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  martes, 09 de febrero de 2010
Rafael González Tirado: Palabras para compartir PDF Imprimir E-Mail
Los pueblos disponen de recursos para nombrar y calificar, expresar acciones y matizarlas con las complementaciones correspondientes. Talento e imaginación que permiten actuar en el seno de la sociedad en que se desenvuelven (Rafael González Tirado, Palabras para compartir).

Rafael González Tirado es uno de los doce lingüistas dominicanos que forman parte del cuerpo literario de la Academia Dominicana de la Lengua. Autor de ocho libros sobre nuestro lenguaje, ha consagrado su talento al estudio y la promoción de los valores que dan sustancia y esplendor a nuestro sistema de comunicación verbal (1).

Nuestro país y, en particular esta Academia Dominicana de la Lengua, tiene una deuda moral con Rafael González Tirado porque se trata de un estudioso que ha sido:

•    Ejemplo de consagración intelectual, profesional y familiar, dedicado en pensamiento y entrega a la promoción de sus conocimientos.
•    Modelo de inspiración, con un invariable sentido ético y una actitud de equidad, respeto, orden y disciplina a favor del desarrollo intelectual, moral, estético y espiritual.
•    Paradigma en el cultivo de los valores humanos esenciales mediante la ponderación de una ciencia humana, la lingüística, a la que ha ofrendado su tiempo y su creatividad, sacrificando a veces su propia profesión, la abogacía y su vocación entrañable, la poesía.

Decía Johann Wolfgang Goethe que “Si se mira correctamente, toda forma es hermosa”, para significar que todo tiene una forma y un sentido. Lo peculiar de las personas y las cosas es su forma que, como toda forma, manifiesta el contenido. Desde el punto de vista lingüístico  podemos, en consecuencia, hablar de una forma del contenido y una forma de la expresión, como decía Hjemslev. La armonía entre la forma del contenido y la forma de la expresión es la perfección de lo existente. Si aplicamos ese criterio al lenguaje y a la labor lingüística de González Tirado, inferimos que él ha sido consecuente con ese postulado de la ciencia del lenguaje. En su trabajo lingüístico, nuestro autor le ha prestado atención al vocabulario, en su definición; a la sintaxis, en su formalización; a los sonidos, en su pronunciación y a la ortografía, en su corrección.

Esta nueva obra de Rafael Gonzáles Tirado, Palabras para compartir, en cuya publicación se han unido la Academia Dominicana de la Lengua y el Departamento Editorial del Banco de Reservas de la República Dominicana (2), nuestro eminente académico y laborioso lingüista confirma una vez más su alto aprecio por el sistema de signos y de reglas que distingue la lengua de Castilla.

La labor de investigación y de interpretación lingüística desarrollada por González Tirado ha tenido un enfoque singular, como descubriera nuestro lingüista y académico Manuel Matos Moquete, enfoque que ha sido, justamente, la atención a la dimensión humana en su vínculo con la vida misma. Al respecto escribió Matos Moquete:

Aneja a esas diferentes labores, sirviéndoles de apoyo y fundamento, percibimos la investigación como la labor más decisiva del compromiso de González Tirado con los estudios lingüísticos. Observador permanente de los usos de la lengua, analista e intérprete sistemático, en sus investigaciones encontramos una amplia gama de preocupaciones y de temas, cuyos ejes se articulan en dos orientaciones básicas: una lingüística del uso de la lengua, del habla o la comunicación lingüística y una filosofía y una antropología de la lengua, que se inscriben en el concepto de Charles Bally: el lenguaje y la vida (3).

A González Tirado le inquietan los desatinos de nuestro lenguaje, que concitan su preocupación a favor del cabal desempeño en la formalización de la lengua.  En efecto, en Palabras para compartir  combina en su enfoque expositivo varios rasgos confluyentes: el tono humorístico, el sentido didáctico, el recurso coloquial, la narración de anécdotas y la ilustración persuasiva.

En Palabras para compartir, su autor revela que tiene un conocimiento científico de la lengua y, desde luego, una genuina inquietud para que nuestros hablantes logren el dominio del lenguaje. Cuando piensa en nuestros periodistas, escribe:

Hasta tanto se introduzcan reformas en la educación general y se posibilite mejorar la enseñanza en los centros de formación de comunicadores sociales, el periodista debe recurrir a entrenamientos que le permitan reconocer la forma adecuada de múltiples casos de términos homófonos y parónimos. Urge crear conciencia acerca de los problemas de ortografía y de las estructuras sintácticas, entre otros, para que el redactor pueda asumir una actitud de valoración morfosintáctica y se reduzcan a la mínima expresión los errores gramaticales. Por su parte, la empresa debe organizar cada área con los recursos, mecanismos y personal necesarios para que la prensa sea cada vez más fiel y más creíble; que eleve su crédito profesional en la búsqueda de un periodista de mayor calidad o con “calidad total” (4).

Cuando González Tirado escribe y enseña, piensa en el gran público, en el hablante común, en el lector no especializado y siempre tiene en cuenta el dato lingüístico, el concepto gramatical, la pauta ortográfica o semántica para fundamentar su observación, su corrección o su propuesta.

Con una exposición clara, fluida y elocuente, la expresión fluye, suave, armoniosa, didáctica y amena, en la prosa de este acrisolado escritor que hace del sentido de la lengua el centro de sus apelaciones entrañables. Por eso González Tirado sabe enseñar. Posee el don pedagógico para transmitir, con eficacia y rigor, con dulzura y propiedad, lo que mueve su inquietud lingüística:

Se postula, por ejemplo, eliminación de /x/, /h/, /z/, /c/. Cuando pensamos así, olvidamos que son dos códigos diferentes: el código oral, que corresponde a la lengua, señal para el oído; y el código escrito, seña visual, representación gráfica de la lengua, una aproximación al sistema del habla.

La lengua es esencialmente oral. Nacemos con la facultad para desarrollarla; adaptamos partes de otros sistemas del organismo humano y las convertimos en un aparato de fonación, encargado de transformar el aire espirado en sonidos significativos que traducen nuestras ideas y querencias.

  La escritura es una aproximación a esos sonidos, como lo son también el sistema Morse y el código Braille. Pero no existe una equivalencia plena; sonido y grafismo no se corresponden cabalmente. Lengua y escritura operan con sus propias normas, tienen diferentes formas de manifestarse, diferentes mecanismos de realización.

El sujeto-hablante pronunciará /Jaina/, con aspiración inicial, pero escribirá /H/ aina con /h/. Es decir, no confundirá los códigos. Voy a este ejemplo: J/o/aquín. La grafía /o/ es para la escritura. El código oral producirá /u/ Juaquín (5).

Algo parecido acontece con el origen de las palabras. La ciencia del lenguaje distingue entre etimología popular, generalmente falsa, de la etimología científica, fundada en el conocimiento preciso de las raíces que originaron los vocablos. Con relación a los supuestos orígenes de palabras como mangú, manfloro y chopa, escribe González Tirado:

Por ese desconocimiento, pretenden derivar /manfloro/ de manflower, ‘hombre flor, hombre delicado’. Cuando ese término se deriva de her/mafro/dita.

Asimismo, derivan /mangú/ de mangood, ‘hombre bueno’, sin parar mientes en la estructura del inglés, que coloca de ordinario -y lo digo para ambos casos- primero el adjetivo modificador y luego el sustantivo modificado. Por lo tanto, /man/ debe ir en segundo lugar, no en primero, en este caso hipotético.

Quieren dar el mismo origen a la voz /chopa/, sin prueba alguna de que /chopa/ se haya derivado de shop-shopping, formas que aluden a tienda e ir de compras, pero que no se justifica acomodar como un préstamo léxico (6).

La ingeniosa explicación que nuestro lingüista asigna a la palabra diván, que de su significado original de ‘reunión’ pasó a significar primero ‘asamblea’ y luego ‘mueble’ por asociación, por extensión pasa a denominar un tipo de antología literaria, hecho que le permite al profesor y poeta que se anida en la sensibilidad de nuestro académico, decir:

Casi todo esto del autor granadino y el vocablo /diván/ tiene inspiración en la cultura árabe, incluyendo persa y turca.
/Gacela/ es voz árabe. Define un bóvido, de los antílopes, de tamaño pequeño, muy gracioso y con las astas encorvadas en forma de liras.

/Casida/ es una composición poética árabe y persa, breve y de asunto generalmente amoroso.

El diván del Tamarit, aunque pocos y breves, son poemas para leerse acomodado en confortable asiento. Porque el tema más sencillo da oportunidad a interesantes disquisiciones y abre las ventanas a un mundo de fantasías enriquecedoras (7).

González Tirado enfoca, en Palabras para compartir, múltiples asuntos lexicográficos, fonéticos, ortográficos y gramaticales, ilustrados con hechos de lengua del habla dominicana, especialmente formas de la lengua escrita tomadas de los periódicos nacionales, de las cuales nuestro autor infiere los desaciertos idiomáticos y puntualiza la manera correcta de decir las cosas. Después de señalar varios casos del uso abusivo del vocablo como, anota:

El galicismo de El Nacional dice: “Hay como una campaña sistemática de agravios y descréditos contra la República Dominicana”.

El comparativo /como/ puede eliminarse y el texto no se altera significativamente. Antes al contrario, la afirmación se torna precisa y, además, responsable.

/Como/, en casos similares, es vacilación, duda, determinación de no ofender, no irse demasiado adelante, no malquistarse con los demás.  Es recurso del dominicano por no comprometer su opinión más allá de lo prudente; complejo de no fallar; habilidad para no caer en un gancho.

De ahí la evidente utilidad del /como/ en la resbalosa parla de los criollos. El “comoísmo” es, pues, una institución nacional (8).

González Tirado, como poeta y escritor, sabe que está hablando de un tema no siempre grato al oído del lector, razón por la cual acude a la poesía para ejemplificar numerosos casos de dicción o de léxico, lo que constituye una manera elegante y estética de estimular el estudio y la valoración de nuestro código lingüístico, motor y motivo de sus inquietudes fonéticas, lexicológicas, sintácticas y semánticas. Leopoldo Panero, Federico García y Antonio Machado, entre otros poetas y cantantes, figuran en las páginas de esta obra de divulgación lingüística y corrección gramatical para aligerar el estudio de una materia no siempre agradable al lector. El siguiente pasaje revela el consuetudinario esmero de nuestro autor por la correcta grafía en la redacción de cualquier escritura:

De ahí la calidad del estatuto y el empleo de lenguaje y escritura que pueden enriquecer nuestro acervo lingüístico y ortográfico.

¿Dije acer/v/o? ¿No será con /b/ larga? Por favor, búsquelo en su diccionario, que, mientras tanto, yo quiero testificar cómo dije, a mis quince años, más o menos, no sólo esa grafía. Sino además, cómo un poema de Antonio Machado me enseñó a dudar, hasta en la ortografía, para, con la inquietud que provoca la duda, procurar soluciones o de alguna manera, satisfacer la inquietud: Daba el reloj las doce… y eran doce golpes de azada en tierra…/¡Mi hora! -grité-…El silencio me respondió: No temas; /tú no verás caer la última gota / que en la clepsidra tiembla. /Dormirás muchas horas todavía / sobre la orilla vieja / y encontrarás, una mañana pura / amarrada tu barca a otra ribera (9).

Además de poesía y narración, esta obra está impregnada de picardía y humor, rasgos que forman parte del talante comunicativo de su autor. Toda ciencia, por el misterio que desenreda, tiene una faceta dura y oscura que vencer. La lingüística no se escapa de ese reclamo. Pero González Tirado ha sabido tirar de su humor para canalizar, con esta o aquella anécdota, con este o aquel chiste, la orientación oportuna o la corrección pertinente. En el siguiente fragmento de uno de los capítulos de este prontuario del idioma, nuestro académico acude a la cantera de la vida misma para connotar un sentido o enfatizar una forma, como el siguiente relato:

Ahí es que prende… y no apaga, nos remacha a cada momento, con espontaneidad, con afecto sano y sincero.
Se apoya con donaire y suspicacia en el /que/ galicado, del que trataré en alguna oportunidad.
Su modo de ser, su dulce transparencia, su risa explosiva…
Cuando en la casa, al recordar ocurrencias vividas en el trabajo, en el transporte público, en el supermercado o en alguna supertienda, ella revienta en risa, hace que hasta sus hijos, pequeños aún, comenten:
-Manito, mami está loca. Ven a verla riéndose sola en la cocina.
No me parece tanto. Pero sí me parece que alguna vez se atreve más allá de la prudencia.
Prueba al canto. Hace poco el esposo pretendía contrariarla con unos celos infundados, de esos celos que a ratos los hombres nos tragamos, pero que en ocasiones no podemos contener. Norilina le dice, entre pícara y dulcemente burlona:
-Ahí es que prende, ternura.
Y él responde vivamente:
-¡Y difícil que se apague!
¿Terminaron en “garatas”? Mejor no averigües. Dejémoslo en ese punto, porque en pleito de marido y mujer no hay quien se meta (10).

González Tirado consigna en esta obra una complacencia especial por el lenguaje sencillo, espontáneo y natural del nivel popular, opción que atribuye al “derecho a hablar con el léxico cotidiano, los giros y los refranes que matizan nuestro lenguaje” (11).

Pese a esa declaración de su preferencia lingüística, a nuestro gramático le llaman la atención las voces cultas, como rielar, que subraya al comentar:

“La luna en el mar riela, / y en la lona gime el viento, /y alza en blando movimiento / olas de plata y azul”.
Son versos de “La canción del pirata”, de José de Espronceda, poeta español del siglo XIX (1808-1842).
Rielar vino a ser para mí lo mismo que ‘brillar’ y fue una palabra de mi vocabulario pasivo, es decir, que creí conocer su significado, pero que nunca lo empleé ni por escrito ni en la expresión oral.
Por eso ha sido de dulce evocación que Ramón Emilio Reyes mencione la palabra en reciente entrega de El Siglo, titulada “El hogar en la poesía”:
“Tristeza solidaria expresada en el movimiento marino donde parece flotar la leve luna que rielaba en las aguas de Espronceda, enlazada en la lucha cósmica de la hermandad”.
Pero poco antes me había sorprendido una utilización que apareció el miércoles 15 de este mes de diciembre en el  Listín Diario, p. 19A, al comienzo del artículo “Educación y candidez”: “Con el rielar del tiempo en el tren que lleva nuestras vidas…”.  Sentí, en seguida, que me había quedado corto, con el origen y el sentido del verbo porque, aparentemente, el autor del artículo lo utiliza como el recorrido de un tren sobre los rieles que le permiten desplazarse y con esa idea produjo una metáfora: el transcurso de la vida (12).

Tras un documentado cotejo lexicográfico, ilustrado y pertinente, comenta nuestro acucioso lexicógrafo que asociar rielar a rieles significa que el usuario de esa ocurrencia quiso hacer poesía o crear una nueva acepción al vocablo culto.

Hay una contradicción entre la valoración de la ciencia del lenguaje y la pragmática de los hechos de lengua. González Tirado la enuncia en el siguiente párrafo:

Dictaba una lección acerca del español y me había visto precisado a abordar el tema de “calidad de habla”. Decidí explicar que nadie debe ser discriminado por el dialecto o nivel de lengua que le haya tocado en el contenido socio-geográfico dentro del cual había consolidado su base cultural. Explicaba que no me atrevía a afirmar que en tal o cual lugar del país se hablaba mejor el español dominicano, ni que los colombianos lo hacían mejor que todo el resto hispanohablante del Continente. Aproveché para decir que ese tipo de debates no era de interés para el lingüista; que a éste le interesa, en términos sincrónicos, describir un estado de lengua y observar las posibles direcciones en que las peculiaridades del habla examinada llevarán a las transformaciones dialectales y/o a la evolución del sistema (13).

La lingüística describe la realidad verbal tal como se manifiesta, sin discriminar o calificar las diversas formas peculiares del habla, a las que les asigna validez con su legitimación de hechos de lengua. Pero acontece que el mismo lingüista que reconoce la validez de cualquier expresión aun distanciada de la norma, ese mismo lingüista suele hablar y escribir ajustando su lenguaje a la normativa fonética, ortográfica y gramatical y reconoce a los buenos hablantes como los modelos del ideal del buen decir, que es el paradigma que los mismos hablantes estiman y enaltecen como ejemplares. De hecho, la Academia avala el uso preferencial de los hablantes, de cuyos usos extrae la norma que propone como pauta.

Aunque algunas hablas del ámbito hispanoamericano se apartan del carácter originario de nuestra lengua neolatina, las diferentes formas dialectales y estilísticas de los registros coloquiales y socioculturales, tanto de hablantes cultos como de vulgares, a veces se distancian del ideal normativo que la sociolingüística describe como hecho del habla, pero por suerte la variación fonética o lexical no socava el ideal de la comunicación, que es la comprensión, en las diversas zonas del ámbito hispánico, lo que va en abono de la unidad del español en el mundo hispanohablante. Cuando el gramático reconoce esa realidad, aunque valida los diferentes procesos fonológicos, privilegia la pronunciación cuidada en función del ideal normativo; de la misma manera, el lexicógrafo enaltece el vocablo apropiado y elegante de los hablantes ejemplares, que casi siempre corresponde al nivel culto de la expresión. Otro tanto hace el gramático con la expresión correcta.

El habla del pueblo es la expresión verbal de los sectores populares de una lengua con sus peculiares registros idiomáticos en su fonética, su léxico con sus frases, dichos y expresiones que se manifiestan en leyendas, mitos, fábulas, consejas, refranes, proverbios, adivinanzas, trabalenguas, décimas, tonadas, plegarias y cuentos folklóricos en los cuales se aprecia la manera de hablar de los hombres y mujeres del pueblo. Lo peculiar del habla del pueblo es su manera natural de expresión, libre de convencionalismos elocutivos o exento de pretensiones puristas, por lo cual las formas populares de expresión suelen revelar no sólo el nivel sociocultural de los estratos humildes de la sociedad, sino la idiosincrasia afectiva, imaginativa y espiritual de los sectores populares y también la huella de su idiosincrasia y su cultura, con sus valores y su creatividad, como índice del talante del alma colectiva de una comunidad. Desde luego, no escapa del ridículo el lenguaje pretendidamente culto del hablante que sucumbe a la ultracorrección lingüística en aras de la perfección formal.

 La lengua es propiedad de todos los hablantes pero, en atención al mejor desempeño de los hablantes, las Academias de la Lengua, así como las instituciones educativas y culturales, asumen como misión acentuar el conocimiento del instrumento de comunicación en armonía con los ideales del buen decir, que los mismos hablantes secundan y avalan cuando se esmeran en su comunicación o en su escritura.

La Academia fija la norma que ha privilegiado el uso; por tanto, corresponde a la institución del idioma interpretar la preferencia de los hablantes, fijando la preceptiva conveniente. La lengua tiene un patrón, fundado en el genio del idioma y, sobre todo, en el modelo de los buenos hablantes, entre los cuales sobresalen los escritores. El uso de formas expresivas torpes o términos indebidos inficiona la esencia del idioma. Rafael González Tirado lo sabe y, aunque teóricamente dice que todas las formas son válidas, sanciona los usos incorrectos y propone la norma establecida por la Real Academia Española a favor del empleo válido y adecuado de palabras, frases y oraciones.

La lengua es patrimonio común de todos los hablantes pero, en atención a la efectividad de la comunicación, que es la comprensión cabal, los diferentes registros y niveles del lenguaje, como la pronunciación y el significado de vocablos, el uso de giros elocutivos y la combinación de palabras, han de regirse por la pauta establecida por el organismo rector del idioma, que escoge y valida la forma preferencial de los buenos hablantes, como lo ilustran los escritores, para privilegiar la norma que enriquece el buen decir. La tensión entre los puristas del lenguaje y los chapuceros de las formas dialectales halla su equilibrio razonable entre los hablantes ejemplares.

La primera manifestación de la capacidad lingüística de los hablantes es la gestación misma de la lengua, como enseñó Roman Jakobson (14). Al generar palabras y expresiones con su sentido dentro, desarrollamos el poder creativo de la lengua, que es su función poética, vale decir, generativa, expresiva y parlante. Pero la lengua misma, como código y cauce, tiene su propia pauta que la gramática fija y recomienda para encauzar el torrente verbal de la creación.

El dominicano es un pueblo hispanoamericano en virtud de su lengua y su cultura, fundadas en la lengua española y la cultura de Occidente, que alimenta su idiosincrasia y su espiritualidad en la herencia de una tradición lingüística y literaria inspirada en las obras literarias de Miguel de Cervantes, San Juan de la Cruz y Antonio Machado, entre otros valiosos pensadores y poetas que han hecho de la palabra el genio de una estirpe (15). Esa tradición y esa cultura son las que Rafael González Tirado apuntala en su edificante libro Palabras para compartir.

Nuestro destacado académico y lingüista pone una vez más de relieve la importancia de la conciencia lingüística de nuestros hablantes, acrecienta las inquietudes intelectuales sobre el desempeño idiomático de los usuarios del idioma y, sobre todo, promueve y potencia el conocimiento vinculado a la savia castiza del genio de nuestra lengua.  

Bruno Rosario Candelier
Academia Dominicana de la Lengua
Santo Domingo, Ciudad Colonial, 12 de febrero de 2009.


Notas:

1.    Rafael González Tirado, abogado, poeta, lingüista y profesor, ha canalizado su inquietud lingüística a través de la docencia, como profesor de periodismo y mediante la publicación de artículos en la prensa, casi siempre sobre temas vinculados con la dimensión gramatical de la expresión. Ha publicado varios libros vinculados con el lenguaje de los dominicanos.
2.    Rafael González Tirado, Palabras para compartir, Santo Domingo, Academia Dominicana de la Lengua/ Banreservas, 2008,  320 pp.
3.    Manuel Matos Moquete, “La labor lingüística de Rafael González Tirado”, en Rafael González Tirado, Palabras para compartir, citado,  p. 18.
4.    Rafael González Tirado, Palabras para compartir, p. 34.
5.    Ibidem, p. 41.
6.    Ibidem, p. 117.
7.    Ibidem, p. 121.
8.    Ibidem, p.171.
9.    Ibidem, p. 174.
10.  Ibidem, p. 180.
11.  Ibidem, p. 265.
12.  Ibidem, p. 284.
13.  Ibidem, p. 38.
14.  Roman Jacobson, “Las funciones del lenguaje”, en Lenguaje y Comunicación, Madrid, Antropos, 1987, p. 69.
15.  Afirma Rafael González Tirado, con razón, que el dominicano no se siente un pueblo afrocaribeño. Pueblo afrocaribeño es el de una nación del Caribe donde predomina el componente racial de origen africano, es decir, el negro. El dominicano es mulato, vale decir, mezcla de blanco y negro, pero su cultura dominante es hispánica, por lo cual es un pueblo hispanoamericano, que se distingue por el idioma español que funda su cosmovisión, su cultura y su talante.

 
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