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  jueves, 09 de septiembre de 2010
La lengua y el rol de la comunicación PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Bruno Rosario Candelier   
Está el hombre junto a su lengua como en la margen del agua de un estanque, que tiene en el fondo joyas y pedrerías, misterioso tesoro celado. La mirada no suele pasar del haz del agua donde se reflejan las apariencias de la vida con belleza suficiente. Pero el que hunda la mano más allá, más adentro, nunca la sacará sin premio (Pedro Salinas, La responsabilidad del escritor).

   En una charla que dicté recientemente en un centro cultural de Santiago, una joven participante me preguntó la razón por la cual la Academia de la Lengua dictamina normas y reglas para la realización de un derecho de los hablantes, como es el uso de la lengua.

   Al cuestionamiento de la inquieta joven le di una respuesta fundada en el principio esencial de todo lo existente: “Lo que existe -le dije- actúa en función de unas leyes que dan cohesión, unidad y armonía a su naturaleza y función”. Es decir, todo obedece a una razón de ser y un sentido en virtud de su esencia singular y la finalidad que le ha sido asignada en el ordenamiento de lo existente.

   Fueron los antiguos griegos, con los pensadores presocráticos a la cabeza, los descubridores de las leyes inexorables que fundan el orden de lo existente, que llamaron Cosmos, en virtud de unos principios que norman cuanto existe y explican su existencia y su funcionamiento, razón por la cual todo lo que existe participa de esa misma ley para ser y funcionar conforme le ha sido pautado en su código esencial. Hay principios y leyes vigentes para la Naturaleza en su totalidad y para cada ser viviente en su individualidad, así como cada entidad, criatura o elemento se ha de regir por una pauta en atención al orden natural o sobrenatural de su existencia (1).

   Lo que los antiguos presocráticos descubrieron, que en su tiempo lo intuyeron taoístas chinos y chamanes aborígenes, fue el principio esencial de que todo forma parte del Todo, principio que explica la ley de todo lo existente. Y si una ley de armonía universal rige a todo lo existente, esa misma ley rige la más mínima partícula viviente y todo lo que el hombre crea. El orden de lo existente postula un ordenamiento natural, así como la vida en sociedad requiere una organización social, una preceptiva moral y un orden verbal. Este último está fundado en la normativa gramatical. Como creación humana, la lengua está regida por leyes y principios, que la normativa gramatical formaliza y los hablantes ejecutan en su elocución ajustada a una pauta expresiva, unos principios lexicológicos y semánticos y las reglas de un código que regula la dicción fonética, la escritura ortográfica y la redacción gramatical.

   Así como a la sociedad la rigen unas normas que han de aplicar los ciudadanos para conducirse por leyes que norman la actuación de sus ejecutorias, así también los hablantes han de someterse a una normativa lingüística que, en el orden gramatical, fonético, sintáctico y semántico, han de aplicar los usuarios del idioma para lograr una comunicación efectiva en atención a la emisión y la comprensión de los enunciados verbales. Para eso hay principios que orientan los hechos de lengua y normas que pautan la corrección, la propiedad, la naturalidad y la elegancia del lenguaje, lo que ha de concretarse en una pronunciación pertinente y una escritura correcta y diáfana concebida para producir mensajes comprensibles.

   El lenguaje es forma y es sustancia: forma de expresión y sustancia de contenido. El conocimiento del lenguaje entraña el dominio de una forma y el dominio de un concepto (2). Si crecemos en un ambiente donde se emplea la lengua con propiedad, aprendemos a usar adecuadamente los términos y las expresiones, pero si nuestros mayores hablan con impropiedad, copiaremos los vicios en el uso de vocablos y expresiones. Desde niño asocié el concepto de parque al espacio adjunto a la iglesia donde había bancos para sentarse. Pero sucede que parque significa ‘terreno o sitio cercado y con plantas o árboles, generalmente inmediato a un palacio o una población’ (DRAE). De manera que, aunque generalmente hay asientos en los parques, el concepto central de esa palabra es el de ‘espacio con árboles o plantas para la recreación de los visitantes’.

   Los que usan la lengua como fundamento de su trabajo, especialmente periodistas y comunicadores, han de tener el dominio de la forma y el dominio del concepto para ser efectivos en su propósito de comunicación.

   La Academia fija la norma inferida del uso preferencial de los hablantes. La institución de la lengua fija como válida la norma preferencial de los buenos hablantes, entre los cuales prevalecen los escritores. La normativa gramatical, fonética y ortográfica, está inspirada en las cualidades del lenguaje, que son propiedad, claridad, corrección y naturalidad, virtudes de la buena comunicación, la que implica la claridad del mensaje; la propiedad del contenido; la comprensión de los enunciados y la concurrencia de los factores de la comunicación.

   Los factores de la comunicación comprenden el sujeto emisor, el código mediante el cual se articula el contenido, el mensaje que se transmite, el receptor que recibe, interpreta o descodifica el mensaje, el contexto en que se manifiesta la comunicación y la comprensión del contenido.

   La claridad es la cualidad del lenguaje que hace comprensible el contenido de la comunicación. La propiedad es la cualidad del lenguaje que usa las palabras apropiadas al contenido del mensaje para la cabal comprensión del receptor. Tanto el hablante como el oyente se sitúan ante las cosas para una pertinente formalización y una adecuada valoración del mensaje de la comunicación.

   Hay que distinguir la comunicación verbal, que efectuamos mediante el lenguaje articulado en sonidos con sentido que expresan las palabras en forma oral y forma escrita; de la comunicación no verbal, que se manifiesta en gestos, posturas y expresión facial; y la comunicación paralingüística, que incluyen el tono, la inflexión, el timbre de la voz y el silencio expresivo. La comunicación lingüística, propiamente hablando, comprende las artes del lenguaje, que son hablar (pronunciar), escuchar (comprender), leer (entender) y escribir (redactar).

   La clave para el éxito de la comunicación se funda en el dominio de la forma y la comprensión del contenido. El dominio de la forma entraña el conocimiento del lenguaje y la comprensión del contenido conlleva el entendimiento de la comunicación. Ambos aspectos, el formal y el conceptual, van articulados a la lengua misma, medio y esencia de la comunicación.

   Con nuestro lenguaje comunicamos la percepción y la valoración de una realidad. El lenguaje organiza en nuestro cerebro los conceptos que nos formamos de la realidad. Las palabras le dan forma a esos conceptos, haciendo posible la comprensión de las ideas y valoraciones de las cosas. Con ese fin acudimos a las palabras que atesoramos en la memoria y tienen la particularidad de que:

-    Están organizadas en sectores o condominios, que los lingüistas llaman campo léxico y campo semántico.
-    Canalizan lo que pensamos y que formalizamos mediante la palabra adecuada al concepto en un proceso o vía onomasiológica.
-    Portan un significado cuyo concepto interpreta el oyente en las palabras que lo expresan mediante un proceso o vía semasiológica.
-    Ambos procesos, el onomasiológico y el semasiológico, que van de la palabra a la idea y de la idea a la palabra, respectivamente, operan de manera automática en virtud del poder lingüístico de los hablantes.

   Una realidad no siempre tiene la misma denominación en todas partes. Los universales de que hablaba Aristóteles (hombre, caballo, carro, etc.) tienen denominaciones particulares, según las regiones, la época y la cultura. Por eso existen la lengua general, la lengua regional y la lengua local. Por ejemplo, si escuchamos la oración “Dejé mi guagua en la casa para venir a la reunión”, el término guagua tiene significados diferentes en Santo Domingo y en Chile: para el dominicano significa ‘vehículo de transporte público’ y para el chileno quiere decir ‘bebé’. Esa diferencia de significados obedece al hecho de que la lengua tiene palabras, frases y giros propios de una localidad, que son válidos en su región. Son los llamados localismos o regionalismos, que a veces dificultan la comprensión. Por esa razón, a los autores de guiones de películas y telenovelas se les recomienda que prescindan de los vocablos con significación local y acudan a las voces y locuciones de la lengua general.

   Quienes usan la palabra como base de su ejercicio laboral (políticos, sacerdotes, periodistas, comunicadores, publicistas, profesores, escritores, etc.) han de conocer y dominar el instrumento de la comunicación. En este sentido hay que decir que los medios de comunicación (radio, teléfono, televisión, periódicos, revistas, libros, Internet, etc.) han contribuido a la cohesión y la unidad del idioma español en el mundo hispánico. Ha sido la necesidad de comunicación el factor que ha propiciado el desarrollo de las lenguas y esa misma necesidad alienta permanentemente su expansión y crecimiento.

   Porque tenía algo que decir, el hombre inventó la lengua, con la cual satisfizo  una necesidad de comunicación. Con la lengua el ser humano ha podido testimoniar su percepción y su valoración de las cosas; canalizar la verdad y la belleza que su sensibilidad descubre; responder a las incitaciones de la Naturaleza; captar y expresar las revelaciones trascendentes; compartir sueños e intuiciones de su visión del Mundo y de la vida. Desde luego, formalizar el acto mismo de la comunicación.

   Lo que pensamos, sentimos y queremos lo canalizamos a través del lenguaje. El lenguaje manifiesta el mundo interior de nuestros conceptos, emociones, voliciones y valoraciones. El lenguaje postula la transparencia sintáctica en la coordinación de los conceptos y, en tal virtud, un pensamiento claro, definido y preciso, conlleva una expresión diáfana, transparente y coherente, criterio que se funda en el principio de que el pensamiento claro genera una expresión diáfana. Ese principio inspira una actividad aparentemente marginal al lenguaje mismo pero auspiciante del buen decir, como es la caligrafía. Huelga decir que la efectividad de la comunicación se funda en la claridad de la expresión.

   La comunicación verbal, en su esencia lingüística, transmite la energía de la palabra, fundada en el Logos, que es su espíritu o esencia. La frase del lenguaje común, “Tal concepto se ajusta al espíritu de la palabra”, recoge y expresa la idea según la cual el lenguaje tiene un espíritu que lo sostiene y que da cuenta de la energía creadora, la canalización del impulso comunicativo y la revelación de la dimensión interna y mística de lo viviente. Así también la plasmación de verdades profundas o verdades metafísicas. Cuando Antoine de Lavoisiere dijo que “Nada se pierde, sino que todo se transforma”, había dado con una intuición científica; cuando Leucipo de Abdera consignó que “Nada sucede por azar sino por razón o necesidad”, tuvo una intuición filosófica; y cuando Félix María Samaniego sentenció que “Nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”, estaba revelando una intuición poética.

   Hay que enfatizar, para la buena comunicación, la propiedad y la claridad de los conceptos, que son cualidades del lenguaje, una virtud del buen hablante, atributo derivado de la armonía entre la idea y la palabra que la expresa o entre la idea y la belleza de la expresión que la contiene. La propiedad lingüística da lugar al principio, fundado en la lógica lingüística, de que lengua y pensamiento forman una unidad inseparable y, por tanto, pensar y hablar bien, virtudes atribuidas al ideal lingüístico de la comunicación, son dos atributos del buen decir.

   Una efectiva comunicación precisa, en atención a la normativa gramatical que cohesiona la expresión, la coparticipación del pertinente significado de los vocablos y la aplicación de las reglas ortográficas y gramaticales cuyo sentido se funda en el logro de los objetivos de la comunicación, que es el entendimiento de los mensajes orales o escritos, hecho que inspira el concepto de que la norma de la expresión está concebida para propiciar la comprensión del lenguaje. Si cada hablante aplica su propia norma advendría el caos comunicativo.

   Los buenos hablantes, como los buenos escritores, son aquellos que logran una efectiva comunicación mediante sus palabras y, en tal virtud, hacen o pueden hacer su aporte creador mediante el uso de la palabra, comenzando por el empleo correcto de términos y locuciones, que para ser efectivo ha de fundarse en la expresión adecuada, correcta y hermosa, que en tanto testimonio de nuestra singular percepción de las cosas, ha inspirado el concepto de que el conocimiento preciso va parejo al dominio del lenguaje. Ese principio obedece al hecho de que la lengua es espejo del pensamiento y la sensibilidad.
   La buena comunicación está asociada al empleo cabal de las palabras y a la creación verbal que entraña el ejercicio de la comunicación. El hecho de crear nuevas palabras y asignarles un sentido peculiar es un reflejo de la creatividad lingüística de los hablantes. Desde el punto de vista de la Lingüística, todas las formas de expresión son válidas, pero para alcanzar el ideal lingüístico de la comunicación, pautado por el buen decir, hay que ajustarse a la lengua general y la normativa gramatical, adecuando el uso de las formas verbales, en sus niveles fonético, ortográfico, sintáctico y semántico, a las pautas consensuadas en los códigos lingüísticos de la Real Academia Española.

   Cuando se alude al habla del pueblo, que es la expresión verbal de los sectores populares con sus peculiares registros idiomáticos mediante el dejo de su fonética, las acepciones de su léxico y la construcción de frases y dichos particulares, que suelen plasmarse en leyendas, mitos, fábulas, consejas, refranes, proverbios, adivinanzas, trabalenguas, décimas, tonadas, plegarias, canciones y cuentos folklóricos, aparecen formas de expresión y registros que la dialectología toma en cuenta como expresión de una realidad lingüística peculiar. Lo singular del habla del pueblo es su manera natural de expresarse, sin pretensiones de corrección o pureza expresiva, por lo cual presenta un lenguaje llano y sencillo, casi siempre pueblerino, que revela no sólo la idiosincrasia de los sectores populares de una comunidad de hablantes sino también la huella de su cultura, con sus valores y su creatividad.

   La lengua comprende el conjunto de niveles, grados y estilos. Cuando Antonio de Nebrija, en su Gramática de la lengua castellana, consignó que “La lengua es compañera inseparable del Imperio”, quería significar que el corpus verbal forma parte entrañable de la Nación en virtud de que la idiosincrasia y la cultura de un pueblo vienen consustanciadas a la lengua que hablan sus habitantes. Más aún, el desarrollo cultural de una comunidad viene pautado por el desarrollo de su lengua, es decir, por la riqueza y la propiedad de su vocabulario, por la armonía y la corrección de su sintaxis, por la claridad y la elegancia de sus enunciados verbales.

   Todo lo que ocurre en el habla tiene una explicación. La realidad verbal ofrece modalidades que revelan las manifestaciones de la lengua en sus diversos registros de lengua. Los estudios sobre el lenguaje entrañan conceptos y enfoques que dan cuenta de sus manifestaciones particulares. El lingüista estudia la forma del lenguaje para explicar su estructura. Pero el gramático pauta una manera de usar la lengua en atención al ideal del buen decir.

   Una forma expresa un contenido o un contenido viene canalizado en una sustancia que las palabras expresan. Nuestro cerebro conforma, en el área correspondiente del dispositivo cerebral, un sistema organizado en su estructura verbal y la capacidad de combinación de las diferentes unidades de expresión con una organización sorprendente (3). Al crecer en una determinada cultura, asimilamos el sistema de signos y de reglas que la práctica aplica en la combinación de las palabras.

   Las palabras tienen una forma sonora y una forma gráfica, con una estructura formal y acepciones que muestran sus diferencias semánticas. Esas diferencias se asocian al origen y los diferentes sentidos del vocablo. Delicatus origina en español los términos delicado y delgado. No es lo mismo decir: “Pedro es un hombre delgado” que “Pedro es un hombre delicado”. Esa diferencia conceptual viene señalada por la semántica del vocablo. Las diferencias gráficas consignan diferencias semánticas: acerbo  se diferencia de acervo. Acerbo significa ‘agrio’ y acervo quiere decir ‘conjunto’ o ‘caudal’. “Una acerba crítica” no es lo mismo que un “Un acervo crítico”.

   A menudo las diferencias semánticas conllevan diferencias léxicas: Bosque y selva aluden a un sitio poblado de árboles, pero bosque significa ‘terreno cultivado poblado de árboles’ y selva, ‘terreno inculto poblado de árboles’. Por esa diferencia léxica y semántica, se dice “La ninfa encantada del bosque” y no “La ninfa encantada de la selva”.

   La Lingüística es la disciplina que se encarga de estudiar los diferentes hechos de lengua que los hablantes producen en su ejercicio verbal y que comparten con los demás usuarios de la lengua. La distinción formal de las palabras la estudia una rama de la lingüística llamada lexicografía, disciplina que se ha especializado en la elaboración de los diccionarios.

   Con la palabra tierra aludimos al planeta que habitamos y al territorio que pisamos. Pero para aludir al influjo de la tierra en las emociones decimos terruño. Para enfocar al impacto físico y espiritual que la tierra ejerce en la conciencia decimos telúrico. Para significar la posesión de una porción de tierra decimos terreno. Para subrayar al efecto pasajero de bienes o acciones decimos terrenal. Todos esos términos (terruño, telúrico, terreno, terrenal) están vinculados al concepto implicado en la palabra tierra, pero cada uno tiene una connotación singular.

   Los ejemplos del párrafo anterior revelan que las palabras son denotativas y connotativas. Las palabras denotan un sentido y connotan una significación. Con la palabra bandera aludimos a un lienzo con determinados colores que identifican a un Estado (denotación), pero para indicar la representación que identifica los valores cívicos y nacionalistas de un determinado país, esa misma palabra bandera tiene entonces una significación simbólica, es decir, una connotación patriótica: “Procede de tal manera que tus actos sean signos de bandera”, decía el poeta.

   El avance de la ciencia, las artes y las letras se ha debido a la existencia de personas que se han dedicado a crear y reflexionar sobre diferentes aspectos del saber humano, a quienes les ha llamado la atención esas manifestaciones de la inteligencia y la sensibilidad, porque ciertamente, los seres humanos tenemos inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales, pero para fortuna de la humanidad, las diferentes personas nos inclinamos por diversas vertientes de la realidad, por lo cual hay variedad de disciplinas e intereses que responden a las apelaciones particulares para la dedicación a una actividad económicamente productiva o la consagración al estudio o la investigación. Sería terrible que todos estudiaran medicina o abogacía o todos fueran comerciantes o agricultores. Es necesario que aparezcan personas que estudien medicina, ciencias, derecho, filología, biología, matemática, historia, etc., y que haya productores de los diferentes bienes y servicios que necesita la población, de manera que se cubran las diversas necesidades materiales y espirituales del ser humano en todas las parcelas y vertientes de la realidad.

   Un usuario muy importante de la comunicación es el periodista. Esa palabra, periodista, viene del griego peri, ‘alrededor’ y odé, ‘camino’. El periodista, por tanto, no es el escribano de oficina, sino el reportero de la calle. Que sea un reportero de la calle no significa que ha de escribir su noticia con el lenguaje de la calle, que suele ser pueblerino, es decir, vulgar y defectuoso, sino escrito bajo el criterio de la lengua general, con dominio de la técnica y con fundamento conceptual. Normalmente, los escritores escriben bajo la pauta del estilo esmerado y la normativa establecida, conforme unas técnicas y unas reglas. Al respecto escribió Emilia Pereyra: “Desde que elegí escribir como oficio busqué lograr un dominio técnico y tener fundamentos conceptuales, porque me di cuenta de que hasta los alfareros lo necesitan” (4).

   La dimensión conceptual de la escritura permite evocar el criterio intelectual de los antiguos pensadores presocráticos según los cuales la lengua contiene la energía interior de la conciencia y da cuenta de la virtud creativa de la palabra. En tal sentido, una buena prosa, lo mismo que una buena comunicación, han de tener, en su forma expresiva, un fondo conceptual que dé cuenta del poder de la palabra en cualquiera de sus manifestaciones.  Para hablar un idioma no es necesario tener conocimiento teórico de la lengua, porque una lengua se aprende a partir de hechos concretos del habla, que asimilamos en la medida en que escuchamos a nuestros mayores, cuando vamos socializándonos en una cultura; ahora bien, para conocer una lengua hay que acudir a los textos que la estudian. En la medida en que los conocimientos se fueron diversificando, muchas personas se han interesado en estudiar el fenómeno de la lengua, como centro de interés de sus preocupaciones intelectuales. En la cultura occidental, a la que pertenecemos, estos estudios comenzaron en la antigua Grecia, con la reflexión de los antiguos filósofos, desde los tiempos de los pensadores presocráticos y, sobre todo, con los grandes pensadores de la filosofía, como Platón y Aristóteles, que al tiempo que pensaron el Mundo, también pensaron sobre la forma de dar a conocer sus conocimientos y entonces las primeras reflexiones sobre la lengua y el lenguaje, la emitieron esos pensadores cuando explicaron la coordinación de un término con otro, que llamarían sintaxis o cuando hablaron sobre el significado de las palabras articuladas en un vocabulario, que llamarían semántica. Todos esos conocimientos comenzaron a ser planteados por los antiguos griegos y luego la historia de la lingüística ofrece el resultado de quienes han reflexionado sobre la estructura y el desarrollo de la lengua.

   En los primeros años del siglo XX, Ferdinand de Saussure, eminente lingüista de Ginebra, profundizó en el estudio y la reflexión sobre la lengua misma, cuyos planteamientos no se publicaron sino después de su muerte, cuando varios de sus alumnos recogieron sus apuntes de clase, que dieron a conocer con el título de Curso de lingüística general, obra que fundamenta los estudios de la lingüística moderna del siglo XX.

   La primera orientación, respecto al comportamiento idiomático, la recibimos de nuestros padres y maestros, de los profesores de lengua española, de los escritores que hacen un uso ejemplar de la palabra y, desde luego, de la observación de la realidad lingüística, si desarrollamos una genuina preocupación por nuestra lengua, que suele manifestarse en el enriquecimiento del vocabulario y en el empleo correcto del lenguaje desde el punto de vista fonético, lexicológico, ortográfico y gramatical.

   En República Dominicana hemos tenido importantes estudiosos de la  Lingüística y valiosos profesores que se han preocupado por la enseñanza de la lengua, sobre todo, cómo valorar esa manifestación específica de nuestra intelectualidad que es el idioma. Entre los estudiosos de nuestro lenguaje, además de Pedro Henríquez Ureña, M. A. Patín Maceo y Max Uribe en el pasado, hay que citar los nombres de Maximiliano Arturo Jimenes Sabater, Mariano Lebrón Saviñón, Celso Benavides, Carlisle González, Orlando Alba, Rafael Núñez Cedeño, Santiago Cabanes, Rafael González Tirado, Manuel Matos Moquete, Manuel Núñez Asencio, Diógenes Céspedes, Ricardo Miniño Gómez, Ramón Emilio Reyes, Carlos Esteban Deive, Manuel Campos Navarro, José Enrique García, Irene Pérez Guerra, Ana Margarita Haché y María José Rincón.

   Un destacado integrante de nuestra Academia, Manuel Matos Moquete, ha testimoniado que varias generaciones de estudiantes de Filosofía y Letras de nuestras universidades, le deben a varios profesores, como Celso Benavides, Carlisle González y Santiago Cabanes, sus conocimientos y sus inquietudes por el lenguaje y en esa labor paciente que tiene el profesor, cuando siente amor por la palabra y vocación docente, se da la condición propicia para incentivar el interés por la propia lengua. En esa labor callada, que transmiten los profesores en el aula, tiene mucha importancia el estímulo de un profesor, el interés que puede despertar en sus estudiantes por el idioma y entre esos aspectos hay una dimensión muy importante para contribuir al desarrollo de nuestra formación intelectual, que es la conciencia lingüística. No todos los profesores transmiten a sus estudiantes una conciencia lingüística, es decir, una genuina preocupación por su propia lengua, una inquietud real y ferviente de querer dominar el sistema de signos y de reglas que es la lengua. Es fundamental esa inquietud por el hecho de que los demás conocimientos que adquirimos dependen del conocimiento de nuestra lengua, en virtud del principio apuntado en el concepto de que el límite de nuestro lenguaje es el límite de nuestra cultura. Esa ha sido una preocupación que han sembrado muchos profesores, desde el nivel primario de la enseñanza, para que sus estudiantes desarrollen la conciencia lingüística, inquietud que hemos de canalizar mediante la docencia, la organización de actividades de estudio y promoción de los valores de nuestra lengua y a través de los libros y artículos. Es encomiable la publicación de textos y la labor docente sobre la enseñanza del español, que en el Cibao han fomentado los profesores Ricardo Miniño, Domingo Caba Ramos, Ana Margarita Haché, Liliana de Montenegro, Ramón Antonio Jiménez y otros docentes que han contribuido a despertar la conciencia lingüística entre sus estudiantes.  Además, como un testimonio de esa preocupación y como una muestra fehaciente de lo que un investigador o un estudioso del lenguaje propician, hay magníficos ejemplos de lo que puede realizar un profesor a favor de nuestros estudiantes, puesto que son los llamados a trasmitir esas inquietudes y porque son los que van a nutrir de formación lingüística el sector intelectual de nuestra sociedad.

   Como Corporación del idioma valoramos y reconocemos la ejemplar labor de los comunicadores y profesores que han contribuido con la formación lingüística de nuestros hablantes, como también enaltecemos la obra de los escritores e intelectuales que han sembrado esa inquietud que, sin duda, contribuye a que esa singular manifestación de nuestra cultura y esa dimensión esencial de nuestra herencia literaria, que es la lengua, tenga el peso y la presencia que debe tener en nuestra valoración intelectual.

   Al tiempo que es nuestro principal instrumento de comunicación, el lenguaje es también la herramienta del pensamiento y de la creación. De la Creación Divina, según el testimonio del pasaje bíblico señalizado en el texto del Libro del Génesis, “En el principio era el verbo…”; de la creación humana expresada en el conjunto de nuestras expresiones orales y escritas. En tal sentido, el sacerdote dirá que el lenguaje es la herramienta de la fe, y tiene razón; el político dirá que el lenguaje es la herramienta del poder, y tiene razón; el psiquiatra dirá que el lenguaje es la herramienta de la curación, y tiene razón; el antropólogo dirá que el lenguaje es la herramienta de la cultura, y tiene razón; el periodista dirá que el lenguaje es la herramienta de la comunicación, y tiene razón; el filósofo dirá que el lenguaje es la herramienta del pensamiento, y tiene razón. ¿Y qué dirá el lingüista? Que la lengua lo es todo, como instrumento del pensamiento y la expresión por cuanto encarna la sustancia y el sentido de cuanto pensamos, hacemos y queremos.

   El que sabe lo que dice, casi siempre sabe cómo lo dice. Este aserto obedece al hecho según el cual la capacidad de comunicación, fundada en la capacidad de conceptuación, va pareja a la capacidad de expresión, aspecto determinante en la efectividad del mensaje. En tal virtud, el dominio de la lengua, que es el dominio de la forma de expresión, es indispensable para lograr una cabal comunicación cuyo éxito radica en la comprensión del mensaje, razón de ser del lenguaje y la comunicación.

   Las cosas tienen una magia. Cuando hallamos la palabra mágica que la revela, podemos compartir el encanto de la Creación, que es la excelsa misión de cuantos usan la palabra con un fin edificante y hermoso, como suelen hacer los creadores que asumen la palabra con un sentido espiritual y estético.

   Ilustramos esta disertación, para concluir, con el poema “Palabra”, de Octavio Paz, en el que enfatiza el alcance comunicativo del signo que integra sonidos con sentido:

Palabra, voz exacta y sin embargo equívoca;
oscura y luminosa; herida y fuente:
 espejo; espejo y resplandor;
resplandor y puñal, vivo puñal amado,
ya no puñal, sí mano suave: fruto.
Llama que me provoca;
cruel pupila quieta en la cima del vértigo;
invisible luz fría cavando en mis abismos,
llenándome de nada, de palabras,
cristales fugitivos que a su prisa someten mi destino.
Palabra ya sin mí, pero de mí,
como el hueso postrero,
anónimo y esbelto, de mi cuerpo;
sabrosa sal, diamante congelado de mi lágrima oscura.
Palabra, una palabra, abandonada,
riente y pura, libre, como la nube, el agua,
como el aire y la luz,
como el ojo vagando por la tierra,
como yo, si me olvido.
Palabra, una palabra, la última y primera,
la que callamos siempre,
la que siempre decimos, sacramento y ceniza.
Palabra, tu palabra, la indecible,
hermosura furiosa, espada azul, eléctrica,
que me toca en el pecho y me aniquila (5).

Bruno Rosario Candelier
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, Ciudad Colonial, 14 de diciembre de 2008.

Notas:
1.    Werner Jaeger, Paideia: Los ideales de la cultura griega, México, FCE,  1971, pp.13ss.
2.    Cfr. Eduardo Nicol, Metafísica de la Expresión, México, FCE, 1957, p. 332.
3.    Noam Chomsky, Aspectos de la sintaxis, Madrid, Aguilar, 1976, pp. 69ss.
4.    Emilia Pereyra, “La palabra es poderosa”, en El Caribe, Santo Domingo, 24 de octubre de 2008, p. 8.
5.    Octavio Paz, “Palabra”, de Asueto (1939/1944). Tomado de Antología de lecturas, Río Piedras, Puerto Rico, Universidad de Puerto Rico, 1970, p. 224.
 
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