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| La ternura mística en la lírica de José Guillermo Ros-Zanet |
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| Escrito por Bruno Rosario Candelier | |
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Te busco en la razón primera
del ser: lo que trasciende, vencedora en el milagro, del plano y lo absoluto. (Ros-Zanet, “Su forma al alba”) 1. La dimensión amorosa de una lírica espiritual José Guillermo Ros-Zanet es uno de los grandes creadores líricos de Hispanoamérica. Autor de una obra poética densa, fecunda y luminosa, nació en David, Chiriquí, Panamá, en 1930. Desde muy joven cultivó la poesía, el cuento y el ensayo, siendo la lírica mística la faceta temática más hermosa del caudal expresivo de su creatividad (1). La primera vertiente destacable, en la lírica de José Guillermo Ros-Zanet, es la dimensión amorosa de su visión del Mundo, que comparte con su búsqueda primordial de lo viviente y, en tal virtud, todo se vuelve signo de amor y de querencia, en todo evoca la presencia de la amada visible o la Presencia sutil del Amor invisible, como se aprecia en sus poemas. Desde el fondo de su ternura espiritual, José Guillermo Ros-Zanet asume místicamente el Mundo, que es asumirlo como lo han sentido y experimentado los creyentes de las diversas confesiones y culturas, con los atributos sagrados de la Creación divina. El poeta panameño engarza, a su experiencia personal, la visión amorosa de cuanto acontece en su entorno y el impacto emocional que la realidad sensorial, siempre incitante para el contemplativo y la realidad humana, siempre renovada para los intuitivos, produce en los espíritus entusiastas como el de Ros-Zanet, que sabe apreciar el encanto singular de lo viviente en su vertiente esplendorosa y que se transmuta en sustancia espiritual y estética en los sujetos con vocación creadora. Ros-Zanet habla de las cosas con un fervor inusitado. No se apega a ellas, pero las acurruca, las pondera, las nombra con un cariño peculiar, como nombra y evoca, bajo el alero iluminante del afecto, al pueblo amado, los familiares cercanos, la acuarela del paisaje, la lumbrosa Luna de Chiriquí y el Sol jocundo del terruño consentido y, desde luego, la amada de sus sueños. El hombre enamorado prolonga en el tiempo la presencia subyugante de la amada o la huella fecunda del mismísimo Amor divino y vislumbra su llama, como una imagen rediviva, en el fulgor del horizonte o en el incendio de la aurora bajo el rebol insumiso de un aliento soterrado. Así le acontece a Ros-Zanet, que vive cada momento de su vida evocando el impacto que el amor orilla en su dintorno, haciendo de su sensibilidad y su talante el centro de sus apelaciones entrañables. Desde la vertiente afectiva de la sensibilidad se empata nuestro poeta a lo viviente, asumiendo y destacando la dimensión hermosa y singular de lo real con un sentimiento de coparticipación con la cosa, actitud emocional que revela un alma limpia y generosa bajo la cordial empatía de su espiritualidad profunda. La voz lírica de estos versos de amor de Ros-Zanet concibe la vida como el más alto signo de ternura que Dios plasmó en el Mundo al crearnos para compartir con Él el esplendor de la Creación. Somos una huella de la luz en la sombra de la existencia, viene a decirnos el poeta con su voz enamorada y su vocación trascendente: Quiero la vida y quiero saberla entre inocentes. Bestezuela de Dios y de las iras. Manera cardinal de la ternura. La llamo sacramento del ser y sembradura, como un bosque de espigas o de nieves. A la vida le basta su demencia o su propia cordura. Es un tiempo de Dios. Dura clemencia. ¿Por qué dura su sombra de cadáver? Luz del Verbo encarnado. Era lumbre la sombra que crecía (2). Al enfocar la naturaleza humana en esta visión lírica y simbólica del ser que lo enaltece, el poeta subraya la vida y la conciencia como los dones esenciales que auspician el poder que lo semeja al Aliento original que lo engendró, nombrando cuanto halla a su paso, expresando el sentimiento de amor que comparte con el Amor mismo, disfrutando la heredad que asume, potencia y sacraliza: Enterrar de raíz las manos juntas y llameadas, hasta encender los cielos de la tierra, hasta ganar la vida. -Los ciegos atributos de antiguos territorios y rituales- Mi sangre iba nombrando por montes y ternuras. Ya la luz existía. Y la sangre existía. Era edad en el habla que nacía. Heredad de la carne y la agonía. Con el aliento de la vida, el poeta advierte el otro don que comparte con el Creador del Mundo: el de la creación, el más alto signo del empalme de lo divino en lo humano, criatura de luz que viene de la sombra, en cuyos saltos va de lo mineral a lo vegetal y de este a lo humano trascendido, como dice el poeta, “al lirio de las bodas y los salmos”, es decir, a la fragua del amor que se hace llama de luz en la fragua del espíritu: Dura la soledad hasta encender los panes y los peces. Y se encienden las manos de la ofrenda. Salen dulces aldeanas en la tarde y recogen trocitos de sal y de inocencia. Criaturas de la luz vienen de sombras. Llegan del territorio mineral al pétalo del agua, al sitio manantial de los abuelos, al lugar infinito de los hijos, al lirio de las bodas y los salmos, como un fulgor del tiempo. Con el don de la vida y la conciencia adviene otro don singular, el de la palabra, que es el vínculo entrañable con la Energía Espiritual del Cosmos. Ese hermoso don hace posible la obra de la creación, desde la sensibilidad, la intuición y la reflexión, mediante la imagen sonora y elocuente, de lo que concita el corazón al sentir la presencia de las cosas lumbrosas y amables bajo el encanto sutil de lo viviente y el fulgor emanante de lo Eterno: Espacios manantiales de los cuerpos. El hombre oye los cielos y el tormento. Y mira hasta la edad, hasta los ojos -Somos eternidad de la palabra simple de ser eternidad-, hasta los huesos. Me he quedado a morir entre mis siglos, y me sobran moradas y silencios del verbo. Luz del Verbo encarnado. Lo humano, dignamente, se incendia, como un bosque de frutos y hermosura. Lo humano está en las eras, en las manos que llevan la semilla y, en albas y memorias, las mieles más ardidas. Los clanes de la nieve, las hordas del ciervo y de la brisa: fontanares del Mundo y las ramas verbales. Los libros de la tierra. La casa entre las eras. Con su capacidad de asombro y su aliento creador, el poeta visualiza el Mundo y sus criaturas y al verse a sí mismo como símbolo de la condición humana, ha consignado el don de la vida, la capacidad verbal, el poder creador y con esos maravillosos dones advierte y valora otro don inmenso paralelo al poder creador, el poder del sueño, “un no rompido sueño”, como dijera Fray Luis de León, bajo cuyo aliento pergeña con devoción y entusiasmo, el fecundo impulso de la imaginación y la intuición conjuntas: Aquí me nombro y duro, me siembro entre fulgores y la vida, entre mis propios muros y mis sueños y los huesos ancianos. Me he poblado de Dios, de esperas y memorias, de hijas de ancianidad y de ternura, de esposa germinal entre la vida. ¡Ah, cumbre de las eras! Entonces, en su canto brota el júbilo de experimentar y disfrutar la fuente de la hermosura que despierta en el alma humana la fruición espiritual más honda y el entusiasmo interior más fecundo como emanación intensa y pura del Verbo de la Luz -“Dúrame el verbo”, dice el poeta-, como en éxtasis de amor con la llama misma que hace posible la cuota de Eternidad que encandila y arrebata: Porque toda la luz contiene la hermosura. Si el fruto perdurable diera fruto, si por siempre la rosa derramara en el alba la ternura, sobre los anchos cuerpos extendidos, hasta la eternidad y hasta las fieras, durara la hermosura. Que todo ha de durar. Dúrame el verbo. La casa de las eras. 2. La dimensión mística de una ternura encandilada La segunda faceta destacable, en la lírica de Ros-Zanet, es la dimensión mística de lo viviente, que el poeta asume y expresa desde la vertiente interna de las cosas con su visión amorosa del Mundo y de la vida. La faceta amorosa es esencial en la lírica de José Guillermo Ros-Zanet. Justamente, el amor sustenta la fuente de su poesía, la veta de su talante contemplativo, la llama incandescente de su creatividad. Su poesía conjuga el amor divino y el amor humano en una consubstanciación inconmensurable. El amor místico es generoso, comprensivo, desinteresado; el amor humano es egoísta, posesivo, interesado. El amor místico canta para agradar y engrandecer al objeto de su amor; el amor humano canta para conseguir y poseer el objeto de su amor. El amor místico no busca al otro para sí, para su propio deleite, sino que da de sí, le abre espacio al otro y, entonces, su corazón se expande con júbilo y alabanza, en valoración y entrega, en dación y milagro, con el gozo de sentir con el otro, de vivir para el otro, de sufrir por el otro. Por eso, en la gestación del amor místico emerge la expresión jocunda, abierta y alterizante. La expresión lírica de Ros-Zanet no revela si el poeta ha tenido experiencia mística, pero sí delata al lector avisado sobre la naturaleza de su amor, fraguado en la divina contemplación y el talante espiritual que lo distingue, puesto que es poseedor de una sensibilidad mística afín a su amorosa inclinación para ver la dimensión afectiva y espiritual de lo viviente. Con su intuición profunda descubre el aura peculiar de lo viviente y el valor singular de las cosas sencillas y comunes en virtud de su convicción mística de que todo forma parte del Todo. Si efectivamente cuanto existe tiene una vinculación raigal con la esencia del Universo, nada hay despreciable en el Mundo y todo tiene valor y sentido. Con su sensibilidad mística, Ros-Zanet valora todo lo viviente porque sabe auscultar lo que vale y trasciende en cada cosa, fenómeno o criatura, sintiendo un sentimiento de empatía y piedad ante lo que es. El amor es la compuerta más fecunda de la intuición. Así lo ha sentido Ros-Zanet, como lo han experimentado poetas, místicos e iluminados a lo largo del tiempo en nuestra cultura occidental, desde Safo de Metilene hasta Dámaso Alonso; desde Platón hasta Francisco Matos Paoli. Y el amor místico, como lo han sentido y explicado en la tradición lírica hispánica -Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, entre los creadores aureoseculares españoles o Víctor García de la Concha, Ernesto Cardenal y Luce López-Baralt entre los contemporáneos- revela el sentido del ser y, desde luego, sus intuiciones hermosas o revelaciones profundas con sus verdades poéticas: El ser o la memoria. Casal. Casa tomada. Razones que no entienden las sienes y los sueños. O dulcísimo alondra del sentido. Te asemejas al tiempo y eres la humanidad de la tarde. Buscas entre las sombras sombra, y encuentras, entre la sombra, lumbre. Un territorio puro Adentro de la vida. Una creación poética fundada en el amor, como la de Ros-Zanet en los presentes poemas, no sólo revela el testimonio creativo de una inclinación personal, sino la imagen representativa de una vocación humana que la poesía, en su inmensa capacidad expresiva y simbólica, es capaz de canalizar mediante las herramientas lingüísticas y los recursos figurativos, como se aprecia en estos versos ardientes y entrañables, que son una expresión mística del amor que la palabra poética atrapa, fija y enaltece. La mística procura el entendimiento y la comprensión de lo existente. En su valoración de lo viviente, Ros-Zanet perfila el sentido de las cosas, cantando desde el estado de iluminación interior que las cosas le revelan y creando con piedad seráfica, con vocación de ternura consentida, plasmando en su creación poética un sentimiento de comunión entrañable con las cosas en una lírica impregnada del vínculo cristiano en su genuina expresión de amor sagrado. Desde el amor humano, centrado en la amada consentida, el poeta asciende al amor divino, cifrado en la Llama sutil del Dios que alienta su destino. De ahí la presencia de los valores cardinales del espíritu en esta hermosa lírica mística. En efecto, los valores interiores como el amor, la verdad, la belleza, el bien y el ansia de perfección nos definen espiritualmente y pautan una actitud de vida y de creación que ayudan a que seamos mejores seres humanos y enrumbemos nuestro derrotero material y espiritual hacia la meta más alta de la conciencia: Las casas junto al Mundo. Los heraldos del cielo desvelados. Los espejos del sueño donde cesa el olvido. Los hondos peregrinos que vienen del ocaso a la ceniza. Las nobles escrituras. El roquedal del tiempo y la heredad dejada. Antiguos aposentos del verbo o de la llama. La noria, la fontana, el sitio de la bruma, el romeral dormido. La delgadez del alba sin premuras. La primera memoria. Lo que existe bajo el velo de lo intangible -aleteia [aletheia] llamaron los griegos a la verdad, es decir, lo que se manifiesta ‘sin velo’- es la Realidad plena y rotunda que concita la búsqueda del místico. Para emprender esa búsqueda, hay que descender, como hacen los espirituales, hasta la nada, despojándose de prejuicios mediante un proceso de Kénosis, -‘anonadamiento’, ‘rebajación’, ‘anulación del yo’-, y purificados de egoísmos, vanidades y convenciones fatuas, acceden a la puerta del misterio, como han hecho los místicos desde los antiguos presocráticos y taoístas hasta nuestros días y como lo han testimoniado en su vida y en sus creaciones los iluminados, los poetas, los ascetas y los santos: Ancianidades hondas y sonoras. El silicio y la llama congregados. Las manos acordadas, los yelmos y cimeras. Y las navegaciones singulares. Las costas del virreino. Los vinos del temblor y de la gracia. La provincial edad en los caminos, los humos tributarios. El patio de los cielos a la tierra. Y la lluvia encendida de niños y domingos. Renacemos al fondo de la vida. Caminamos en sombra de difuntos. La segunda memoria. Para atrapar esos “humos tributarios”, es decir, esos ‘secretos innumerables’ o ‘savias revelaciones’, provenientes de la memoria colectiva o de la cantera del infinito, los poetas acuden a las imágenes por lo cual hablan un lenguaje igual y diferente al lenguaje común. Se trata de “un idioma convencional que no habla pueblo alguno”, según dijera Ortega y Gasset, según nos recordara Fredo Arias de la Canal, puesto que es el lenguaje de las imágenes, el lenguaje de las mil voces (2). Descubrir y expresar en su creación el protoidioma de los poetas con sus ‘innumerables secretos’ es la tarea de los poetas. Por eso escribe Ros-Zanet: Escuchamos las tardes, las estancias de niebla, los confines del tiempo, los cuerpos de las sombras, las hondas heredades de la lluvia, la vida que nos dura. Oficio de sarmientos y dolores. Sometido laurel de las alondras. El poeta auténtico se distingue porque su poesía revela una convicción, un testimonio emanado de la percepción de su sensibilidad con la certeza de expresar lo que percibe a través de su punto de contacto con el Universo. De esa manera el poeta canta lo que percibe. Escribe lo que mana de su sensibilidad y por eso tiene voz propia, tono personal, una manera de decir las cosas como nadie las ha dicho. Ahí radica su originalidad y su visión auténtica y genuina, que es el sello de los verdaderos creadores: No ser sino la misma sombra, el muro, el corazón sonoro, las semillas del cierzo sosegadas. El animal que olvida y llega del olvido. Los reinos terrenales donde acaban blasones y escrituras. Nos dejarán la historia o la ceniza. El mundo que te llama y que tú llamas. El mundo tuyo. El de los nueve pozos, contemplados con temor y temblor de la memoria. El desarrollo de la sensibilidad espiritual conlleva una atención privilegiada a la Naturaleza, es decir, una disposición emocional, abierta y empática de coparticipación con lo viviente. Lo que conlleva una valoración de la verdad, la belleza y el misterio apreciando el lado hermoso de las cosas, lo que suele generar un entusiasmo creador, con actitud positiva y edificante mediante el uso de la palabra que hace posible la visión hermosa y amable de la Creación. Se trata de una valoración de la vertiente espiritual de lo viviente con la dimensión singular y peculiar que lo enaltece. Por esa razón nuestro poeta escribe: Sostienes dulcemente la voz y la mirada. Nos sostiene tu cielo en cada llama. Pudiera ser que te llamara ausencia. Pudiera ser que mundo te llamaras. En tu misterio duran los años y la casa. Es un durar de niño o de semilla y mundo. La tercera memoria. La poesía de José Guillermo Ros-Zanet, nutrida en la cultura poética de nuestra lengua y enaltecida con la savia de la cultura mística, se distingue por la expresión pura y generosa de la dimensión amorosa de lo viviente en una cordial sintonía con sus bondades y virtudes: El invierno caía ciegamente. Y la ciudad sitiada iba creciendo entre las lilas. El viaje a la memoria, al corazón de la gracia. Los litigios humanos más antiguos y crueles, ciegamente. El hombre iba subiendo, juntando en su raíz y entre la piedra el pensamiento más hondo, y el oscuro deseo de escombros y cenizas. 3. La dimensión formal de una lírica trascendente En atención a la faceta entrañable y fecunda de su numen poético, la lírica de Ros-Zanet proyecta un júbilo entrañable, un entusiasmo lírico y, sobre todo, un aliento de ternura y comprensión, que son las gemas espirituales y estéticas de este ilustre poeta panameño. Varios rasgos expresivos distinguen la creación poética de Ros-Zanet. Vamos a ponderar algunos valores formales de su lírica, enfocando los siguientes aspectos: 1. Poeta sustantivo identificado en los propios términos léxicos. José Guillermo Ros-Zanet es un poeta esencial, un poeta sustantivo que va al meollo de las cosas. Como poeta genuino, procura captar y revelar la esencia de sus percepciones y vivencias. En tal virtud, no se queda en la apariencia sensible de las cosas, ni en la expresión trivial o superflua, por lo cual casi no usa adjetivos; no le atrae el suceso fugaz de lo existente, por lo cual usa solo los verbos indispensables; y sí le encanta la dimensión interna y mística de lo viviente, por lo cual predominan en su discurso poético los sustantivos, especialmente los nombres propios de las cosas, con las cuales fija la sustancia de su vivencia entrañable, como el poema intitulado “Tinaja”, construido a base de sustantivos sin la intervención de verbos y adjetivos, como una manera de enseñar la pura carnalidad de lo existente. En varios de sus poemas hay apenas un verbo y muy pocos adjetivos, como este: Los oficios del alba. Los hombres desprendidos de su mundo, los comensales ciegos, los libros medievales del portento. Y la sal de la guerra. Acaso quedarán las voces más oscuras, más antiguas y crueles, extendidas sobre la mansedumbre o la pureza. Los oficios del luto. La huella de los signos. Los siglos del bisonte y el ciervo de la nube. Los frutos de la umbría. 2. Retratista de la vertiente real de lo existente recreada en la forma. Ros-Zanet retrata, desde la onda espiritual de su sensibilidad empática, la faceta honda y permanente de las cosas, con esa mirada escrutadora y amable de cuanto existe y trasciende. En tal virtud, perfila el contorno de las cosas enfocando, no su apariencia sensible y transitoria, sino su dimensión interna y sagrada, su vertiente luminosa y prístina, por lo cual dice: Un corazón cayendo, una granada, una piedra gimiente, un Dios vivo encarnado, las cenizas del bien, la señal perdurable, las bestezuelas puras, las centurias del ser, la enunciación del mundo. Luz del sueño encarnado. Y digo, humanamente: era de Dios el habla que nacía, eternamente. El corazón del ángel de la llama. Retornarán del mundo tomados de la muerte y de la nada. Inconsolablemente. Y nunca. Nunca. Y nadie. Nadie. Nadie. 3. Creador de una dimensión lírica rebosante del gozo místico, que resalta la faceta jocunda, expresiva y emotiva de lo viviente. En su lírica esencial el poeta procura volcar, desde el hondón de su sensibilidad, el manadero interior, sutil y profundo de su alegría honda, de su júbilo místico, revelando el perfil gozoso y entrañable de su visión poética: Sostienes dulcemente la voz y la mirada. Nos sostiene tu cielo en cada llama. Pudiera ser que te llamara ausencia. Pudiera ser que mundo te llamaras. En tu misterio duran los años y la casa. Es un durar de niño o de semilla y mundo. 4. Uso de términos contrapuestos como símbolos de su visión esencial y trascendente. Especialmente voces antitéticas, como luz y sombra. Como Paul Valery, Ros-Zanet entiende que “toda claridad exige una mitad de sombra”, porque la demasiada luz enceguece. Al enfocar la vertiente luminosa y trascendente de lo real acierta en la percepción de lo trascendente desde la atalaya de su voz omnisciente y la convicción de su ideal purísimo y sublime: El corazón de musgo del viento y de las manos, se hace lumbre en las manos y las eras. Y el corazón de cielo de la llama, maneras de ternura, hasta los tercos surcos del verano. Y es luz hasta los huesos la casa. La morada. Antiguas ciudadelas de la noche. Y el viaje a la inocencia, A la mirada. 5. Con su aura sacralizante y creadora, visualiza la faceta positiva, amable y hermosa del Mundo, lo que es un signo de la ternura y la bondad de su alma limpia y generosa, reflejo inequívoco de un corazón puro y noble que sintoniza lo mejor de criaturas y elementos. Al leer los poemas de Ros-Zanet colegimos que si se mira con la luz pura del alma, todo es hermoso y elocuente en la viña del sentido: Al sur de los inviernos iba el hombre cayendo a una esperanza anterior al misterio. Los cuerpos de la angustia. Agua de lejanía dejaban las aldeanas, y en las manos quedaba la hermosura. El sueño derramado. En fin, esta hermosa poesía de Ros-Zanet es la creación lírica, simbólica y mística de un valioso poeta panameño que ha hecho de su visión amorosa y espiritual del Mundo un testimonio fecundo y elocuente de su talento creador y una fuente luminosa y trascendente de la llama intangible que enciende y enamora. José Guillermo Ros-Zanet no es sólo un destacado poeta de Panamá sino un poeta de la lengua española, categoría que enaltece al distinguido Director de la Academia Panameña de la Lengua. Bruno Rosario Candelier Academia Dominicana de la Lengua Santo Domingo, Ciudad Colonial, 27 de sept. de 2008. Notas: 1. Entre las obras poéticas de José Guillermo Ros-Zanet sobresalen Poemas fundamentales, 1951; Ceremonial del recuerdo, 1954; Sin el color del cielo, 1960; Cumbres aldeanas, 1984; En la maslumbre, 1991. Poesía Reunida, 2004, contiene una antología de esos poemarios. 2. Las ilustraciones poéticas del presente estudio son de la autoría de José Guillermo Ros-Zanet y proceden del poemario “Un no rompido sueño”, inserto en su libro antológico Poesía Reunida (Panamá, Imprenta ARTICSA, 2004, pp. 100-148). 3. Fredo Arias de la Canal, Antología de la poesía cósmica chilena, México, Frente de Afirmación Hispanista, 2005, p. X. |
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