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| EL LOGOS EN LA GESTACIÓN DE LA CONCIENCIA LENGUAJE, CONCEPTUALIZACIÓN Y CREACIÓN |
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| Escrito por Bruno Rosario Candelier | |
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A Federico Henríquez Gratereaux,
Pensador luminoso de reflexiones profundas. “La palabra, antes de ser pronunciada en el escenario, vive en la historia del hombre como dimensión fundamental de su experiencia espiritual” (Karol Wojtyla, Mousiké). Lenguaje, intuición y conceptualización Fueron los antiguos pensadores presocráticos, con Heráclito a la cabeza, los que inventaron el concepto de logos, al que asignaron el significado de ´pensamiento´, ´espíritu´, ´idea´, ´sentido´, ´discurso´, ´palabra´ y ´verbo´. Al concebir el logos como esencia del espíritu y alma de las palabras, Heráclito le atribuía un carácter divino, que posteriormente san Juan, en su Evangelio, vincularía al mismo Dios, llamándolo Logos o Verbo, con mayúscula, para distinguirlo de la palabra encarnada o del logos que atesoramos los humanos. Los antiguos griegos concebían la Naturaleza como expresión sagrada en razón de su origen divino. Los pensadores presocráticos, en estado de contemplación, se dedicaban a pensar el Mundo y a crear belleza. Heráclito reflexionó sobre el ordenamiento de lo viviente, el desarrollo de la conciencia y la potencia de la palabra. De las reflexiones de Heráclito de Éfeso podemos inferir tres profundas intuiciones que fundaron la cultura de Occidente: 1. La presencia de la energía interior de la conciencia, principio espiritual del pensamiento, que denominó LOGOS. 2. La existencia de una sabiduría universal o memoria cósmica acumulada en algunas capas del Universo, aliento de la inteligencia y la sensibilidad, que llamó NUMEN. 3. La necesidad de la vida interior de la conciencia a favor del crecimiento del espíritu, que nombró NOMOS. Según esta visión del pensador griego, el logos es la unidad que funda la ideación de los conceptos. Por su esencia divina, el logos es una energía interior que procede del Logos primordial, el principio de cuanto existe, vale decir, lo divino mismo. Encarnado en la palabra, el logos encierra la esencia del espíritu en cuya virtud el hombre piensa, habla y crea. Igualmente, el logos desarrolla la conciencia humana, propicia la capacidad de reflexión y fecunda la vida interior del espíritu. Esta concepción del logos tiene importantes implicaciones intelectuales, espirituales y estéticas. Base de la conciencia cósmica, enlaza al hombre con la sabiduría universal y con la divinidad. En virtud de su potencia vinculante, todo viene del Todo, todo participa del Todo y todo termina en el Todo. Y, desde luego, el logos propicia el desarrollo de la conciencia, el acopio de la sabiduría universal y la coparticipación divina. Según la concepción de Heráclito, el logos canaliza la esencia de la sabiduría universal archivada en la memoria cósmica, concepto que asumiría la psicología moderna con Carl G. Jung, que habló del inconsciente colectivo. Para Werner Jaeger, la concepción del logos entraña la comprensión espiritual de la más alta sabiduría, ya que participamos de la condición divina y, en consecuencia, de la sabiduría universal, a la que accedemos por el logos (1). El logos funda el lenguaje, operación y mecanismo que alienta y desarrolla la conciencia. El logos otorga sustancia a la palabra, base del pensamiento y principio espiritual de la conciencia, que es lo mismo que decir, esencia y sentido de la trascendencia humana. El logos nos ha dotado del don para pensar y del poder de articular la palabra para hablar, propiciando las operaciones del intelecto con sus manifestaciones conceptuales, espirituales y estéticas. Lo que hace posible que pensemos y hablemos, lo que escriben pensadores y poetas, lo que creamos con el concurso de la palabra, se debe a la energía interior de la conciencia, basada en el logos que el lenguaje formaliza. Como sistema de comunicación verbal que expresa conceptos, emociones y anhelos, el lenguaje canaliza en la palabra la intuición de la inteligencia, la percepción de la sensibilidad y el dictamen de la voluntad mediante la articulación de sonidos y sentidos. Con el poder de la palabra, el logos se manifiesta como energía de la conciencia, fundamento del pensamiento y aliento de la creatividad. Como energía de la conciencia, despierta la dimensión espiritual de la condición humana; como fundamento del pensamiento, aporta la base conceptual del lenguaje articulado; y como aliento de la creatividad, entraña el principio intuitivo del pensar, canalizando el aporte intelectual y estético. El lenguaje tiene una faceta formal y una faceta conceptual. La vertiente conceptual nos adentra en el dominio de la reflexión. La inventiva humana, fundada en la intuición, la plasma el lenguaje por el cual entendemos, conceptualizamos y comunicamos el sentido de las cosas que la realidad sugiere. La capacidad para conceptualizar sobre hechos, fenómenos y cosas revela el desarrollo intelectual del usuario de la lengua. Estamos en condiciones de entender que el logos fecunda la capacidad del intelecto y el talante de la sensibilidad. El poder generativo de la palabra despliega la potencia de la conciencia de quien, prevalido de los conocimientos heredados y adquiridos, canaliza su cosmovisión, sus apelaciones y su idiosincrasia cultural. La percepción de la realidad la efectuamos por mediación de los sentidos, pero la conceptuación de esa percepción se manifiesta en el lenguaje. Aquí entra el vocabulario con la carga semántica del léxico y su organización en los enunciados verbales que pauta la sintaxis bajo la normativa del lenguaje. El horizonte intelectual está ligado al conjunto de nuestro léxico. De igual modo, la capacidad asociativa de la inteligencia, que facilita la comprensión de lo existente, está sujeta a nuestra capacidad lingüística en virtud de su fundamento organizativo y conceptual. La capacidad lingüística se potencia con el aumento del vocabulario, la destreza sintáctica y la comprensión de los conceptos. Por esa razón, el límite de nuestro lenguaje establece el límite de nuestra comprensión de lo existente. El horizonte intelectual está sujeto al dominio de nuestro léxico. De ahí el influjo de la palabra en la conciencia, la intuición y la creatividad. Como herramienta del pensamiento, el lenguaje se funda en el dominio de una forma y un concepto, base de la expresión, el conocimiento, la conceptuación y la reflexión. La crisis intelectual, moral y espiritual que nos afecta, tiene su raíz no solo en la falta de pensamiento y la marginación de valores, sino en la poca disposición de la inteligencia y la voluntad para la reflexión y la creatividad. Esas carencias reclaman la necesidad de reorientar la enseñanza de la lengua hacia el orden del pensamiento, la comprensión y la creación para aprender a conceptualizar, testimoniar nuestra percepción del Mundo y disfrutar la verdad y la belleza junto a los demás valores y expresiones del espíritu. El desarrollo del lenguaje implica el desarrollo de la conciencia. El concepto del lenguaje como soporte del pensamiento postula el rol del logos como sustancia de la palabra, que es lo mismo que decir, como esencia y sentido de la trascendencia humana. Por tanto, la vida interior, que condiciona el desarrollo del pensamiento y la espiritualidad, es una consecuencia del desarrollo del lenguaje. Lo que la conciencia asume y recrea como fuente de vivencia y reflexión, se manifiesta en la palabra, que concierta el vínculo entrañable entre la persona, la realidad circundante y la energía espiritual del Universo. La palabra está vinculada a la energía espiritual del Universo. In principio erat Verbum et Verbum erat apud Deum et Verbum erat Deus (“Al principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios”), escribió san Juan en su Evangelio, con cuyo planteamiento identifica el principio de las cosas con lo divino mismo. Esa concepción relaciona el logos con la energía numénica que procede de la cantera del infinito, cuyas revelaciones encauzan la teología y la poesía mística. En ese orden, el apóstol consigna en el citado texto bíblico: “Todo fue hecho por la palabra y sin la palabra nada se hizo” (Jn 1, 1-4). El concepto lingüístico de que el lenguaje determina el pensamiento, del que han explayado Karl Wosler, Eugenio Coseriu y André Martinet (2), es irrebatible en la filosofía del lenguaje. Hablar y pensar son dos actividades correlativas del intelecto humano en virtud de la conexión de los fenómenos de conciencia, que traducen los hechos verbales de pensar, leer, hablar y escuchar, con las manifestaciones de la creatividad. La actividad del pensamiento es un hecho de lengua que refleja la capacidad de comprensión y conceptuación de las cosas. En mi obra El ánfora del lenguaje consigné el siguiente planteamiento: “La lengua es la base del desarrollo de la inteligencia y fundamento de la formación intelectual, estética y espiritual del ser humano en cuya virtud se establece una relación entre el desarrollo mental, el pensamiento, la intuición y la creatividad” (3). El logos opera como instrumento de la intuición en su expresión natural, humana y divina. La vida interior de la conciencia, con la búsqueda del sentido, es una expresión de la dimensión trascendente, que puede canalizarse en su vertiente intelectual, estética o mística, como manifestación de la potencia creadora del logos o como índice de la percepción espiritual de lo viviente. El logos formaliza el vínculo divino en virtud del Verbo encarnado en la conciencia, como han enseñado los Padres de la Iglesia, los pensadores de la Khábbalah y los teóricos de otras tendencias místicas. Según esta visión, el lenguaje refleja la naturaleza física y espiritual de lo viviente y canaliza su connotación divina. “La palabra llega a Dios porque proviene de Dios”, puntualizó Gershom Scholem (4). Con razón Benedicto XVI enlaza el logos de los antiguos griegos al Verbo Encarnado, fundamento de la mística cristiana (5). Desde la perspectiva del logos, se pueden generar tres modalidades operativas: la inteligencia emocional, con la gestación de actitudes que propician la valoración de lo existente; la inteligencia imaginativa, con la creación de imágenes y símbolos que representan la percepción de lo real; y la inteligencia reflexiva, con la intuición de reflexiones y conceptos que reflejan el sentido. Como producto de la intuición, la poesía y la mística proceden de una sensibilidad trascendente que sintoniza la dimensión interior de lo real. Cuando intuí la existencia de una tercera dimensión de la realidad, distinta y complementaria de la realidad sensorial y la realidad imaginaria, que denominé realidad trascendente, comprendí que esa faceta de lo real completaba la visión de Northrop Frye, que teorizó sobre la realidad real y la realidad imaginaria como las dos facetas del fenómeno literario (6). La realidad trascendente comprende la dimensión de lo real que captan los sentidos interiores, especialmente la intuición. La inteligencia intuitiva, propia de creadores y poetas, se manifiesta en forma sensorial, imaginativa y trascendente. Cuando asumen la realidad, los poetas piensan en imágenes y crean un lenguaje afín a su percepción mediante el cual transmutan sus datos sensoriales en metáforas y símbolos, por lo cual el lenguaje de la poesía es diferente del lenguaje ordinario, que suele ser discursivo, adecuado a la representación de las cosas. Cuando los hablantes comunican su percepción de la realidad, lo hacen en conceptos mediante un lenguaje discursivo, por lo cual hablan o escriben en un lenguaje representativo que ‘refleja’ el concepto de lo real. Con el lenguaje del pensamiento o el de la intuición, pensadores y poetas, místicos y contemplativos formalizan su voz personal o la voz universal, testimoniando cuanto intuyen de la realidad, sea objetiva, imaginaria o trascendente. El lenguaje refleja no solo la inteligencia que lo produce sino la sensibilidad que lo genera. Las diferentes formas de expresión -discurso, poesía, profecía, arenga, sermón, disertación, escritura automática, etc.- revelan el modo como el autor recrea sus percepciones en la transmisión de un mensaje, índice del logos que lo inspira y la forma que lo motiva. La operación intelectual y estética de la inteligencia y la sensibilidad genera un lenguaje que testimonia la percepción y la valoración de la realidad. Lo que se piensa, se puede decir y, en ese decir, subyacen conceptos e imágenes que la mente formaliza en palabras y expresiones. La palabra revela la condición intelectual, moral y espiritual de quien la dice, de tal manera que el usuario del lenguaje revela su nivel mental, su desarrollo espiritual y, en ambas facetas, la dimensión de su vida interior. El logos, como esencia del pensamiento, se manifiesta en el lenguaje mediante el cual comunicamos lo que pensamos, sentimos y queremos, operación lingüística que convierte las ideas en palabras y su intelección nos permite comprender el sentido del mensaje. El proceso de formalizar la virtud operativa del logos conlleva un ejercicio mental que transmuta el concepto en palabra y la palabra en concepto. La operación del hablante consiste en buscar las palabras que reflejen los conceptos; la del oyente consiste en interpretar el sentido que las palabras contienen. Para ambos casos, hablar y escuchar, la inteligencia realiza un proceso interior diferente, ya que cuando capta sonidos cuyos sentidos interpreta, efectúa una operación semasiológica; y cuando convierte las ideas en palabras, al dotar de sentido lo que dice, ejecuta una operación onomasiológica. Esas actividades intelectuales, que el hablante desarrolla inconscientemente, conforman el acto lingüístico de decir e interpretar lo que la palabra entraña y sugiere. Logos, conciencia espiritual y creación mística Cuando los creadores de poesía y ficción o los visionarios de conceptos trascendentales testimonian lo que perciben, suelen hacerlo en el lenguaje de la lírica o el lenguaje de la mística, que tiene niveles de expresión incompatibles con el lenguaje ordinario. A las personas no adiestradas en esas disciplinas del espíritu les resulta difícil internarse en ese ámbito profundo del lenguaje. A menudo los poetas son visionarios de cosas no vistas por cuanto perciben, de la misma realidad ordinaria, facetas y texturas que los sentidos ordinarios no captan, ya que penetran, con sus sentidos metafísicos, en la vertiente interior y trascendente de las cosas y, en tal virtud, calan su dimensión profunda. Por esa razón pueden manejar la dimensión interna y mística de lo viviente y revelar la vertiente profunda de las cosas, como han hecho los poetas metafísicos y místicos de la literatura universal. El lenguaje tiene, además de su faceta expresiva, una dimensión connotativa mediante la cual da cuenta no sólo de la naturaleza de las cosas sino de la significación que portan y, desde luego, del vínculo entrañable con la fuente originaria de lo viviente. De esa manera, podemos hablar de la verdad interior y de la verdad universal de lo viviente, que es una manera de aludir al poder exegético y numénico de la lengua, vale decir, a la virtud intuitiva del hablante que canaliza la potencia fecundante del logos. La conciencia creadora, manifestación de la virtud operativa del lenguaje, refleja el logos que se manifiesta en la palabra y alienta una cabal valoración de fenómenos y cosas. Esa conciencia creadora, en su vertiente reflexiva, imaginativa o emocional, se despliega en forma discursiva, expresiva y activa del lenguaje, lo mismo en el creador con vocación poética, el sujeto con inclinación filosófica o la persona con tendencia contemplativa. El filósofo místico de los antiguos presocráticos, Heráclito de Éfeso, vio en el logos la fuente del poder generativo del pensamiento (7), que desarrolla la energía interior de la conciencia. El logos, por tanto, funda el lenguaje, poder que a su vez alienta y desarrolla la conciencia. La inteligencia profunda tiene el poder, en virtud del logos fecundante, de captar la dimensión interior de lo existente y la connotación trascendente que escapa a la simple percepción de los sentidos. Detrás de la realidad sensible hay, subyacente y copiosa, otra realidad, viva y elocuente, para los que han desarrollado la sensibilidad trascendente mediante la cual se accede a la otra dimensión de lo real que no se ve y que, como dijera Antoine de Saint-Exupery en El Principito, es más importante que la que se ve porque encierra la vertiente esencial de lo viviente. Percibir esa faceta interna y mística es la fuente de la sabiduría, que consiste en entender el conocimiento por el cual las cosas tienen un vínculo divino. Con razón dijo Platón: “Los que no conocen la sabiduría ni la virtud, entregados siempre a los banquetes y demás placeres sensuales, pasan sin cesar de la región baja a la media y de la media a la baja y andan toda la vida errantes entre estos dos términos, sin poder jamás vencer sus límites”(…). “Nunca fueron elevados a la verdadera región alta, ni aun siquiera extendieron sus miradas hasta allá, ni se llenaron realmente con la posesión de lo que verdaderamente es, ni probaron jamás la alegría pura y sólida…” (8). La percepción de esa realidad interior o trascendente, hondura que alcanzan los iluminados y los místicos, entraña la conciencia de la Realidad Absoluta. Ese vínculo entrañable con el logos hace posible la conciencia espiritual que explica la intuición mística del Mundo. Quien ha desarrollado la conciencia mística posee una luz interior que le permite contemplar el fundamento profundo de las cosas. Con su aguda conciencia de lo divino, los contemplativos adquieren una visión mística que les permite apreciar la connotación espiritual de lo existente. Es lo que William Blake sugería al decir que se trata de “ver un mundo en un grano de arena”, capacidad perceptiva de sentir en la manifestación de lo viviente su connotación mística, que autores como Halal-udin Rumi, fray Luis de León, san Juan de la Cruz, William Wordsworth, Rabindranah Tagore, Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges, Francisco Matos Paoli, Karol Wojtyla y Tulio Cordero revelan con ese grado superior de iluminación mística. La conciencia espiritual, base de la visión mística, enseña a intuir la verdad, experimentar la belleza y valorar el bien, los tres grandes valores del Humanismo trascendente. Y, desde luego, los valores sutiles del misterio divino. El lenguaje objetivo, representativo o discursivo, da cuenta de la realidad sensorial, referencial y tangible, en tanto expresa la correlación entre la cosa y la idea que la representa. El lenguaje subjetivo, imaginativo y metafórico, apuntala la realidad imaginaria en tanto expresa la invención de la imaginación. En cambio, el lenguaje interior, deíctico y simbólico, da cuenta de la realidad trascendente, dimensión suprasensible de lo real que alude a la vertiente interna y profunda de lo existente. Cuando las Musas (según los antiguos griegos), el Espíritu (según los espirituales hebreos) o la Voz de la sabiduría universal (según los neoplatónicos), dictan sus revelaciones a los elegidos, les habla al interior de su conciencia en un lenguaje generalmente inefable, que el alma comprende con sus sentidos interiores, como la intuición, la imaginación y la memoria. En ese nivel entran en juego las voces y visiones de los místicos o el llamado que escuchan los amanuenses de la sabiduría universal, pero hay que precisar que, aunque esas expresiones trascendentes se manifiestan en una conciencia alterada, tienen un sentido sublime que escapa al control del lenguaje ordinario y aun cuando proceden de las altas esferas del Numen, vinculadas con los efluvios suprasensibles, tienen unas connotaciones espirituales que la conciencia superior, aunque se trate de formas inefables, no puede subestimar. De esa experiencia interior de la conciencia han testimoniado grandes místicos, iluminados y poetas. Desde luego, hay que descartar las visiones imaginarias y los delirios alucinatorios de los orates para no confundirlos con las experiencias religiosas de los contemplativos auténticos. Cuando se produce la alteración de la conciencia, se altera la percepción de lo real y el lenguaje se vuelve inoperante. En cambio, cuando los místicos operan a la luz de la gracia divina, se ilumina su conciencia y perciben la llama de lo divino con una clara iluminación espiritual. La “palabra sustancial”, de la que hablan iluminados y místicos, es una expresión de la contemplación pura de los elegidos cuya intuición atrapa la esencia de sus revelaciones trascendentes. Al respecto, escribió Mons. Francisco José Arnaiz: “La verdad es “logos”, que crea “diálogos”, comunicación y comunión; rescata al ser humano de opiniones y sensaciones subjetivas; le permite llegar más allá de las determinaciones culturales e históricas. En el contexto actual de realización de lo verdadero, vivir el amor en la verdad lleva a comprender que la adhesión a los valores del Cristianismo es un elemento útil e indispensable para la construcción de una buena sociedad y de un verdadero desarrollo humano integral” (9). El logos, aliento divino en lo humano, se encarna en la palabra para usufructo de los hablantes. Desde luego, para usufructuarlo con provecho, el canal ha de ser adecuado y transparente. En su vertiente conceptual, empañan y bloquean una buena verbalización del logos las manifestaciones negativas como miedos, prejuicios, resentimientos, pesimismos, mezquindades y otras expresiones deleznables del comportamiento humano. La moral y la virtud, por tanto, favorecen la captación de la “palabra sustancial” del logos. En su vertiente formal, empañan y bloquean la realización plena del logos un lenguaje deficiente, impropio, oscuro, procaz y degradado junto a otras manifestaciones entorpecedoras de la expresión. La gramática es un requisito del adecuado trasvase de la dimensión interior del logos. Por eso desde los tiempos antiguos se ha encomiado el buen decir, paralelo al buen pensar, connatural al logos. Por esa razón decía Plutarco que las almas no son vasos que se han de llenar, sino antorchas que se han de encender. El lenguaje normal canaliza las intuiciones de poetas y científicos, así como los pensamientos, emociones y deseos. Como potencia creadora, la Energeia de que hablaba Aristóteles, esa potencia del espíritu, funda el decir que genera su forma expresiva, su técnica compositiva y sus símbolos dicientes que repite o recrea la experiencia humana acumulada en la lengua, la historia y la cultura. Energía creadora, contemplación y deificación No es una simple metáfora decir que las almas se encienden con la llama de la luz divina sino una realidad que testimonian los que han experimentado la experiencia religiosa o la vivencia de la experiencia mística. Las almas se iluminan con la potencia del Logos. El Numen que enciende la llama del espíritu, también atiza la energía de la lengua mediante el aliento del Logos. Se trata de la potencia interior que hace sentir en el espíritu el torrente proveniente de los efluvios cósmicos de la cantera del infinito. Con imágenes que el lenguaje convierte en formas simbólicas, el sujeto lírico experimenta visiones interiores que la palabra formaliza en poesía, como hizo William Wordsworth en los versos inspirados en “narcisos danzantes” (10): “Pues a menudo, / cuando yazgo en mi diván/con ánimo vacante o pensativo /destellan sobre el ojo interior/ que es la dicha de la soledad: /y, lleno de placer, / mi corazón con los narcisos danza”. Así les acontece a los poetas contemplativos cuando experimentan destellos de intuición mística en los estadios profundos de su vivencia trascendente. En el extremo límite del habla comienza a operar el lenguaje de la lírica extática en el que sus balbuceos traducen los enigmas verbales de las sensaciones inefables. Cuando el disfrute de la belleza y la pasión traspasan el umbral del misterio, la verdad mística se hace cifra secreta que una conciencia intuitiva experimenta y vive. Entonces la conciencia inferior se vuelve conciencia interior y la mente descubre verdades profundas que el lenguaje poético revela en su hondura intangible (11). De esa manera, la conciencia del sentido se ilumina ante el sorprendente resplandor de lo viviente. Aflora el dolorido sentir que interroga el sentido, una forma sutil de indagar el ámbito que traspasa el límite de lo sensorial en pos de la belleza sublime. Cuando la iluminación mística alumbra el fundamento profundo de las cosas se puede efectivamente ver “un mundo en un grano de arena”. Entonces el lenguaje no es sólo forma y figura, sino sustancia y sentido, belleza y verdad: “Oh cristalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados/ formases de repente/ los ojos deseados/ que tengo en mis entrañas dibujados” (12), cantó con emoción el místico de Fontiveros. Desde luego, hay que sentir esa mirada interior para ver y entender las verdades profundas, las verdades eternas. El plano interior de la contemplación, cuando postula estadios de altos niveles de conciencia, no puede ser aprehendido por el lenguaje ordinario. El mismo lenguaje simbólico, que se aproxima al ámbito inefable de la experiencia extática, no sirve del todo para dar cuenta de lo que experimentan los contemplativos en sus vivencias indecibles. Con razón dijo Evelyn Underhill que allí donde el filósofo argumenta y el poeta intuye, el místico experimenta y vive (13). Las actividades ordinarias de los diferentes oficios del vivir cotidiano distan del quehacer que genera estados de conciencia afines a las disciplinas del espíritu ya que estas sitúan a sus ejecutantes en niveles trascendentes. Desde luego, algunas actividades acercan y otras distancian del mundo interior de la espiritualidad. Cierto que todas las personas han tenido la ocasión, en circunstancias especiales de su vida, de sentir el flechazo del misterio y disfrutar el fulgor de la belleza y, sin duda, han sido apelados por el enigma de lo desconocido y el llamado de la trascendencia; pero de ahí a profundizar en esas apelaciones interiores hay un gran trecho, que los místicos y teopoetas han surcado con singular fascinación. Algo similar acontece con el lenguaje de la “deificación”, del que hablaba san Juan de la Cruz, que tuvo fecundas experiencias contemplativas y vivió el arrebato místico, como revela su poesía cuyas construcciones simbólicas aluden a la conciencia de lo Absoluto. A esa peculiar vivencia del espíritu apunta Dante Alighieri en La divina comedia al intuir el aire sutil del Paraíso (14): “S′io era sol dime/ quel che creaste novellamente,/ amor il ciel governi, /Tu il sai,/ che col Tuo lume mi levaste”. (“Si yo era solo aquello /que creaste nuevamente, /Amor que cielo rige, / Tú lo sabes,/que con Tu luz me elevaste”). La irradiación espiritual del Logos, que la poesía mística capta y expresa en la sustancia del poema con la mediación del símbolo, funde emoción y concepto en el estado de la contemplación teopoética. De ahí la plasmación, en la creación lírica, de la vivencia que hace posible la intuición de verdades profundas y la belleza suprema bajo la inspiración del Amor sutil, como la Llama de amor viva (15) del místico poeta abulense: ¡Oh llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro! Pues ya no eres esquiva, acaba ya, si quieres; ¡rompe la tela de este dulce encuentro! La eximia poeta catalana, Clara Janés, alude simbólicamente al misterio de lo Eterno cuando, en procura de su mejor tú, busca la esencia del ser profundo en los cautivantes versos de “Rosas de fuego” (16): El amor me recubre, Sostiene el agua clara en mi conciencia. Mi ser en sombra, sometido a mansedumbre, brilla, que toda sombra ya hacia el Ser regresa. Los ojos del Amado me contemplan. El rol del logos en la gestación de la conciencia, que la palabra formaliza en las intuiciones de las creaciones verbales, discursivas y literarias, expresa en diversas formas y vertientes, los niveles de conciencia según el desarrollo interior de la persona; el aliento del espíritu, heraldo de la vocación mística por la trascendencia; la intuición espiritual que permite acceder a la realidad trascendente; la conciencia de lo Absoluto, estadio culminante del espíritu; y la deificación de la interioridad. En esas operaciones intelectuales, psicológicas, estéticas y espirituales, expresiones auténticas del logos, la palabra revela diversas funciones, que se pueden manifestar: a) como catarsis o purificación de la conciencia; b) como sublimación de anhelos y proyectos; c) como testimonio de la valoración de lo viviente; d) como impulso o creación de la realidad estética; e) como combate o rechazo a la realidad indeseable; f) como transustanciación de cuanto fecunda la palabra: g) como exaltación de lo que asombra y edifica; h) como creación de belleza ante el esplendor de lo viviente; i) como índice de verdades intuidas y reveladas; j) y como iluminación mística del Mundo. Para concluir, puedo sintetizar algunas intuiciones lingüísticas sobre el logos en el desarrollo de la conciencia en los siguientes términos: 1. La lengua, fundamento de nuestra cultura, encarna la potencia del logos, como energía interior de la conciencia y base primordial de nuestras operaciones intelectuales, morales, estéticas y espirituales. 2. Con la mediación de la palabra, el logos conlleva la capacidad para formalizar el sentido trascendente bajo el horizonte numénico implícito. 3. El logos comporta, como han enseñado iluminados del Cristianismo, la Khábbalah y el Sufismo, el cauce vinculante con lo divino, gracia que enaltece la condición humana. 4. La energía del logos viabiliza la capacidad para intuir, pensar y conceptualizar verdades profundas con la belleza sublime. 5. La potencia creadora del logos permite canalizar la dimensión interna y mística de lo viviente mediante formas verbales primorosas. En tal virtud, como enseña Helena Ospina, es preciso “trascender la palabra para que vaya al encuentro del espíritu (...). El espíritu es el que crea vínculos capaces de superar “la letra”. La pura letra mata. El espíritu es el que da vida. Llevando esto al campo de la poética podemos decir que la poesía reducida a mero formalismo es “letra muerta”. La poesía abierta al espíritu trasciende”. Con razón, la poeta colombiana recomienda: “Captar en las palabras la Palabra, el Logos mismo” (17). En su expresión verbal, el logos sintetiza la onda numénica de la cultura, el fundamento conceptual de la cosmovisión y el talante de la idiosincrasia colectiva. La potencia creadora del logos ilumina el desarrollo de la conciencia, el sentido de las cosas y el vínculo trascendente. La palabra establece, por tanto, el nexo entrañable entre la realidad y el hablante a través del logos que da voz y sentido a lo existente. En tal virtud, el logos se manifiesta en la palabra como: 1. Vínculo numénico o medio de relación con la fuente de la sabiduría universal, base de la cosmovisión pautada en el genio de la lengua. 2. Vínculo divino o medio de relación espiritual con la Energía Superior del Universo, base del sentido trascendente. 3. Vínculo humanizante o medio de relación verbal, base de la comunicación social. En un antiguo dicho védico, leemos: “En la vasta expansión de mi conciencia / aparecen y desaparecen infinitos mundos, como pequeñas motas de polvo / que bailan en un rayo de luz”. Es una manera de aludir a la memoria cósmica o sabiduría universal que plasma el logos como expresión fecundante del Espíritu, alma del lenguaje y del sentido, que encarna la conciencia mística con la llama creadora del Espíritu. La poesía, como conciencia lírica del logos, es el alma del lenguaje, la belleza y el sentido. Miguel de Unamuno, que entendió la urdimbre espiritual de la lengua, en “La palabra” exalta la función del Logos en la condición humana: Llave del ser fue en un principio el Verbo; por él se hizo todo cuanto muda. Y el verbo es la cadena con que anuda Dios los dispersos granos de su acervo. Por él el hombre deja de ser siervo; se vale de él en la batalla ruda; y en él la apaga cuando su alma suda como en la fuente, tras de acoso, el ciervo. ¡Sea de Dios santificado el nombre! Que es Dios también, pues fue con la palabra como creara el Mundo, en un principio. con la palabra, como Dios, el hombre su realidad e ideas forja y labra. Nunca la profanéis a huero ripio (18). El sacerdote y poeta guatemalteco Gustavo González Villanueva, en su poema “El largo gemido” (19), enfoca la gestación del Verbo en la operación humana con un sentido de hondura, belleza y trascendencia: En el largo gemido de ese Verbo que taja antiguo y nuevo en tiempo pleno, encuentra mi rumor, adolorido, la voz que no adivino por el bosque. (-Cierra los ojos. Calla. Adéntrate en el bosque, seguro está: ahí se halla). Y el poeta dominicano Hugo Tolentino Dipp, en Palabra nueva (20), intuye el alcance del logos en la creatividad humana, en un recuento lírico y simbólico de la palabra en la historia: Desde la simple invención de la palabra, tartamudeada, tuvo el poeta un hontanar naciente para la flor, el fuego, el agua. Tuvo el poeta matriz de la canción inédita, raíz de la quimera, estirpe del dolor, pregón de la condena, del amor su apetencia, de la esperanza el anhelo. Tuvo el poeta legado y encomienda, anuncio y sino, voz de profeta que presagia el porvenir del verso. Tuvo el poeta acompasado acento, toque quedo, fina lama, conmovedor susurro de plegarias, volcán que ruge y truena, incendio que acontece en la exaltante brega de la palabra trascendida, de la palabra nueva. Cuando nuestra palabra se impregna de la energía espiritual del Logos, la mente se contagia de entusiasmo para hacer algo grandioso y creativo; aflora la llama del amor sutil para abrazarse a las corrientes más puras de la vida con su belleza y su sentido; y se llena de la mirada luminosa que capta y siente en el espíritu los efluvios de la trascendencia. Notas: 1. Cfr. Werner Jaeger, Paideia: Los ideales de la cultura griega, México, FCE, 1971, 2da. edición, pp. 10, 179, 180. 2. Cfr. André Martinet, Elementos de Lingüística General, Madrid, Editorial Gredos, 1973, p. 45. 3. Bruno Rosario Candelier, El Ánfora del Lenguaje, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua, 2008, p. 234. 4. Cfr. Gershom Scholem, Las grandes tendencias de la mística judía, México, Fondo de Cultura Económica, 1996, 2da. edición, p.27. 5. Cfr. Benedicto XVI, Encíclica Deus est charitas, 2008. 6. Northrop Frye, La estructura de la obra literaria, Caracas, Monte Ávila Editores, 1977, pp. 60ss. 7. Cfr. Werner Jaeger, Paideia, p. 181. 8. Platón, La República, 586. 9. Mons. Francisco José Arnaiz, S.J., “Introducción iluminadora”, en Listín Diario, Santo Domingo, 8 de agosto de 2009, p. 9-A. 10. William Wordsworth, “Los Narcisos”. 11. Evelyn Underhill, La Mística: Estudio de la naturaleza y desarrollo de la conciencia espiritual, Madrid, Trotta/Centro Internacional de Estudios Místicos, 2006, p. 322. 12. San Juan de la Cruz, “Cántico espiritual”, en Obra Completa, Madrid, Edición de Luce López-Baralt y Eulogio Pacho, Alianza Editorial, 1999, p. 15. 13. Evelyn Underhill, La Mística, citado, p.38. 14. Dante Alighieri, La Divina Comedia, “Paraíso”, 1, 73. 15. San Juan de la Cruz, “Llama de amor viva”, en Obra Completa, citada, p. 19. 16. Clara Janés, Rosas de fuego, Varanasi, La India, Índica/Aranyakas, 2004, p. 86. 17. Helena Ospina, “Arte y persona en Bartolomé Lloréns”, ponencia presentada al Congreso de Literatura Hispanoamericana, celebrado en la Academia Colombiana de la Lengua, Bogotá, 7 de noviembre de 2008. Inédito, p. 7. 18. En J. García L., Literatura española: Antología, Barcelona, Teide, 1967, p. 99. 19. Gustavo González Villanueva, La pena del tiempo, San José de Costa Rica, Promesa, 1998, p. 52. 20. Hugo Tolentino Dipp, Palabra nueva, Santo Domingo, Editora Búho, 2009, p. 9. |
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