico, ideal y añoro de su aliento iluminado. Bruno Rosario Candelier Academia Dominicana de la Lengua Santo Domingo, Ciudad Colonial, 9 de mayo de 2008. Notas: 1. Juan José Jimenes Sabater nació en La Habana, Cuba, en 1945. Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes (Mérida, Venezuela), dirigió la Escuela de Arte Dramático de la Dirección General de Bellas Artes, el Departamento de Letras y la Extensión Cultural de la UASD. Ha sido funcionario diplomático, asesor cultural y autor de una columna periodística semanal. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Poemas del hombre anodino, Poemas del hombre nuevo, Trovas del tiempo añejo, Intento de bandera, Adentro, Guirnalda y Carmina. En narrativa: Narraciones truculentas, Parábola de la verdad sencilla, El hombre que descubrió la verdad. En teatro: El sueño de Arlequín, La noche de los escombros. En ensayo: Huellas sobre la arena, Artes plásticas dominicanas, Una aproximación a la pintura metafísica de Jaime Colson, Cálamo currente y El arte de la Poesía. 2. Bruno Rosario Candelier, Poesía Mística del Interiorismo, Santo Domingo, Búho, 2007, p. 323. 3. Los poemas de la autoría de León David, citados en este estudio, proceden de Poemas del hombre nuevo (Santo Domingo, Biblioteca Nacional, 1986), Los nombres del olvido (Santo Domingo, Biblioteca Nacional, 1998), Guirnalda (Santo Domingo, Secretaría de Estado de Educación, 2003). |
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