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| La lengua en el desarrollo de la personalidad |
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| Escrito por Bruno Rosario Candelier | |
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“Templé mi alma como un arco,
sólo falta poner la flecha en la cuerda”. (Mousiké, Karol Wojtyla) El escritor español Juan Rof Carballo, médico psiquiatra y académico de la lengua, en su magnífico ensayo La curación por la palabra, enfoca el proceso que experimenta el cerebro de los seres humanos en el estadio inicial de su gestación y desarrollo. Al subrayar el concepto de que la palabra es un medio para lograr la curación de nuestras dolencias, Rof Carballo estudia algunos aspectos vinculados con la formación de la inteligencia y la sensibilidad. En esa obra el escritor español sostiene la tesis de que, durante el proceso de mielinización cerebral, el lenguaje y el afecto troquelan la conformación de la sensibilidad (1). Según ese concepto, dos ejes fundamentales contribuyen a la conformación de la personalidad: el lenguaje y el afecto. A esos dos factores señalados por el distinguido académico español, agrego otros dos factores que, a mi juicio, influyen en el desarrollo del ser humano. Además del lenguaje y el afecto, fundamentales en el desarrollo de la conciencia, hay que sumar el influjo de la tierra y la cultura. Se trata, en efecto, de la concurrencia de cuatro factores que, a modo de ejes determinantes en la gestación de la personalidad, troquelan el talante neurofisiológico de nuestro cerebro y, desde luego, pautan actitudes, ideas y comportamientos para que seamos como efectivamente somos. Esos cuatro factores marcan y perfilan nuestra manera de sentir, pensar y reaccionar. En tal virtud, la tierra, el afecto, la lengua y la cultura contribuyen a modelar el talante de la persona y marcan la inteligencia y la sensibilidad, que determinan la idiosincrasia de una cultura, condicionan el temple de la persona y conforman el modo cultural de los individuos y los pueblos. Cuando aludo al influjo de la tierra, pienso no solamente en la parte física del terreno, con las características naturales del ambiente y el paisaje sino en la implicación afectiva del terruño circundante; cuando aludo al afecto, me refiero a la protección y la ternura que propicia la familia a sus seres entrañables; con la inclusión de la cultura, me refiero a los valores y principios que fundan el cimiento moral y espiritual de un individuo y una comunidad; y con el lenguaje, a la estructura verbal del pensamiento, que determina el habla y la expresión de los hablantes mediante la herencia idiomática y su carga lexicológica, sintáctica y semántica que las palabras portan, organizan y connotan. En el ADN de cada ser humano fluye una carga genética, emocional y espiritual que determina nuestra manera de ser, nuestro temperamento y nuestra personalidad y que propicia las condiciones orgánicas, emocionales, intelectuales y espirituales para que operen los cuatro factores que influyen en nuestro desarrollo: la tierra, la familia, la lengua y la cultura. En cada uno de nosotros confluyen, en efecto, el aliento físico de la tierra, el aliento emocional del afecto, el aliento espiritual de la cultura y el aliento creativo del lenguaje. Son cuatro factores esenciales que determinan lo que somos, sentimos, creemos y hacemos a lo largo de nuestra vida. Veamos en primer lugar el influjo físico proveniente de la tierra. Cuando digo tierra me refiero al espacio natural donde nos criamos, al lugar donde crecemos, al ambiente donde nos desarrollamos, que ejerce en nosotros un influjo determinante y poderoso. La tierra contribuye a conformar la dimensión física de plantas, animales y personas, de tal manera que, respecto a nuestros rasgos físicos, hay un influjo que la tierra ejerce en nuestra individualidad. La tierra, como tal, influye directamente en todas las criaturas vivientes, a partir de los alimentos que proporciona, del agua y el aire que nutren el cuerpo físico de lo existente. De la tierra emerge un influjo que penetra en nuestra sensibilidad, pero para referirnos al influjo emocional de la tierra, que en latín se dice terra, usamos un derivado de un vocablo griego, telos, que también significa ‘tierra’ y que connota la onda vibratoria de la tierra y, por tanto, el aliento físico y espiritual proveniente de la tierra misma, que aludimos con la palabra telúrica, con la cual indicamos el influjo que la tierra ejerce en la sensibilidad. Empleamos la palabra telúrica en frases como energía telúrica, aliento telúrico, movimiento telúrico. Lo telúrico está vinculado con la tierra, pero específicamente con la impronta emocional y espiritual que la tierra ejerce en la sensibilidad y esa impronta es tan poderosa que genera un sentimiento de valoración y apego al lugar donde nacemos y nos criamos. Por tanto, la tierra influye en el desarrollo de la personalidad, generando el sentimiento telúrico mediante el influjo físico, emocional y espiritual que el terruño imprime en nuestro ser. En virtud de ese influjo, todos sentimos una estimación especial por la tierra donde nos pusimos en contacto con el Mundo, donde sentimos el aire que respiramos, el agua que mitigó nuestra sed, el fuego que atizó nuestra hoguera, los alimentos que nutrieron nuestro cuerpo o la sombra que nos abrigó bajo una arboleda consentida, razón por la cual todo el mundo valora, con un entrañable sentimiento de cordial empatía la tierra que lo vio crecer, el paisaje que contempló, el horizonte que le hizo suspirar y cada uno tiene razón en creerlo y estimarlo de esa manera, porque el aliento que recibimos de la tierra, el impacto emocional y espiritual procedente del terruño y que de alguna manera perfila nuestra sensibilidad y nuestra cultura proviene de la energía telúrica. Esa singular energía, por tanto, es el primer factor que contribuye a hacernos física y espiritualmente como somos, porque la primera condición para el desarrollo de una persona es la vida y con ella la presencia de unas condiciones materiales saludables y formativas en la conformación del individuo. De tal manera es determinante el influjo físico que, cuando una persona nace con defectos físicos, no se puede desarrollar cabalmente como suelen desarrollarse las criaturas con las condiciones físicas normales y adecuadas. El efecto de la tierra es tan determinante que influye incluso en la familia, la lengua y la cultura. Esa onda vibratoria que nace de la tierra nos marca naturalmente e influye en el desarrollo de la personalidad porque el sentimiento telúrico está asociado al modo como la tierra moldea nuestro mismo ser. Es el aliento físico una poderosa energía que procede de la sustancia de la tierra y que imprime en la conciencia un influjo particular puesto que inyecta el aliento singular que la que tierra fecunda la sensibilidad. El segundo factor determinante en la gestación de la personalidad es la energía erótica. La palabra erótica viene del vocablo griego Eros. Para los antiguos griegos, Eros no es sólo la energía vinculada al amor. Nosotros asociamos el concepto de Eros al amor y la relación sexual entre amantes. En la concepción griega, el concepto de Eros abarcaba mucho más, porque entendían la energía erótica como una fuerza inherente a todo lo viviente. Eros genera el aliento para querer, el motivo para progresar y el estímulo para medrar. Es la energía que impulsa el anhelo de crecimiento y desarrollo y, en tal virtud, gesta el impulso para soñar, el reto para vivir y la motivación para la superación, que en esencia es una energía formadora de la sensibilidad. De tal manera que Eros concita el deseo de luchar y ascender en la vida. Es la energía que alienta las inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales; y es también la fuerza que inspira el entusiasmo, el ideal y la creatividad. Cuando un individuo carece de la fuerza erótica indispensable para vivir, se vuelve anerómico, es decir, sin vida, sin entusiasmo. Anerómico (de a ‘sin’, eros ‘amor’) significa ‘carente de la fuerza erótica’, que proporciona ese deseo de querer ser alguien en la vida. Eso es lo que da Eros, el deseo de ser alguien, de progresar y de medrar, de hacer algo por los demás, de desarrollarse intelectual y culturalmente; entonces la energía erótica es altamente influyente en el desarrollo de la personalidad. De manera que tenemos entonces, además del influjo telúrico, que está en la base de nuestras condiciones físicas, el sentimiento erótico, que se potencia con la fuerza del lenguaje y el afecto. La energía erótica se manifiesta primeramente en la familia, que de alguna manera ayuda a conformar lo que somos dentro de una sociedad y una cultura. Mientras el sentimiento telúrico genera un vínculo entrañable con la tierra, el sentimiento erótico inspira una relación entrañable con las personas. Eros, por tanto, concentra el aliento afectivo de la sensibilidad. El tercer influjo que incide en el desarrollo de la personalidad es la cultura. Cultura significa ‘cultivo’, palabra procedente de los antiguos romanos que comparaban el desarrollo de la persona con el cultivo de la tierra, que llamaban agricultura; del concepto implicado en agricultura derivaron la expresión animicultura para referirse al cultivo del espíritu. Si agricultura es el ‘cultivo de la tierra’, animicultura significa ‘el cultivo del espíritu’. Los estudiosos de la intelectualidad, la creatividad y la espiritualidad, como filósofos, humanistas, pedagogos, escribas y sacerdotes, vieron que cada individuo de la especie humana constituía un terreno fértil para desarrollar en su interior las inclinaciones de la espiritualidad, es decir, apreciaron que cada ser humano era un ámbito propicio para desarrollarse interiormente y entonces estimaron que era necesario el cultivo del espíritu, llamando cultura al ‘cultivo del espíritu’, es decir, a todo lo que contribuye a la formación intelectual, moral, estética y espiritual de la persona humana (2). Estrechamente vinculado al concepto de cultura, figura la palabra Numen. Numen era, para los antiguos griegos, ‘el aliento espiritual de la cultura’, es decir, la energía que influye en el desarrollo del espíritu; por tanto, la cultura entraña una vigorosa energía espiritual. Todos los seres humanos tenemos una energía espiritual que nos alienta, ilumina y entusiasma; ese es un aliento inspirador, luminoso y fecundo, subyacente en la esencia de la cultura. Ese influjo espiritual procede de la Energía Sutil del Universo, que he llamado Numen y del Numen procede un influjo singular que denomino aliento numénico, vocablo que derivo de la palabra griega Numen, influjo que imprime en la conciencia, en los pueblos y las culturas, un aura singular de tal manera que nosotros, como hispanoamericanos, nos distinguimos de los europeos y los africanos; y un europeo se distingue de un amerindio y de un asiático; y un chino se distingue de un eslavo y así cada cultura tiene su genio particular y es tan perceptible que entre los habitantes de las grandes culturas hay también diferencias sutiles impresas por el aliento espiritual del Numen, en virtud del influjo de su peculiar cultura, dimensión espiritual que imprime en la sensibilidad una energía interior que pauta una manera de ser y sentir, que es lo mismo que decir, la idiosincrasia de un pueblo, el talante de un individuo, el temple de una nación y una cultura. La energía numénica está en la base de la lengua, de las creencias, los ideales y los valores. El Numen o energía espiritual es un aliento inspirador que mueve lo que hacemos para crecer espiritualmente, para hacer arte, religión, filosofía, ciencia y mística. Ese Numen conforma la dimensión de la espiritualidad puesto que está en la base de la sabiduría, la poesía y la teología y, desde luego, en el fundamento de los principios y las motivaciones de la cultura. La sabiduría es el saber espiritual conquistado con nuestra intuición profunda. La sabiduría es un conocimiento que no se aprende en los libros sino a partir de la observación directa de la realidad, los fenómenos y acontecimientos mediante la valoración de hechos y situaciones que nos empatan con la esencia de las cosas y nos permiten inferir las grandes verdades del Universo. Por esa razón, hay una energía divina presente en la fuerza del Numen, subyacente en el centro numénico de la cultura. Esa energía pauta la manera de sentir, la idiosincrasia de un pueblo, la escala axiológica de un individuo y el patrón espiritual de una cultura. La cuarta fuerza tiene que ver con la lengua. Los griegos crearon el concepto de Logos, que vincularon a ‘idea’, ‘espíritu’, ‘verbo’ y que nuestra lengua emplea en algunos términos especializados, como filólogo, antropólogo, politólogo, entre otros. Para los antiguos griegos, Logos es ‘palabra’ y es ‘idea’, porque entraña el principio espiritual que funda nuestro lenguaje. Por esa razón Heráclito, el antiguo pensador presocrático, concebía el Logos como la energía interior de la conciencia y esa energía interior se manifiesta o se realiza en la palabra cuando hablamos, pensamos, escuchamos y escribimos, que son las cuatro artes del lenguaje. La energía del Logos, en tanto aliento espiritual de la conciencia, procede directamente de la Divinidad. Dice la Biblia que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios y fue a partir del soplo divino cuando se nos insufló la esencia fecundante del Logos. Es decir, esa energía interior que se expresa a través de la palabra, nos distingue a los seres humanos de las demás criaturas del Universo, de las bestias y las plantas, ya que es una energía esencialmente divina. Como impulso interior de la conciencia, el Logos es el aliento sagrado que nos enlaza a la Divinidad, el principio espiritual del pensamiento y el germen generativo de la creatividad. En tal virtud, el Logos nos proporciona la fuerza de la convicción para actuar, el entusiasmo de la inspiración para crear y la motivación de la voluntad para conducirnos en la vida porque el Logos propicia el aliento fecundante de la fe, el motivo inspirador del entusiasmo y el impulso fecundante de la creatividad. La fe que tenemos en nosotros mismos, la fe en la Energía Superior del Cosmos, la fe en la vida, el amor y el ideal manan del Logos creante del Espíritu. Especialmente el Logos propicia la iluminación de la conciencia. Por eso estimo que todo ser humano viene al Mundo con varios dones, puesto que al tiempo que recibe el don de la vida, recibe también el don de la palabra; y con el don de la palabra, le es dado el don de la reflexión y el don del amor y el de la creatividad. La vertiente de la creatividad es una de las expresiones del Logos más fecundas y elocuentes del Logos en la conciencia humana. Cuando el hombre experimentó la necesidad de crear y testimoniar su propia percepción del Mundo mediante la valoración de lo existente, inventó la lengua. Con la capacidad reflexionar sobre el acontecer de lo viviente, crear conceptos y valorar el sentido de las cosas, respondió a las apelaciones incitantes de la Naturaleza y a los efluvios sobrenaturales del más allá, que repercuten en el desarrollo de nuestra personalidad y que también influyen en la formación y el desarrollo de la conciencia. El Logos no sólo es la base de nuestro lenguaje y de nuestra cultura; es también el canal mediante el cual canalizamos la reserva espiritual que atesora la memoria colectiva de la Humanidad. Todos podemos ser creadores en cualquier vertiente de la realidad. La creatividad no se refiere solo al acto de producir literatura o crear pensamientos mediante el cultivo de la palabra; se refiere a todo lo que podemos inventar en la plasmación de cualquier actividad o de cualquier producto que podemos darle al área en que nos desempeñamos. La energía verbal que entraña el Logos es una energía lingüística que naturalmente se manifiesta en determinados seres humanos de una forma paradigmática, puesto que elige a algunos individuos para hacer de la palabra un auténtico poder creativo, poder que se manifiesta de una forma altamente esplendorosa en los creadores literarios, los pensadores, los espirituales, los contemplativos y los iluminados que han alcanzado el desarrollo interior en cuya energía fluye la llama de la potencia divina. Esa misma energía verbal, esa potencia lingüística que subyace en el Logos, también hace posible el vínculo con los demás seres humanos mediante la comunicación verbal y da cuenta de nuestro testimonio creativo cuando plasmamos nuestra visión del Mundo en obras significativas y trascendentes. Así como genéticamente heredamos unas condiciones físicas que nos marcan biológicamente, de la misma manera heredamos unas condiciones metafísicas, de las cuales no somos del todo conscientes. Esas condiciones determinan la vocación por la que nos inclinamos en la vida; las tendencias intelectuales, morales, estéticas y espirituales que pautan nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad; la disposición de nuestras facultades creativas respecto a nuestros gustos y apreciaciones en el arte, la ciencia, la religión, la filosofía y la espiritualidad; la misión que por un designio trascendente hemos de cumplimentar en nuestra existencia temporal para darle sentido y trascendencia a la vida misma. En otras palabras, el lenguaje, la cultura, el afecto y la tierra o, lo que es lo mismo, el lugar donde nacemos, el amor con que nos criaron, el temple que nos dieron y el numen que se nos insufló, marcan nuestra vida para siempre. Asociados a la lengua, la cultura, la familia y la sociedad están los valores que dan fundamento moral a los individuos y los pueblos. Muchas personas se preocupan por la pérdida de los valores de nuestra sociedad, hecho que comenzó a vivir el mundo cuando inició el proceso de desacralización de la cultura, razón por la cual algunos comenzaron a echar a Dios de sus vidas. Con la suplantación de los valores con los que nuestros mayores fundaban sus vidas en unas creencias trascendentes, se han ido marginando también la estimación del buen decir, las maneras rectas y dignas de comportamiento social, la alta estima por el desarrollo intelectual y humanístico, que la adquisición de bienes materiales no puede suplantar. Con la desacralización de la cultura se derrumbaron los cimientos espirituales de los valores morales y los ideales superiores, así como la suprema aspiración del ascenso del espíritu, que normó la vida de las figuras venerandas fundada en los principios de la conciencia. Por tanto, al influjo de la tierra y del afecto hay que sumar el impacto de la lengua y la cultura en la formación de la personalidad. A la dimensión física de la personalidad, hay que añadir una dimensión metafísica, con su expresión afectiva y espiritual, en la que el Logos juega un rol determinante. Tenemos una personalidad física y una personalidad metafísica. La personalidad metafísica es la que proyectamos a través de la palabra, la conducta, la creatividad y el temple espiritual de nuestro ser, que revela nuestra idiosincrasia y nuestra singular estimación de las cosas; entonces, así como genéticamente los seres humanos heredamos unas condiciones físicas que nos marcan biológicamente, de esa misma manera heredamos unas condiciones metafísicas, a modo de coordenadas espirituales que determinan nuestra personalidad y nuestra manera de ser, influyendo en muchas de las cosas que hacemos, como la elección de una carrera, una vocación o un oficio que elegimos para plasmar nuestros talentos y vivir del trabajo productivo, operación que influye en nuestras inclinaciones, apelaciones y tendencias. Las diferentes inclinaciones de la naturaleza humana son manifestaciones de nuestra personalidad. Tenemos una disposición interior para canalizar nuestras facultades creativas, que influyen en la valoración y la creación del arte, las ciencias y las humanidades y también en la misión que ejecutamos con nuestros sueños y realizaciones. Cada ser humano tiene una misión en la vida y está llamado a realizar una encomienda específica mediante sus ejecutorias. Esa misión le da sentido y trascendencia a la vida misma. Por esa razón, la condición humana conlleva una herencia biológica, una herencia cultural, una herencia intelectual y una herencia espiritual que marcan y determinan el temple, el temperamento y la personalidad. El “inconsciente colectivo” de que hablaba Carl Gustave Jung (3) aludía a la herencia espiritual de la Humanidad, a una memoria colectiva que ha ido acumulando el género humano y que registran los archivos del Universo, algunos de cuyos secretos podemos percibir mediante sueños, intuiciones y revelaciones. Esa herencia espiritual, que constituye la Memoria Cósmica del Universo, está al alcance de los pueblos y culturas. Hay efluvios trascendentes que captan nuestras antenas mentales mediante el concurso de la intuición, la imaginación, la memoria, el instinto y el sentido común, sentidos interiores con los cuales captamos las señales de la trascendencia que suelen apreciar las personas dotadas con los poderes perceptivos de la sensibilidad trascendente, como los poetas metafísicos, los místicos, los iluminados y los santos, que tienen unas condiciones cerebrales especiales para captar esas señales secretas de la cantera del infinito. Esas diferentes señales nos llegan a través de intuiciones profundas y revelaciones trascendentes. Mediante la intuición, la más poderosa antena de la sensibilidad, captamos las verdades existenciales o verdades de vida, que son las percepciones metafísicas o verdades poéticas que atrapa la voz personal; y mediante las revelaciones recibimos verdades profundas, trascendentes y sublimes, que atrapa la voz universal. Naturalmente hay seres privilegiados que son escogidos por la Fuerza Superior de la Naturaleza, para entrar en contacto con esa Energía Cósmica, que son, como hemos dicho, los poetas, los iluminados y los místicos, dotados del sentido de la trascendencia. Los grandes hallazgos del arte, la ciencia, la filosofía, la teología y la sabiduría espiritual constituyen el producto de la inteligencia y la sensibilidad. Está comprobado que mediante nuestras intuiciones conocemos las grandes verdades metafísicas y las revelaciones trascendentes. Las verdades metafísicas, en tanto verdades poéticas o conocimientos de la experiencia, nos llegan mediante la intuición. Mediante sueños y revelaciones conocemos las verdades reveladas, a las que acceden los elegidos, amanuenses de verdades universales. En virtud de la herencia colectiva de la memoria cósmica, conocemos algunas verdades universales. Sabemos que estamos constituidos por los mismos elementos (“Una misma sustancia estelar conforma la materia de todo lo existente”, decía Carl Sagan). Sabemos que todos formamos parte de la Totalidad (“Todo viene del Todo; todo se transforma en Todo y todo vuelve al Todo”, sostenía Leonardo da Vinci). Sabemos que un vínculo entrañable nos une a la totalidad de lo viviente (“Hermano Sol, hermana Luna”, cantaba San Francisco de Asís). Y sabemos también, que así como hay intuiciones científicas (“Nada se pierde, todo se transforma”, según Antoine Lavoisier), también hay intuiciones filosóficas (“Nada sucede por azar; todo sucede por razón o necesidad”, según Leucipo de Abdera) y, desde luego, intuiciones poéticas (“Nada es verdad ni es mentira/ todo es según el color/ del cristal con que se mira”, según Félix María Samaniego) (4). El Universo, por supuesto, tiene su propia sabiduría que han intuido iluminados, poetas y místicos. El desarrollo de la conciencia en sus niveles superiores permite acceder a esa sabiduría milenaria, que proviene de la experiencia de la Humanidad acumulada en la Memoria Colectiva. Y así como hay una memoria comunitaria, con las fuerzas sociales que determinan el comportamiento de los pueblos, así también hay una memoria metafísica, con las fuerzas interiores y apelaciones profundas que marcan y perfilan el destino de los individuos, las culturas y los pueblos. Esa memoria metafísica forma parte del tesoro espiritual acumulado en el ánfora del lenguaje. Con gran intuición escribió Karol Wojtyla respecto a la dimensión espiritual de la palabra: “La palabra, antes de ser pronunciada en el escenario, vive en la historia del hombre como dimensión fundamental de su experiencia espiritual” (5). La frase del santo mitrado y poeta polaco alude al misterio secular de la palabra, remite al vínculo divino del hablante y apuntala la memoria colectiva de la Humanidad. Desde Platón se ha hablado de la energía espiritual y la inspiración de las Musas. Las Musas no son más que esas fuerzas sobrenaturales que eligen a los seres humanos como canales de transmisión de verdades profundas y revelaciones sublimes; verdades y revelaciones de las cuales muchos de los amanuenses de dichas verdades, aun siendo portadores de esas verdades, menudo desconocen el sentido de los símbolos que portan sus palabras. De hecho, hay poetas que han comunicado, a través de las imágenes y los símbolos de su poesía, expresiones cuyas verdades desconocen, porque han sido elegidos como canales inconscientes para comunicar el torrente de verdades sutiles. Una de esas verdades profundas es la convicción de que todos formamos parte del Todo, en cuya virtud estamos hechos de la misma naturaleza, “a imagen y semejanza”, como dice la Biblia, con la misma composición física y metafísica que da cuenta del vínculo entrañable con lo divino mismo. Intuir ese concepto, que entraña una profunda verdad metafísica y que la misma ciencia ha comprobado, significó poseer una alta intuición por parte del poeta y místico que lo intuyó por vez primera. Porque la intuición permite, a quien ha desarrollado cabalmente ese singular canal de percepción, penetrar y auscultar algunas laderas de la realidad trascendente, captar verdades profundas, crear hermosas verdades poéticas y canalizar hondas verdades metafísicas provenientes de las capas infinitas del Universo. Por ese vínculo con todo lo existente, si ocurriera un desastre ecológico o si se presentase una hambruna o enfermedades que diezmen una población de nuestro planeta, no debemos permanecer indiferentes a esas eventualidades, porque podrían disminuir la calidad de la vida de todo el mundo. No podemos pensar que las calamidades que sufren poblaciones distantes de nuestra región no nos afectan, porque disminuyen la condición de seres vivientes. Entonces ese mismo vínculo entrañable que nos une a la Totalidad, nos hace partícipes de lo divino y, de alguna manera, también nos hace partícipes de una relación o coparticipación que tiene que ver con todo lo que existe. Esa fue la motivación por la cual el filósofo presocrático de la Grecia antigua, Leucipo de Abdera, consignó que “Nada sucede por azar sino por razón o necesidad”, puesto que nada, en verdad, ocurre por casualidad sino por una consecuencia causal. Porque todo tiene una causa y un efecto; y de alguna manera también, todo se relaciona con todo en las diferentes interconexiones de la realidad. ¿Qué significa esa interacción? Que el Universo tiene una unidad en cuya virtud tiene también una naturaleza, una función, una historia y una sabiduría. Una unidad derivada de su misma naturaleza y función; una historia fundada en el paso acumulado del tiempo con una inmensa experiencia; y una sabiduría que se ha ido potenciando a partir de su existencia histórica y que permite, además, acrecentar el desarrollo de la conciencia. Nosotros tenemos ahora una conciencia que cientos de años atrás nuestros antepasados no tuvieron. Esta conciencia ha significado una costosa adquisición que se ha logrado paulatinamente mediante una suma de procesos a la largo de la historia de la Humanidad (6). Cada generación va acumulando conocimientos, intuiciones y experiencias y va empujando el derrotero de la historia hacia adelante y con su acción y su creación la humanidad hace que la siguiente generación tenga un desarrollo más profundo y, en consecuencia, viva más y mejor, cuente con mejores opciones y una conciencia más lúcida. Esa conciencia es fruto de la continuidad del pasado. Este presente es la continuación de un pasado que se acumula y se prolonga hacia el futuro. Lo que hacemos y lo que creamos hoy, no se pierde; se va sumando a esa herencia, a la memoria cósmica, a la sabiduría del Universo. De ahí la importancia de la memoria colectiva que nos reporta enorme beneficio en la construcción intelectual, moral y espiritual de la Humanidad. Pues bien, así como las fuerzas sociales determinan el comportamiento de los pueblos, las fuerzas interiores o fuerzas metafísicas pautan la reacción de los individuos y los pueblos y, desde luego, influyen en la forja de la conciencia de cada persona y en el talante de cada cultura. A esas fuerzas interiores a menudo no les damos la importancia que tienen. Esas fuerzas interiores generan, por ejemplo, el aliento ontológico que produce el deseo de ser y mejorar; el aliento erótico que genera el deseo de saber y de medrar; el aliento agapetónico que inspira el anhelo de amar y de servir; y el aliento logofánico que fecunda la necesidad de crear. Todo lo viviente tiende a expandir sus potencias entrañables y los seres humanos, en particular, tienden a desarrollar las potencias interiores de su sensibilidad a favor del crecimiento del espíritu. La palabra ágape, que genera el deseo de querer el bien de los demás, se explica por el aliento logofánico (de logos ‘idea’ y fanein ‘manifestación’), que se expresa en la capacidad creativa que tenemos y canalizamos a través de la palabra y que permite, mediante la creación, empujar la sociedad hacia un más alto desarrollo. Entonces todas las personas, en cualquier circunstancia, lengua y cultura, son partícipes de esa fuerza interior ya que todo lo viviente tiende a desarrollar esa potencia interna de crecimiento y expansión. Todo lo viviente, en su entidad filogenética, tiende a su más alto desarrollo, como intuyó Pierre Teilhard de Chardin. De ahí que todo lo existente tiene una connotación entrañable y trascendente, que la conciencia humana procura como expresión de esa potencia interior. Esa potencia fue lo que a mí me inspiró crear el Interiorismo, una doctrina estética concebida para enfocar la vertiente interna y mística de lo existente, para generar una nueva sensibilidad espiritual y estética mediante la creación de los valores que genera la conciencia y plasmar las verdades profundas que atrapa la intuición. Las ideas, los conceptos y los valores conforman lo que se llama la cosmovisión, que da cuenta de los fundamentos de la visión del Mundo, de la Vida y la Historia. De alguna manera la cosmovisión conforma también las aspiraciones que nos mueven, las apelaciones que nos invitan a que nos desarrollemos interiormente y las motivaciones que postulan nuestras inclinaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales, que son las que dan cuenta de nuestra capacidad humana y, desde luego, del desarrollo superior de la conciencia. Por esa razón podemos decir que somos lo que sentimos y pensamos interiormente por el influjo del pensamiento y la sensibilidad que esos valores, esas apelaciones y esos conceptos ejercen en nosotros, razón por la cual podemos testimoniar lo que interiormente nos apela o lo que de alguna manera acariciamos entrañablemente. De ahí la importancia de tener fe en uno mismo, en la vida y en la propia capacidad. Tener un ideal es hermoso, tener una meta en la vida es importante porque le da sentido a la misma vida, razón por la cual la palabra, como expresión de la virtualidad creadora, se impregna de poder cuando le inyectamos entusiasmo, amor y fe, cuando la vinculamos con la conexión profunda con la trascendencia para apuntalar lo que queremos, pensamos y hacemos. Por esa razón, me parece que quienes realizan una tarea en beneficio del ser humano, dígase médico, sacerdote, profesor, comunicador, artista, escritor, productor, no importa el área de acción en que se desempeñe, debe conocer la naturaleza humana, estudiar las manifestaciones de la conciencia y la sensibilidad que nos conforman física y espiritualmente y pautan lo que queremos y realizamos. Voy a presentar, para concluir, cuatro poemas como ilustración de los planteamientos esenciales de esta disertación, poemas que enfocan manifestaciones profundas de la sensibilidad y la conciencia, cuya comprensión de su sentido traslaticio precisa la intelección de sus símbolos. Cuando el hombre inventó la escritura lo hizo para testimoniar su percepción del Mundo y atrapar el susurro de lo Eterno, que la alta poesía canaliza en su dimensión sutil. El valioso poeta dominicano Ángel Rivera Juliao, en “Lila”, enfoca el aliento telúrico como expresión del influjo cósmico que impregna todo lo viviente, inspirado en el sentido místico del Interiorismo: La lila vive de dos vidas: la del fango, misteriosa y profunda, debatida en oleadas de arena, arraigada al silencio de las aguas; y la que surge, caprichosa, sobre su vientre, buscando en el aire el desvarío. ¡Oh alquimia del lodo! Trenzar en la fluida noche la verdad de lo que somos. Informe dualidad del ser: mitad cieno, mitad flor (7). La grandiosa poeta catalana Clara Janés describe el vuelo trascendente del éxtasis místico del alma con el aliento erótico y espiritual que encarna y experimenta su sensibilidad profunda cuando entra en comunión con la Energía Sutil de la Naturaleza, a la que se entrega gozosa y confiada para vivir y sentir en el espíritu: Paisaje abrupto: monte de roca pura y negro estanque que encierra el agua de las simas de la noche. Quien en ella se pierde en pos del fondo, en la nada se pierde acaso definitivamente. Permanecí en espera y la voz que pronunció mi nombre llegó del firmamento, de un punto tan lejano que resultó irreflejable en la negrura. La superficie inmóvil, replegada en sí misma, me apartaba, llenándome el espanto de un agua sin reflejos. Volví el rostro y en ascensión, por un hilo de luz me entregué, dejando todo lastre (8). Karol Wojtyla, el inmenso lírico polaco que nos iluminó como el Santo Padre Juan Pablo II, canta el aliento numénico con el sentimiento de pertenencia a la Totalidad, al tiempo que el alter ego del creador experimenta y enarbola los efluvios trascendentes de la revelación mística bajo el sagrado numen del acorde lírico: Una vez puse el oído en el suelo: allá, en lo profundo, se oyen otros aires, con la lava desgarran su vientre -con la melodía- y arremeten contra su alma vibrante y llevan lejos el ruido de los ecos. -¿Qué llora tanto dentro de la montaña y da alaridos? ¿Qué tocan con tristeza las flautas en las praderas? Esta música de las profundidades de la tierra -lleva la armonía junto con sus ecos, con dote de cuerdas trémulas entrelaza el alma del hombre. -¡Toca, Naturaleza! Soy parte Tuya, estoy en tu inspirado acorde, mi alma está en tu alma. Mis dedos tocan tus cuerdas cimbreantes. Tú me enredas y me envuelves, con tonos de seda das alas a mis sienes, brindas un olvido silencioso a mi alma, lanzas círculos de sueños a la balanza de cobre -levantas mi cabeza- ¡Oh Dios! (9). El creador dominicano Máximo Avilés Blonda, escribió un poema inspirado en el aliento verbal en el que, además, consigna la existencia de la memoria cósmica que los poetas intuyen con su percepción de la realidad trascendente mediante la intuición de verdades poéticas y la recepción de verdades universales: Por qué tanta prisa si esas voces Han sonado tanto tiempo. Tanto tiempo han temblado en el aire, en la rama del árbol y en la bruma pequeña de la hiel olvidada. Si han subido en lo azul como suspiro de novia en la ventana con rejas como canto de monja, como gozo de la tía soltera que llega al corazón y aún no entiende si es el cuerpo o es el alma quien se alegra; por qué me apremian tanto esos pasos, esas voces, esas pesadas palabras dichas con relámpagos. Esos dedos crispados que acusan esas manos grabadoras de signos que anotan devociones. Por qué esa prisa, me pregunto yo; no la entiendo y entonces pienso que la luz de un día dura poco, que la sombra de la noche se convierte en la penumbra del sueño y que de repente puede con prisa romperse una vena en el costado del hombre (10). Bruno Rosario Candelier Academia Dominicana de la Lengua Santo Domingo, Ciudad Colonial, 12 de octubre de 2008. Notas: 1. Juan Rof Carballo, La curación por la palabra, Madrid, Revista de Occidente, 1966, p. 69. 2. Werner Jaeger, Paideia, México, FCE, 1971, 2ª. ed., p. 175. 3. Carl Gustave Jung, El hombre y sus símbolos, Barcelona, Seix Barral, 1969, pp. 69ss. 4. Cfr. Carl Sagan, Cosmos, Barcelona, Planeta, 21ª. edición, 2004, p. 189. Nikos Kazantzakis, El pobre de Asís, Madrid, Debate, 1989, p. 273. 5. En Bogdan Piotrowski, Mousiké, De la poética juvenil de Karol Wojtyla, Bogotá, Universidad de la Sabana, 2008, p. 17. 6. Pierre Teilhard de Chardin, El medio divino, Madrid, Taurus, 1967, p. 69. 7. Ángel Rivera Juliao, Ángel de Luz, Moca, Rep. Dom. Publicación del Movimiento Interiorista del Ateneo Insular, 1998, p. 71. 8. Clara Janés, Roses of Fire, Edición bilingüe, Traducción de Anne Pasero. Varanasi, Aranyakas Indica, 2004, p. 10. 9. Karol Wojtyla, Mousiké, citado, p. 109. 10. Máximo Avilés Blonda, Los Profetas, Santo Domingo, Secretaría de Educación, 1978, p. 6. |
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