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| INTUICIÓN Y CREACIÓN POÉTICA EN JOSÉ ENRIQUE GARCÍA |
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A Rafael Castillo Alba, Que valora la veta criolla de nuestra cultura.
Un aliento salvaje que sale del crepúsculo golpea incesante la realidad crecida. (José Enrique García) Tengo la convicción de que la primera obra literaria de un escritor contiene el germen de toda su obra futura. Si queremos, por tanto, conocer la clave temática, apelativa y conceptual de un escritor, la podemos rastrear en su primera creación ya que la misma perfila, de manera abierta, solapada o sutil, la dimensión espiritual y estética que en el futuro va a plasmar su ejecutoria literaria. Ese fenómeno conforma un misterio de la creación, como otros misterios que tiene este género tan peculiar y singular de la creatividad, como es la poesía. José Enrique García nació en 1948 en Limonal, comunidad rural ubicada entre el poblado de Licey al Medio y la ciudad cibaeña de Santiago. Formado como profesor en la Escuela Normal de Licey, formó parte del Taller “Littera”, que el autor de este estudio fundó en 1967. Ejerció la profesión docente y, desde muy joven, se encaminó al cultivo de la creación literaria (1). Hacia finales del `70, José Enrique García conformó, con Cayo Claudio Espinal y Pedro José Gris, la triada de los grandes poetas dominicanos de esa década, cuya obra constituye la más alta expresión de la creatividad poética en esa etapa de las letras dominicanas. Creador inspirado en las esencias clásicas, la poesía de José Enrique García se funda en la savia fecunda de la tradición. Los devaneos experimentalistas con que alguna vez coqueteó no le torcieron el rumbo reflexivo de su creación, ni la vigorosa fuerza espiritual de su intelecto, ni la poderosa dimensión estética de su sensibilidad. José Enrique García es, sin regateos, una de las voces poéticas fundamentales de la lírica dominicana contemporánea. Prevalido de la indispensable formación literaria y del talento para la creación, halla José Enrique García la manera de engarzar la cosecha de la realidad real al manadero de la imaginación, mediante una pertinente interpretación de su propia percepción del Mundo según un modelo configurado -soñado o intuido-. Su primer poemario, Meditaciones alrededor de una sospecha (1977) funda una poética reflexiva y filosófica, al tiempo que traza el rumbo criollista, simbolista y metafísico de su creación. Con El fabulador (1980), poemario de elevada connotación mitificante galardonado con el Premio Siboney de Poesía, obtuvo una merecida consagración literaria (2). Desde muy joven José Enrique dio señales de que tenía conciencia de lo que exigía el desarrollo literario. Esa conciencia es muy importante para la cristalización de la obra literaria, ya que implica una convicción sobre la formación intelectual, señal valorativa del arte de la creación y, desde luego, índice de que aprecia la dimensión estética del lenguaje con una alta ponderación por la belleza y el misterio, los dos polos fundamentales que concilian el impulso inspirativo y la energía creadora, fundamentales para enrumbarse hacia la parcela de la creación. Esa conciencia literaria se ha manifestado, en el caso particular de nuestro poeta, en un reconocimiento de la tradición literaria nacional e internacional, mediante el estudio de las obras de los grandes creadores de poesía, ensayo y ficción. La valoración de la tradición, que reconoce nuestro poeta y académico, ha dado sus frutos en la búsqueda del tono propio, que es la manera personal de expresar lo que siente un autor con voz original. A ese dato se suma el interés por la palabra y la ponderación estética de la creación, mediante el cultivo de los valores que funda la cosmovisión del autor. La búsqueda de la voz auténtica, con el descubrimiento del tono propio, conlleva el hallazgo de la voz personal y, a veces, la presencia de la voz universal (3). La vocación literaria se manifestó en José Enrique García en la búsqueda de la voz personal, dato importante para estudiar la obra de un escritor, porque la voz personal, de alguna manera, da cuenta del tono distintivo. La voz personal implica el hallazgo de intuiciones que plasman, con el lenguaje adecuado, la índole de las percepciones de la realidad y la manera personal de asumirlas, hecho que da lugar al tono propio, que en literatura es la manera peculiar de usar la lengua. Cada uno tiene una manera peculiar de usar las palabras y las expresiones y esa peculiaridad genera en los creadores de intuiciones la realización del tono personal; por eso, cuando leemos la obra de escritores establecidos con una obra singular, la distinguimos por el tono, como lo tienen Domingo Moreno Jimenes, Manuel del Cabral, Franklin Mieses Burgos o Tulio Cordero. Si hemos leído la obra de esos magníficos creadores y nos presentan uno de sus poemas, por el tono de su expresión podemos distinguir el lenguaje que lo caracteriza y el autor que lo escribió. Al tono se suma el tipo de imagen y la significación de la forma, cuando se supeditan técnicas y estructuras a la esencia del poema o el relato, como lo hace José Enrique García. El poeta pone voz a sus intuiciones y sentido a sus valoraciones. Los buenos escritores logran en su ejecutoria literaria la creación de intuiciones y estilos, índice y señal de que, efectivamente, cuentan con talento creador. El tono hace posible la voz personal, que los poetas descubren con su intuición y plasman en su creación al dar cuenta de la percepción singular del Mundo. La voz universal, en cambio, es la que recibe el poeta mediante una revelación, que han merecido grandes poetas metafísicos y místicos al recibir los efluvios de la memoria universal. Conviene recordar que los antiguos pensadores presocráticos, con Heráclito a la cabeza, intuyeron la existencia de la memoria cósmica o sabiduría universal, que encierra la memoria del Universo a la que, mediante la intuición y la revelación, podemos acceder para captar el torrente de conocimientos acumulados en la cantera del infinito. La intuición es clave para captar el sentido de la obra de un poeta. Mediante la intuición, que es la capacidad para auscultarse a sí mismos o para auscultar el sentido de las cosas, hallamos la clave para crear e interpretar la dimensión profunda de una obra. Los poetas descubrieron, mucho antes que Sigmund Freud, la existencia del inconsciente; fue Freud, sin embargo, quien formuló la teoría del inconsciente, aunque antes los poetas habían intuido el inconsciente, porque tienen la capacidad para auscultarse a sí mismos y penetrar en la profundidad de su propio ser y dar cuenta de lo que presienten y lo que almacenan en el cerebro. El inconsciente es el poder de la mente que archiva pensamientos, verdades intuidas, enseñanzas captadas por la intuición, que la razón desconoce. La capacidad para auscultarse a sí mismo y auscultar el sentido de las cosas viene dada por la intuición, cuyo logro suelen formalizar la poesía y las demás creaciones artísticas. Si ciertamente los poetas descubrieron, mucho antes que Freud, la existencia del inconsciente, fue el famoso psiquiatra alemán que intuyó y denominó inconsciente a esa instancia secreta de la mente que archiva conocimientos y verdades profundas y significativas para nuestra vida.Los poetas, misteriosamente, también tienen la capacidad para penetrar en esa ladera de la mente, a menudo impenetrable para los que no somos poetas. Cuando Heráclito habló del Logos, intuyó que había una memoria del Universo que registra la sabiduría espiritual del Cosmos. Memoria o sabiduría a la que acceden los poetas mediante la intuición o la revelación de verdades provenientes de esa cantera infinita a cuyo través pueden dar con el sentido profundo para impregnar de hondura su creación poética. Se trata de la plasmación de verdades profundas que los poetas transmiten, aunque desconozcan el sentido, la dimensión y el alcance de esas verdades que formalizan mediante símbolos o imágenes del inconsciente. Justamente, Carl Jung denominó “inconsciente colectivo” a esa capa del Universo que encierra la memoria cósmica o la sabiduría universal, que alude al mismo fenómeno indicado por Heráclito, cuando intuyó la existencia de esa realidad acumulada en alguna capa del Universo, de la que la intuición o el inconsciente pueden hacer uso en la creación artística. Pues bien, la poesía tiene la virtud de sintonizar la fuente del inconsciente personal, mediante la intuición, como también puede canalizar verdades desconocidas provenientes del manadero del inconsciente colectivo, que recibe mediante sueños o revelaciones (4). Es importante consignar este fenómeno de la creación, ya que los poetas suelen acceder a esas capas profundas del Universo y suelen auscultar algunas señales interiores del inconsciente a través de la intuición. La mención viene al caso porque la poesía de José Enrique García tiene esa virtualidad, lo que se puede testimoniar desde su primer libro de creación, Meditaciones alrededor de una sospecha, que tiene la virtud de sintonizar la fuente del inconsciente personal, mediante la intuición, como también canalizar algún atisbo del manadero del inconsciente colectivo, mediante verdades reveladas y que captura su intuición. Esto nos lleva a ponderar la visión poética de un autor, la visión poética de la realidad y, sobre todo, lo que la realidad contiene y sugiere. Nosotros estamos ubicados frente a una realidad que está a nuestra disposición, pero los poetas tienen la ventaja de acceder al costado secreto de esa realidad, por lo cual pueden captar y testimoniar la vertiente entrañable de realidades desconocidas o veladas para el común de los mortales. Eso significa que tenemos que tener clara la idea de la realidad real, la que perciben los sentidos corporales, que es diferente de la realidad imaginaria, la creada por nuestra imaginación; y es diferente también de la realidad trascendente, a la que penetran los sentidos interiores. Además, los poetas crean una realidad estética, constituida por el conjunto de vivencias e intuiciones que acumulan con sus conocimientos y contactos con lo real y, naturalmente, está dimensión metafísica de la realidad, que es su dimensión interna y profunda a la que acceden los poetas en virtud de la capacidad singular para conocer lo que no se ve. Como poeta, José Enrique García ha tenido el acierto lírico, simbólico y metafísico de crear verdades intuidas y verdades reveladas. Mediante su poesía ha creado ambas verdades en virtud de que tiene la capacidad para la visión trascendente de las cosas, ya que puede penetrar en la dimensión esencial de lo existente, con el don para expresar la belleza y el misterio que las cosas sugieren y también el poder para dar con la dimensión profunda de lo real, en virtud de su capacidad reflexiva como poeta. Esa capacidad explica la expresión de la belleza y el misterio, con el grávido acento de lo real, la voz de las cosas y el sentido de lo viviente. Como creador de intuiciones personales, José Enrique García habla del lenguaje del yo profundo, es decir, plasma el tema de sí mismo como representación del yo individual que tiene como poeta en virtud de que sabe valorar la vida interior de la conciencia. El poema “El día justo” dice: Solo, casi solo, apoyado en esta puerta, contemplo el mes de abril y revivo, a medida que mi alma se llena de mi infancia. Mañana será viernes, quizás sábado, cualquier día es justo para mirar las manos, y pesar la palabra y aquel que la pronuncia. Está presente en su creación el tema de sus percepciones entrañables, como reflejo del contacto de su yo personal con el mundo, lo que de alguna manera le permite subrayar su connotación profunda. En su poema “Conclusión”, escribió nuestro poeta: Yo que me creo un verdadero hombre, no alcanzo a comprender tal comprensión, pues miro los contornos y no encuentro esos hechos que tal nombre afirma, sigo creyendo aún viendo la duda, mis alrededores casi desolados me configuran el rostro, me sujetan por dentro, no sé de mi sospecha, fija avanza en las manos pues piedra es mi condición de hombre, si un día perdí tras de esta luz, culpo a los pasados días, también a aquellos ignotos antepasados que se perdieron sin dejar un rastro, soy más de lo que soy y nada soy pues cuento y no llego al último dedo de las manos; sin embargo, este dolor de descifrarme es suficiente para saberme hombre. “Este dolor de descifrarme es suficiente para saberme hombre”, es una manera de significar esa capacidad de reflexión del ser humano. La motivación profunda de una veta creadora Los temas predilectos de José Enrique García son los temas eternos de la poesía: la soledad, el amor, el tiempo, la angustia, la muerte y la nada. Entre los aspectos que enfoca su creación poética figuran la reacción interior ante sus percepciones entrañables, como índice del contacto de su yo con el Mundo, en el que subraya la connotación profunda de lo real. Asimismo, la expresión del impacto que lo real produce en la sensibilidad mediante el despliegue de la energía interior de la conciencia, como se aprecia en “El último alfarero”, una manera sutil del poeta quejarse por la presencia reiterante de la capacidad reflexiva cuya atención le impide disfrutar los placeres de la vida o vivir el mundo como lo viven la mayoría de los seres humanos: Hay noches que quisiera un momento para mirar tranquilo lo que a diario hago, sería justo que un buen día se detenga esta rueda y me vaya por la calle como se van los hombres después de los trabajos, y entrar a una casa como lo hacen todos, y bañarme y cenar y leer algún callado libro, y después ir al cine, al río, a la estación a ver llegar los trenes o a un lugar cualquiera donde la noche alcance su sombra más adulta, y luego volver a caminar como lo hacen todos, y entrar de nuevo a la casa y dormir en compañía y amanecer dormido. Igualmente, figura en su creación poética el tema de las reacciones interiores, como expresión del impacto que lo real produce en la conciencia. Lo que el pensador presocrático de Éfeso denominó Logos para significar ´palabra´, ´pensamiento´, ´concepto´, ´idea´, ´imagen´, comprende los conceptos que de alguna manera generamos cuando hablamos o pensamos mediante la energía interior de la conciencia, que es la potencia mayor de los seres humanos, que a menudo obviamos o no justipreciamos en términos intelectuales, espirituales y estéticos. Los que no somos poetas, conocemos la clave de lo que acontece en la vida cuando ya es historia. Los poetas conocen esa clave en el momento en que las cosas acontecen. Por esa razón, para José Enrique García la poesía sirve para expresar las verdades profundas que la intuición atrapa, verdades que provienen de la experiencia humana, del sentido que revelan las cosas o del torrente de verdades del infinito, reveladas al espíritu humano. Más que la belleza de la expresión, José Enrique García busca la belleza del contenido en su dimensión profunda, que es la más alta forma de darle sentido trascendente a la creación poética. Nuestro poeta prolonga en su sensibilidad esa identificación emocional que siente el niño con la cosa en una suerte de coparticipación entrañable del sujeto con el objeto al sentir que es la flor, la hierba, el agua, el viento o la noche, etc. Con la bienhechora huella literaria de Francisco de Quevedo, Antonio Machado, Jorge Luis Borges, Domingo Moreno Jimenes y Lupo Hernández Rueda, nuestro poeta siente que rehace el Mundo y habla de manera omnisciente desde su sensibilidad profunda: Con estas mis dos manos, doy existencia a la existencia diaria, aumento las predecesoras fechas de los otros, soy el constructor, el último alfarero, y como mis antiguos, tomo de la tierra el barro cada día y a los sueños les doy soñadas formas, y a los días les multiplico su dolor. Soy el último alfarero, más no le cambio nada a las construcciones de mis antepasados, les prolongo sus orígenes, sus historias, sus fábulas y leyendas. Hago todas las cosas de las sustancias vírgenes, de la luz más lejana traigo los graves días y como si fueran versos los pulo como puedo. La persona lírica de estos versos anda en busca de sí mismo, anhela conocer su esencia y la razón de ser de la existencia humana. Es una interrogante metafísica que atraviesa su obra. En tal virtud, su poesía contiene el sentido de los tormentos esenciales de la condición humana, como el dolor, la desdicha, el amor, la angustia, la soledad, el desamparo o la muerte. En procura de ese conocimiento, revela el estado interior de la persona lírica, vale decir, la dimensión espiritual del alma humana ante las peripecias sociales, antropológicas y culturales. De igual manera, revela la actitud de interrogación del emisor de estos versos ante las manifestaciones apremiantes del acontecer viviente, como se aprecia en “Teorema”: En el silencio hay un espacio que no lo ocupa nada. En el espacio está la nada como un huésped perpetuo de la casa, y más allá de la nada y del espacio, nosotros hacemos el espacio y la nada. Naturalmente, los poetas saben sintonizar las manifestaciones singulares de la realidad, en cuya virtud pueden orillar su vertiente entrañable y dar con sorprendentes hallazgos. En atención a ese singular poder, que se opera mediante la intuición, los poetas pueden testimoniar lo que captan y valoran de la dimensión interior del mundo sensorial, con inusuales connotaciones espirituales ante tantas señales significativas o trascendentes de la realidad, multívoca en sus valencias y expresiones. En su poesía, José Enrique García enfoca el sentido de los tormentos esenciales del ser humano. No solo alude al dolor, la angustia o las adversidades que forman la madeja de la vida; enfoca el sentido profundo de esas señales de la realidad o de lo que acontece en la vida. Ausculta también el estado interior de la persona lírica, es decir, la del sujeto que escribe, habla o piensa, porque de alguna manera penetra en la dimensión espiritual del ser humano, porque para nuestro poeta y académico la poesía se hizo para crear belleza y verdad, para testimoniar grandes lecciones de la vida. Se trata de una concepción profunda del arte de la creación poética, que empalma con la idea de Antonio Machado, para quien los poetas deben transmitir una cosmovisión en su creación, vale decir, valores de sabiduría y pensamiento con sus verdades profundas. Es lo que Aristóteles llamó la verdad poética, que distinguía de la verdad histórica y la verdad filosófica. La poesía no es un arte simple y superficial de construir versos y estrofas, como cree mucha gente; la poesía es la más alta dimensión intelectual y estética que puede crear el espíritu mediante el concurso de la palabra. La más honda dimensión del pensamiento y la intuición, que la creación poética formaliza en palabras, está llamada a plasmar verdades profundas; por eso, el lenguaje de la poesía se le escapa a la mayoría de los lectores, porque no están preparados para captar esa dimensión trascendente que conlleva la creación poética mediante sus símbolos y connotaciones interiores. Por esa razón sucede lo que a menudo ocurre, que la mayoría de las personas, incluso lectores, no leen poesía y no la leen porque no la entienden y no la entienden porque desconocen el lenguaje de la creación poética, lenguaje hay que conocer y estudiar para entender la onda interior de su hondo decir lírico. En su creación poética, García da señales de que refleja una actitud de interrogación. Se preguntarán ustedes: pero, ¿es acaso un filósofo?, ¿es un pensador este poeta? Pues sí, hace filosofía en su quehacer poético y externa pensamientos y reflexiones a través de la creación poética, como lo han hecho los grandes poetas de las letras nacionales e internacionales. Cuando se pregunta por el sentido, se está haciendo metafísica. Cuando esa interrogación del sentido se hace a través de la lírica, se hace poesía metafísica y esa inquietud aparece en la poesía de José Enrique García. ¿No hay profundidad, interrogación y penetración ante una dimensión de la realidad que el poeta quiere y presenta para que nosotros, como lectores, para que reflexionemos en torno a esa vertiente entrañable? El poeta reconstruye la realidad a través de la imaginación, al tiempo que confirma que esa dimensión de la mente humana configura nuestra visión del Mundo, al crear un ámbito subjetivo que nos alienta a vivir en sintonía con nuestra sensibilidad y nuestro intelecto. Asume para su creación la realidad y la experiencia de la vida como fuente nutricia de sus reflexiones e intuiciones. Todo eso es posible en virtud de la sensibilidad. Los poetas han desarrollado al máximo su sensibilidad y, desde luego, su intuición, que es la expresión más profunda de la sensibilidad. José Enrique García tiene una sensibilidad abierta, empática y porosa, que le permite ponerse en comunión con las cosas, establecer un vínculo con lo real y compenetrarse con su sentido (5). Ya dije que los temas eternos de la poesía, como la soledad, el amor, la angustia, la muerte y la nada, son los predilectos del poeta santiagués. Pero José Enrique enfoca, a través de esos temas, la atmósfera cultural, afectiva y espiritual que configura la vida humana y que da lugar a reflexiones. Como poeta, participa de lo que Garcilaso de la Vega llamaba el “dolorido sentir”, perfil de su sensibilidad que despliegan los grandes creadores en virtud de que han desarrollado su sensibilidad con su poder de estremecimiento y valoración; y entonces todo le duele, lo siente todo, lo sufre todo y nada le es ajeno y, en consecuencia, puede testimoniar las manifestaciones hermosas y significativas de la realidad, en atención a la condición empática de su sensibilidad, que le permite recibirlo todo y, mediante una actitud de coparticipación con lo viviente, da con la dimensión interior de las cosas y capta su esencia y su sentido. En virtud de ese singular poder de la intuición, logra una sintonía afectiva y espiritual con lo viviente, sobre todo, cuando entra en estado de silencio para disfrutar la contemplación de lo existente. Los buenos poetas son contemplativos porque tienen las antenas interiores desplegadas para entrar en sintonía con lo real y para contemplar el esplendor de la Creación. Saben disfrutar la mejor dimensión de la realidad y mediante la contemplación logran la compenetración con lo real y pueden testimoniar esa percepción singular de cosas, hechos y fenómenos. En “El último alfarero”, el poeta alude a la peculiar tarea del poeta: Soy el alfarero del arado y la rosa, el que construye la lluvia y el crepúsculo, el artesano perfecto de los hombres. Y como las aspas del último molino aún hago el agua para el que tenga sed. Pero hay noches que me canso, que quisiera no hacer más estos inútiles manuscritos, que le grito a estas raíces que sostienen mi voluntad y mis músculos. Nuestro poeta ha dicho que “de la luz más lejana traigo los graves días y como si fueran versos los pulo como puedo”, labor que lo distingue como creador de poesía, ya que es un alfarero de la palabra y, en tal virtud, experimenta el reclamo de la apelación creadora. La apelación es una singular llamada que sienten los escritores, los artistas, los creadores de cualquier género cuando son concitados por una fuerza especial que perfila el derrotero de su creación y, entonces, experimentan la necesidad de escribir para testimoniar su percepción y su valoración de lo existente. Sensibilidad espiritual y creación estética La apelación creadora de José Enrique García es de índole metafísica, porque es una interrogante profunda y trascendente que atraviesa su obra. Proyecta, desde su sensibilidad, la necesidad de sentir el Mundo en su esplendor radiante. “El último alfarero” concluye de esta forma: Hay noches que quisiera tomarme un momento, poder mirar la Luna, las luces de las ciudades dormidas, el silencio vertical de las praderas. Es una manera poética, estética y simbólica, de aludir a la tarea del creador cuando asume la palabra con un propósito intelectual, espiritual o estético. Es una manera de querer obviar la capacidad reflexiva que no lo deja vivir el mundo como lo viven la mayoría de los seres humanos. Dije al principio que José Enrique García plasma verdades profundas en su creación, verdades inferidas de la observación de la experiencia personal o de la observación de la experiencia ajena, porque también podemos aprender de la experiencia vicaria. Ambas experiencias son atrapadas por la intuición, que conforman la verdad poética. Esas verdades profundas provienen del sentido que las cosas le revelan al contemplador o provienen de la cantera infinita, de donde les son reveladas a los poetas las verdades que reciben su sensibilidad trascendente. José Enrique ha desarrollado esa dimensión de la sensibilidad, razón por la cual, más que la belleza de la forma, privilegia la belleza del sentido. En “Radial de campanas”, que escribe a propósito de un cuadro pictórico de Cuquito Peña, describe García un panorama físico impregnado de aliento metafísico: Un aliento salvaje que sale del crepúsculo golpea incesante la realidad crecida, y el querer ser que anduvo en pos del ser, es un rebelde lirio, un follaje de luz derramando en lo verde una antigua campana de extáticos sonidos. Ahora que tenemos la aurora en las manos, el hombre, el ausente hombre, ve llegar los colores con sus primeros bríos y amaneció el día en el canto del Sol. Un tren que humea la distancia trae las primitivas construcciones del pincel, una casa, un salmo ignorado, el deseo del hombre de descifrar al hombre. En los puños aún palpitan las radiales campanas. El poeta establece una sintonía afectiva y espiritual con los efluvios del Universo desde una vocación de recuperación de los registros esenciales de las cosas. Poseedor de una sensibilidad abierta y caudalosa, afina con todo, lo siente todo, lo vive todo en armonía entrañable con el Cosmos. En tal virtud, experimenta una actitud de colaboración con lo viviente. Fluye en él un sentimiento de ternura y piedad que se expresa en una identificación con criaturas y elementos. Esa disposición de su interior explica su sintonía emocional y espiritual para captar los efluvios de las cosas. El poeta que hay en José Enrique anhela conocerlo todo y entenderlo todo. Es la apelación metafísica de su obra en cuya virtud experimenta, desde su sensibilidad, la necesidad de comprensión y coparticipación de lo viviente. Concluye “El último alfarero” así: Sería justo, que un buen día se detenga esta rueda, y me vaya por la calle como se van los hombres después de los trabajos, y entrara a una casa como lo hacen todos, y bañarme y cenar y leer algún callado libro; y después ir al cine, al río, a la estación a ver llegar los trenes, o a un lugar cualquiera donde la noche alcance su sombra más adulta, y, luego, volver a caminar como lo hacen todos, y entrar de nuevo a la casa y dormir en compañía y amanecer dormido. Sería justo digo, darle un justo descanso a estos duros músculos un día a la semana. Pero sucede, que soy el incansable alfarero de la materia verde y de las mañanas que salen asustadas sabiéndose vencidas de las noches que esperan. Lo mismo en la expresión de las reacciones interiores mediante el impacto que lo real produce en la sensibilidad, que del despliegue y fruición de la energía interior de la conciencia, la poesía de José Enrique ahonda en el decir profundo. La energía de la conciencia es el Logos que la palabra formaliza. Esa energía interior es la potencia mayo para la vida intelectual, espiritual y estética. En su poesía, José Enrique García no solo alude al dolor, la angustia o las adversidades que forman parte de la vida; habla de esas manifestaciones, pero les busca el sentido profundo a esas señales de la existencia humana. Enfoca también el dintorno del sujeto que escribe porque de alguna manera penetra en la dimensión interior de la conciencia, porque para García, la poesía se hizo para canalizar las grandes lecciones de la vida. Su talante lo incita a recuperar registros de nuestra idiosincrasia expresada en los modos de nuestra cultura. Escribe y se expresa con voz equilibrada, pausada, serena, reflexiva, propia de quien ausculta el corazón de las cosas con actitud meditativa. En su contacto con el mundo circundante nada le es ajeno y en todo explora la significación de lo existente. Sobre la experiencia que la vida le ha deparado, nos ha hecho sentir que los hombres somos un solo hombre. Sobre la necesidad de sentir y ponderar la belleza y el misterio, nos hace vibrar con el encanto de lo viviente. Sobre la importancia de sintonizar los fluidos del Universo nos hace valorar la armonía interior de la conciencia: “Un aliento salvaje que sale del crepúsculo /golpea incesante la realidad, crecida,/ y el querer ser que anduvo en pos del ser”. Podemos sintetizar las características de la creación poética de José Enrique García en los siguientes términos: 1. Asume el canto y la palabra para canalizar verdades trascendentes, que son verdades existenciales o verdades poéticas. 2. Escribe y expresa con voz equilibrada, reflexiva y serena propia de quien ausculta el sentido de la vida y el Mundo con actitud meditativa. 3. En virtud de su sensibilidad empática nada le es ajeno y en todo explora la significación o el valor de lo existente. 4. Enfatiza la significación de las cosas, por lo cual supedita técnicas y estructuras a la esencia del poema. 5. Tiene su obra poética la capacidad para sensibilizar sobre las cosas que valen y trascienden, como la dimensión profunda de la realidad que la intuición perfila, la condición humana que nos identifica a todos y la necesidad de sentir y valorar la belleza del sentido y el sentido del misterio. La llamada que experimentan los escritores concitados por una fuerza especial para crear, constituye un impulso que se vuelve una necesidad para su interior, porque están movidos por una apelación sustancial, por una fuerza singular, por un aliento peculiar. La apelación de José Enrique García es metafísica porque es una interrogante profunda que alienta su obra mediante la cual proyecta el Mundo en su esplendor radiante. Llama la atención el hecho de que en estos versos que nuestro poeta escribió cuando era un mozalbete, no el José Enrique adulto que hoy conocemos, sino el jovenzuelo de 18 años, fluye un pensamiento profundo. Podemos apreciar la madurez que tienen los creadores cuando han desarrollado la intuición, cuando se ha abierto su sensibilidad estética y espiritual, cuando su ser interior se abre al Mundo para recibir sus múltiples incitaciones. Quiere decir que este valioso poeta dominicano tiene desarrollada la capacidad para sensibilizar, a través de su creación poética, sobre la dimensión interna y esencial de la realidad, sobre la más alta condición humana y, desde luego, sobre la dicha de sentir y valorar la belleza del sentido y el sentido del misterio, dimensión que encierra el aporte de la creación poética de José Enrique García. Más que la belleza de la forma, José Enrique ha buscado la belleza del sentido, que es y será siempre la meta de los grandes poetas metafísicos. Bruno Rosario Candelier Academia Dominicana de la Lengua Santo Domingo, Ciudad Colonial, 9 de enero de 2010 Notas: 1. En la Escuela Normal de Formación de Maestros, de Licey al Medio, el autor de este estudio fue profesor de lengua y literatura. En ese plantel escolar organizó el primer taller literario que se creó en el país, que di a conocer con el nombre de Taller Littera, palabra latina que significa ´letras´. Subrayo el hecho de que fue el primero, porque he leído en la prensa la afirmación de que Mateo Morrison fundó el primer Taller Literario del país, el “César Vallejo” de la UASD, aserto que no se corresponde con la verdad. El primer taller literario de nuestro país lo fundó este servidor en la Escuela Normal de Licey al Medio, de Santiago de los Caballeros, en el año 1967 y luego fundé el “Octavio Guzmán Carretero”, de Moca, en marzo de 1979, antes del “César Vallejo”, que surgió hacia mediados de 1979. Lo importante aquí, desde luego, es el hecho de que, del taller literario de Licey al Medio, emergió un formidable escritor como es José Enrique García. 2. Diplomado con el Profesorado por la Escuela Normal de Formación de Maestros, de Licey al Medio y graduado en Educación por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, donde fue profesor de letras, José Enrique García obtuvo también el doctorado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus libros figuran Meditaciones alrededor de una sospecha (1977), Ritual del tiempo y los espacios (1982), En el camino y en la casa (1985), El hombre que pasa (2001), Una vez un hombre (2005), junto a otros textos gramaticales, ensayísticos y narrativos. 3. El tono es la manera personal de comunicar lo que un autor siente, expresado con voz original y auténtica. El tono refleja el modo personal de usar la lengua. 4. El crítico mexicano Fredo Arias de la Canal vincula el inconsciente colectivo al paleocórtex del cerebro. Cfr. La personalidad metafísica del poeta, México, Frente de Afirmación Hispanista, 2008, p. 89. 5. Entre los temas predilectos de José Enrique García, que son los temas eternos de la poesía, como la soledad, el amor, el tiempo, la angustia, la muerte y la nada, figuran la atmósfera cultural, afectiva y espiritual que perfila la existencia humana y que dan lugar a reflexiones, sueños y temores humanos. |
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