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  jueves, 11 de marzo de 2010
Realidad, conciencia y creación poética en Guillermo Pérez Castillo PDF Imprimir E-Mail
Guillermo Pérez Castillo es uno de los creadores fundamentales del Movimiento Interiorista. Establecido en su provincia natal, Puerto Plata, asume y recrea el mundo de las sensaciones naturales con los efluvios sobrenaturales que nutren su creación poética desde la onda espiritual y estética de su visión interior, honda y entrañable, que potencia su decir.

Este valioso poeta dominicano nació el 10 de junio de 1940 en Puerto Plata. Licenciado en Educación, ejerció el magisterio durante 35 años y ha hecho vida social y cultural en su ciudad natal. Coordinador del Grupo Literario “Virginia Elena Ortea”, Dirigente Nacional del Ateneo Insular y cultor del Movimiento Interiorista, ha editado los opúsculos Origen del pez espina y Por estos caminos (1), donde aplica el ideario interiorista de la creación, que el autor asume, potencia y promueve. Insondable acecho reúne su obra poética realizada bajo la inspiración de la estética interiorista.

Entre los escritores del Movimiento  Interiorista, Guillermo Pérez Castillo se distingue, como dije al presentarlo en la Antología del Ateneo Insular (2), por ser un creador de cautivantes intuiciones líricas con una fértil imaginación luminosa y sensual. Su lírica es trascendente con claros aciertos en la elaboración del poema contemplativo impregnado del alto sentido de la belleza y el misterio.

Las limitaciones materiales jamás se sobreponen a la manifestación de sentir ya que la sensibilidad opera abiertamente como esponja porosa a lo viviente. Al poeta le bastan sentido y espíritu para gestar su razón de amor o de ‘locura’ y asir lo sensible y lo inteligible del Mundo a favor de su contemplación y su creación, como ha demostrado con creces Guillermo Pérez Castillo.

La creación poética tiene su base en la realidad, que José Luis Borges tildaba de invisible, porque la verdadera realidad no se puede ver o tocar como se toca un árbol o se mira una flor. El reino de la poesía se finca en el ámbito intangible, interior y profundo de la realidad cuya esencia es tan metafísica como el Logos o el Nous de que hablaban los antiguos griegos. La poesía, en tanto expresión de lo inefable, conforma una creación que funda en imágenes los efluvios del ser, haciéndola sensación y misterio para disfrute de la inteligencia y la sensibilidad. La creación poética, como producto estético, es igual y diferente a la realidad que la inspira, generando una energía interior que hace sentir en el espíritu.

La voz de la poesía es un lenguaje secreto al que acceden los iniciados. Y, por tal razón, su esencia no la pueden aprehender los que no sienten la apelación del misterio o quienes se quedan en la periferia de fenómenos y experiencias. La búsqueda del poeta es espiritual y trascendente y así lo siente y lo expresa poéticamente nuestro poeta cuando puede decir:

La luciérnaga
escribe luz…
No te ves
tan a oscuras que andas…
(“Transgresión”)

La lírica de Guillermo Pérez Castillo entraña la exploración de la frontera entre la realidad y el misterio, ese margen inasible y enigmático que desborda los sentidos y reclama la intervención de los poderes interiores para apreciar lo desconocido, aguijón que hinca sus pinzas en la sensibilidad trascendente, como se ve en “De espejos”:

Frágil a huir
en su delirio
Flor que se mira
en agua que se ausenta
¿La nada es algo en este espejo?

Si la realidad que asumimos como válida y que estimamos palpable no es esta sensorialidad fugitiva y traviesa, ¿por qué magnificamos su expresión tangible? ¿Es ilusorio este tránsito insumiso? La duda de Calderón aflora y el poeta lo sabe:

Agua náufraga
cayó tu dinosaurio azul
sobre la piedra.
(“Al Camú”)

A veces, estando el hombre en el estadio de la contemplación y el silencio, se alucinan los sentidos y, en una identificación emocional, nos percatamos del fluir de las cosas. Y la apelación de lo real en su sentido profundo nos llama con su silente voz. Es la percepción de lo extraño que nos delimita y confina. Esa percepción inefable, insonora y sublime, que nos desconcierta cuando la recibimos a través de sueños o revelaciones, sirve a la más callada de las emociones. Y en la vivencia de la contemplación hallamos la vía para saciar esta sed profunda de amor y de misterio que demanda el alma con la misma intensidad con que el cuerpo devora lo apetecible.

El poeta tiene a su alcance imágenes y símbolos para expresar lo que conmueve su sensibilidad y para darnos una idea de lo que acontece en su interior profundo, contemplando el céfiro y quedando atrapado en su delirio. Se ausenta su conciencia y se disuelve su ser en lo contemplado:

Por la hendidura grácil
encendida
unos ojos finísimos de un céfiro
me entrampan
me empozan en la pared
soy yo el que ocurre
el que se disipa
sólo que no estaba y he vuelto…
(“Transfiguración”)

En la auténtica contemplación, la identificación es plena y rotunda, íntima y perfecta con la realidad de lo contemplado, según refleja en “Sueños”:

Si no has soñado
no sabes cómo el ocaso
envuelve el corazón
y lo entraña fluyendo
como un óleo arraigado
Tú que no sabes de sueños
no has sentido cisnear el viento…

Para muchos la flor del loto es símbolo de pureza en medio del fango donde florece. Podría ponderarse, según la estimación lírica de Pérez Castillo, como un símbolo de lo sutil en medio de las condiciones adversas. En “Loto”, consigna su interpretación lírica:

Entre rizos del agua
laguna silente
antro de oscuridad…
Eludiendo la iniquidad del lodo
emerges mística para besar la luz.

Quizás el poeta esté reflejando con el símbolo del loto la condición abyecta con que algunas personas contagian su delirio contra las acometidas impiadosas del mal o contra las nefastas desviaciones de la conciencia a las que alude simbólicamente al citar al loto que emerge del lodo con su anhelo de luz. Es una forma lírica y simbólica,  metafísica y estética, de sugerir las implicaciones profundas y trascendentes, al enfocar la dimensión de la realidad interior en la conciencia humana, centro inspirador de la lírica del poeta puertoplateño.

Percibimos la realidad como somos interiormente. La realidad emite señales de su manifestación sensible y fluidos de su dimensión suprasensible para que tengamos una aprehensión sensorial, imaginativa y espiritual completa. Y, sobre todo, para que podamos sentirla, comprenderla y valorarla. En su expresión sensible, la realidad es objetiva, abierta y simple, pero la percepción de la realidad es subjetiva, interna y compleja. La realidad objetiva fundamenta la verdad de hecho y la realidad subjetiva sirve de apoyo a la verdad de juicio. La verdad de hecho la comparten todos por su condición objetiva, pero la verdad de juicio suele ser personal y, por tanto, no siempre goza de una aceptación general. Pero acontece que a menudo confundimos las verdades y en la confluencia de intereses cada uno percibe de la realidad la dimensión que le afecta interiormente. En tal virtud, la interpretación de la realidad, que la determinan actitudes, prejuicios y creencias, condiciona la percepción concreta de la realidad. Si a esta posición añadimos que la realidad tiene una dimensión material y otra espiritual, se multiplican sus manifestaciones y, por consiguiente, las posibles interpretaciones y, por lo tanto, son también variadas las apelaciones y las estimaciones.

Así, a la hora de valorar la obra poética de un creador, conviene fundarnos en las dimensiones esenciales que dan fundamento a la creación poética de un autor. En el caso de Guillermo Pérez Castillo, en cuanto a las apelaciones que mueven su inteligencia y su sensibilidad, apreciamos las siguientes manifestaciones:

1. Tiene una inquietud intelectual y espiritual limpia y genuina: le concita el silencio y la contemplación para sentir y disfrutar los efluvios del Cosmos.
2. Le atrae el reto de indagar la dimensión secreta y profunda en la frontera entre la realidad y el misterio.
3. Va más allá de la apariencia sensorial, superando fenómenos y experiencias para dar con el sentido de lo existente.
4. Le seduce la belleza sensorial y la belleza espiritual que pretende asir en el poema.
5. Entiende que la realidad repercute en la conciencia por lo cual es necesario lograr una genuina percepción de lo real, para una correcta interpretación y valoración.
La dimensión que identifico como cosmovisión,  es decir, la visión de la vida, la historia y el Mundo, se manifiestan en este autor de la siguiente manera:
1. Cree en la virtud creativa de la palabra, la vocación artística y el crecimiento del espíritu.
2. Entiende que la creación poética, tanto como expresión de la belleza y el misterio, es un medio para formalizar la visión esencial de las cosas.
3. Valora la creación de verdades poéticas como una manera de testimoniar la dimensión metafísica de la realidad.
4. Concibe la creación poética como un canal de expresión de lo interior y lo esencial de las cosas con una dimensión lírica, estética y simbólica.
5. Fija su atención en realidades visibles que aparentan terquedad o dureza para significar, simbólicamente, su cordial disposición de apertura interior y armonía entrañable.
En cuanto a la sensibilidad, la faceta más entrañable para la valoración de un creador, refleja en nuestro poeta los siguientes aspectos:
1. Tiene una percepción caudalosa, abierta y porosa a lo existente.
2.  Posee la capacidad para experimentar empatía y piedad por lo viviente.
3. Revela un despliegue sensorial múltiple: sensibilidad estética, cósmica y espiritual.
4. Despliega las antenas de sus sentidos físicos y sus sentidos metafísicos para captar la realidad en sus diferentes dimensiones y texturas.
5. Experimenta una identificación sensorial, afectiva, imaginativa, intelectual y espiritual con la presencia viva del Cosmos.
La sensibilidad de Guillermo Pérez está dispuesta para percibir la dimensión espiritual, misteriosa y sorprendente de la realidad y le atrae su vertiente inusitada con intención simbólica:

Transcribo del color esta intimidad:
la mariposa es un vuelo de la mirada
Mis ojos divagan este rapto furtivo
Es un lapsus de lo tangible
esta sombra…(“Reedición”).

La realidad interior que concita la sensibilidad espiritual de nuestro poeta y el mundo interior que revela su poesía, es una forma estética y simbólica de desentrañar el sentido oculto que apela su conciencia. El poeta puede incluso aparentar insensible, con un corazón cerrado y duro, pero su expresión no lo traiciona. Tiene la ternura dispuesta para sentir con caricia sutil y compasiva lo que enaltece y conmueve y cuando advierte que alguna criatura terca y taciturna, como el caracol, reclama su atención, su disposición emocional se potencia en expresiones dulces y amorosas y se proyecta su intimidad sensible y empática, dirigiéndose al molusco en un plano de comprensión y cariño, como en “Caracol”:
 
Estoico caracol
ternura y piedra
Beso duro del tiempo
que no tiene palabra...

A Pérez Castillo le mueve una honda y limpia curiosidad intelectual. Su ansia de saber, su más hondo anhelo erótico en el sentido griego, que es el anhelo de sentir el Mundo en su plenitud viviente, lo lleva a inquirir por el espejo en que se mira el alma y en sus indagaciones líricas percibe el mar como un cielo invertido, como un espejo de lunas, cazador de crepúsculos. Y logra la expresión sintética, la integración condensada, en un fluir estético y metafísico, con la integración armoniosa de lo intelectual, lo sensorial y lo afectivo en una unidad de pensamiento, sensación y sentimiento.

El poema que da cuenta de la más honda meditación lírica del Mundo en Pérez Castillo es “Cementerio de la tarde”, que testimonia la validez del ideal interiorista y el impacto de la Naturaleza en la conciencia del creador. El poema confirma, además, la vivencia de una experiencia trascendente y su plasmación lírica y estética, simbólica y metafísica desde la impronta de la sensibilidad en la conciencia, que es un aporte fundamental de la estética interiorista.

Esta creación poética, en efecto, consolida y potencia el rumbo de la estética interiorista. Como creador de belleza lírica y de belleza trascendente, Pérez Castillo es uno de los diez autores que le dan firmeza y esplendor al Movimiento Interiorista. Lo que acabo de escribir lo sostengo a partir de su mejor poema, “Cementerio de la tarde”, ejemplo luminoso de la visión interior con que nuestro poeta asume la realidad que sus ojos contemplan. “Cementerio de la tarde” (3), es un crisol de su sensibilidad espiritual y estética. Con su poema se pone en evidencia el talante lírico, contemplativo y metafísico de este valioso creador dominicano.

En este singular poema se plantea la interacción entre el hombre y las cosas. El poeta sabe que la saturación de los sentidos alumbra la conciencia. En su contacto con los elementos, en su vivencia sensorial e imaginativa, el emisor de estos versos dialoga con fenómenos y elementos, con la luz y la sombra -los dos polos en tensión de su lírica-. En su vinculación emocional con las criaturas, logra la convivencia sensorial que plasma en este poema contemplativo:

Un vaho blanquecino
entre árboles dormidos
y un leve Sol desparramado.
El mito de la tarde
aún existe…

En su búsqueda poética el sujeto creador, con el pretexto de rehacer la realidad que captan sus sentidos, siente que su yo se disuelve en las cosas y deja de ser él para ser la rama o la flor en una compenetración emocional, sensorial e imaginativa. Su yo se funde en las sensaciones múltiples mediante imágenes que le permiten asir y expresar su sentir con cálido acento evocativo y tierno:

Algo hay de mí
en sus verdores apagados
en esas manchas solitarias
en ese gris
transido en rostros.
Pretendo la soledad pero todo me asiste:
sólo entre ramas y azahares
hay una multitud insólita.

En su contemplación lírica el poeta explora la realidad y reflexiona. “Cementerio de la tarde” entraña una experiencia trascendente de honda repercusión en la conciencia. Y en ese estadio de vivencia espiritual y estética, el poeta recupera parcialmente la conciencia de sí mismo y su yo vuelve a su centro para cuestionar el Mundo, el sentido de fenómenos o el rol de criaturas y elementos. Y la razón de ser de lo existente:

¿Es vivir ser parte de las cosas?
Busco las moradas donde asirme
como quien se niega a sucumbir
y sigo con la tarde
descrita en luz de luciérnagas
que transitan horadando la oscuridad.
Mis corceles asidos de dioses cabalgan
y todavía la tarde es luz podrida
cementerio azul
ráfagas inmóviles de alas.

Nuestro poeta crea sus propios símbolos, sus símbolos predilectos -‘cocuyos’, ‘cirios’, ‘espejos’-  para representar la búsqueda de la luz en el desconcierto de la sombra y el misterio, ámbito contrapuesto de la realidad que su sueño de poeta recrea en su fuero imaginario, en el combate estético contra el vacío, la soledad o la nada y que por lo tanto devienen, en su expresión lírica y estética, formas de búsqueda de lo Absoluto:
 
Y retengo en mis manos la tarde
abrevada pero cierta
llena de mariposas sombrías
cocuyos fugaces
y un tropel de alas en el sueño
en las lindes de mis ángeles…
Tarde que es un espejo
un pasadizo por donde huyo
a encontrarme con mis dioses.

El poeta sabe que la tarde es la víspera de la sombra, el anticipo de la hora en que la luz se ausenta y adviene la nostalgia y el misterio. Detiene la tarde como una forma de conjurar y detener el tiempo fugitivo. No quiere la luz pasajera y huidiza; anhela la otra Luz, la que ansía el interior profundo, la que reclaman las ínsulas extrañas cuando la persona está sumida en el estadio zozobrante de su noche oscura, según la feliz expresión del santo poeta y místico de Ávila, san Juan de la Cruz. En su intento de recuperación, el poeta expresa su inquietud ungido de nostalgia:

La tarde que urdo y despojo
en arcoiris extintos
es ésta de luz fallida
de soles oscuros
que fulguran los espejos
tiempo detenido que mitiga la luz
la célibe tristeza
de los ojos que entrenan sus soles
sus cirios apagados.
Ojos de una instancia
donde todo es el chasquido
de hojas magulladas
desde antes que el tiempo
creara su tortuga
su horóscopo de sangre.

En su réplica infinita, como una forma de orillar lo que la honda apelación reclama, el poeta concluye su impresionante poema con una interrogante para apuntalar lo que sugiere la pregunta retórica y, mediante una sugerencia sutil, da rienda suelta a su capacidad evocativa con resonancias múltiples:

¿Qué tiempo
no ha existido aniquilándose?
¿Qué tarde no fue esta tarde
sólo porque mis ojos la negaron?(4).

Estamos, en fin, ante un auténtico poeta que sabe articular en su expresión, con elegancia y hondura metafísica, las apelaciones que sacuden su sensibilidad trascendente, desde el interior de la belleza y el misterio, canalizada en imágenes densas, intensas y cautivantes.

Podemos sintetizar los aspectos destacables en la lírica de Pérez Castillo en los siguientes términos:

1. Comunica lo que captan sus sentidos en contacto con las cosas desde su honda sensibilidad empática y profunda.
2. Hace de su expresión poética la creación de imágenes que resaltan la belleza y el misterio para deleite de la inteligencia y la sensibilidad.
3. Expresa la dimensión espiritual, interna y misteriosa de la realidad.
4. Su expresión poética revela una ardiente sensibilidad doliente y amable.
5. Su talante lírico, pozo de su sensibilidad espiritual y estética, traduce el impacto que las cosas producen en su interior con esa manera singular y peculiar de vivir poéticamente el Mundo.
Guillermo Pérez Castillo ha dado aliento y brillantez al ideario estético del Interiorismo y su lírica apuntala, desde su órbita entrañable, la propuesta de creación que ha introducido una nueva sensibilidad en el cultivo literario abriendo un nuevo surco caudaloso y fecundo en el horizonte intelectual y artístico de las letras dominicanas.

Bruno Rosario Candelier
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, Ciudad Colonial, 11 de febrero de 2009.


Notas:
1. Los textos citados de Guillermo Pérez Castillo, Por estos caminos y Origen del pez espina, fueron editados por el autor con formato artesanal, en Puerto Plata en el año de 1993.
2. Bruno Rosario Candelier, El Movimiento Interiorista, Moca, Ateneo Insular, 1995, p. 342.
3. Este poemario, Insondable acecho, reúne la obra poética de Guillermo Pérez Castillo.
4. “Cementerio de la tarde”, en Bruno Rosario Candelier, en La Creación Interiorista, Moca, Ateneo Insular, 1997, pp. 313-314.
 
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